Baigorri Velar: el inventor de la máquina llovedora
“Baigorri Velar: lluvias a domicilio. Atendido por su propio dueño”; podría haber sido el hipotético slogan marketinero del inventor argentino promoviendo la creación de su máquina generadora de precipitaciones a mediados del siglo XX. Y aunque parezca una broma fue absolutamente real. Agreguemos que muchos fueron los viñateros mendocinos que lo consultaron, y que hasta hubo una comunicación extraoficial en tiempos del gobierno de Rodolfo “el uruguayo” Coromina Segura (gobernador mendocino entre 1938 y 1941) a través de su vicegobernador Armando Guevara Civit y su ministro de Industria y Obras Pública, José María Alurralde, con la intención de buscar alternativas para contrarrestar el siempre vigente problema de escases de agua en Mendoza.
Así pues, Juan Pedro Baigorri Velar oriundo de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, ingeniero especializado en Geofísica recibido en la Universidad de Milán (Italia) y nacido en 1891 se convirtió por unos años en el idolatrado genio mundial que inventó la máquina de hacer llover.
Los máximos organismos internacionales referidos a los temas ambientales y climáticos del planeta giraron su atención sobre el nuevo invento argentino y hasta el mismo prestigioso Sistema Meteorológico Nacional (creación de Sarmiento en 1873) se vio subestimado y ridiculizado ante los pronosticados chaparrones de Baigorri Velar que por mérito científico de su creación o por casual acción de la diosa fortuna supo acertar.
Todos pedían por los servicios de Baigorri Velar y su máquina: gobiernos internacionales, provinciales y hasta humildes chacareros desesperados ante la sequía hacían colectas para recaudar fondos que servirían para contratar al inventor. Rifas escolares, donaciones, campañas solidarias, todo por que lloviera.
Por un tiempo los gloriosos inventos argentinos de la época también pasarían a un segundo plano. El dulce de leche, el colectivo, la jeringa descartable, la tapa a rosca, la lapicera birome, los bastones para ciegos, las caricaturas, las huellas dactilares, el fotoliptófono, el semáforo, el rayo láser del astrofísico rivadaviense Gaviola, la milanesa napolitana, el alfajor, nada podría haber competido con la máquina argentina de hacer llover. Que además tenía dos intensidades: lluvia común y otra de ciclones y tornados. Baigorri Velar pensó en todo.
¡Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva!
Baigorri Velar, hijo de un militar amigo de Roca, trabajó en compañías internacionales involucradas a la extracción de petróleo en África, Asia y Europa, pero también creó su propio invento para detectar metales. En 1929 desempeñándose en el extranjero fue convocado por Enrique Mosconi para formar parte de la recientemente creada YPF y así fue como entonces Baigorri viajó desde los Estados Unidos para quedarse definitivamente en Argentina.
Un día se presentó en el Ferrocarril Central Argentino y dijo: “He inventado la máquina que hace llover”. El gerente de la empresa Donald McRae se sonrió; lo tomó en solfa, y desafiándolo le planteó que hiciera llover en Santiago del Estero donde una sequía de tres años devastaba la zona. Hasta allá se fue Baigorri Velar junto a un veedor de la empresa: Hugo Mitello. Se instaló en la localidad de Pinto (ex - “Estación Mitre”) a 245 kilómetros de la capital santiagueña. Era mediados de noviembre de 1938 y “la seca” había hecho estragos. Apenas encendida la máquina, el viento cambió de dirección y a las 12 horas cayó una llovizna.
La fama del inventor se multiplicó. La repercusión mediática fue descomunal a tal punto que la gobernación santiagueña lo volvió a convocar. El 22 de diciembre de 1938 regresó a la provincia norteña y tras dos días de encendida la máquina un gran aguacero se desató sobre “la Madre de Ciudades”.
“Un milagro navideño producido por Baigorri Velar”, sostuvieron muchos. Su fama se extendió mundialmente. “The Times” (Londres) lo tuvo entre sus páginas. Los noticieros radiales de Splendid, El Mundo, Belgrano, Rivadavia, El Pueblo no paraban de nombrarlo. Los diarios nacionales lo inmortalizarán como “El mago de Villa Luro” por la zona cercana a la cancha del Club Vélez Sarsfield (club del cual se declaraba hincha. Hoy estaría feliz) donde tenía su casa, oficina y laboratorio con un altillo y terraza desde donde enfocaba sus antenas extensibles.
La máquina era una especie de televisor de madera compuesto por una batería, metales radiactivos y variadas sustancias químicas que según el propio creador “generaba una irradiación en la atmosfera que estimulaba una congestión electromagnética”. De la caja sobresalían dos antenas, una negativa y otra positiva, que enviaban al cielo la irradiación necesaria para la concentración de las nubes y la posterior lluvia. Una exclusiva salvedad caracterizaba el invento y era que solo él podía manejar la máquina. No había planos ni patentamientos, todo estaba guardado en su cerebro (se vanagloriaba) a tal punto que capitales norteamericanos quisieron comprar la patente del invento y se negó a venderlo sosteniendo: “Esto es un invento argentino”.
El duelo de Baigorri velar contra el SMN
Toda esta historia había empezado en 1926 cuando trabajando Baigorri Velar en Bolivia ocupado en la búsqueda de minerales y utilizando otro inventó propio captador de metales percibió que paralelamente al conectarlo se nublaba repentinamente y llovía. Eso hizo que desde ahí empezara nuevos ensayos ahora direccionados a la gestación de nubes y enfocado expresamente en “la máquina llovedora”.
Lo cierto fue que aquella ya citada lluvia torrencial de Santiago del Estero había extendido la fama de Baigorri Velar, pero también las dudas y las sospechas de que se trataba de un aventurero con suerte. Así fue como Alfredo Galmarini, la máxima autoridad del Servicio Meteorológico expresó públicamente que Baigorri era un “farsante”, que todo era una fantasía y que no creía en la seriedad del invento, agregando además que su repartición nacional ya había establecido que habría lluvias en el norte argentino.
La reacción de Baigorri Velar no se hizo esperar. En un extenso reportaje al diario “Crítica” (27 de diciembre de 1938) sostuvo de modo burlón y desafiante: “Como respuesta a las censuras a mi procedimiento, regalaré una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939”, y redoblando la apuesta compró un paraguas enviándoselo a Galmarini sosteniendo irónicamente que prendería su “máquina llovedora” después de pasadas las fiestas de año nuevo para no perjudicar los festejos. En Buenos Aires ese fin de año del ’38 no se hacía otra cosa más que conversar del caso acaparando la atención de todos, hasta eclipsando los temas políticos que hablaban del fraude patriótico en tiempos de Marcelino Ortíz, el suicidio de Alfonsina Storni y la reciente consagración de Independiente de Avellaneda con De La Mata, Erico y Sastre como figuras.
Y como “cosa e’ mandinga” o por obra científica de la máquina de Baigorri, la madrugada del 3 de enero la lluvia inundó Buenos Aires. La multitud como en “cantando bajo la lluvia” de Gene Kelly vitoreaba a Baigorri Velar apodado el “Júpiter moderno” quien consiguió lo que ni una mágica cumbre de divinidades como Zeus el dueño de las nubes griegas, Tlaloc dios de la lluvia azteca, Illapa la celebridad inca director de todos los truenos del Tahuantinsuyo y San Isidro el santo cristiano de los chubascos al son de una danza de lluvia Sioux pudieron haber hecho jamás con tanta precisión.
“Gotas de lluvia sobre mi cabeza”
Tras ese “batacazo” las gotas de lluvias siguieron cayendo. Carhué será su inmediata próxima estación y una especie de diluvio volvió a llenar el Lago Epecuén. ¿Fortuna?; ¿el Servicio Meteorológico lo había anunciado? Renacerán las dudas. Contradictorio, huraño, enigmático, sin querer nunca mostrar su mecanismo y sin evidencias científicas, poco a poco el invento se fue desinflando.
Pero tendrá otra oportunidad. Será contratado durante el segundo gobierno de Perón en 1951 y en reportajes posteriores sostendrá que provocó lluvias en Caucete tras una sequía de años, en Córdoba y en La Pampa. Su última carta la jugó en Río Negro (Uruguay) en 1970. Falló; no le pagaron y la causa terminó en un juicio.
“La máquina de hacer humo”
La cosa fue que paulatinamente “la máquina de hacer llover” se irá convirtiendo en una “máquina de hacer y vender humo” como dirían los burlescos. En “Sábados Circulares” de Pipo Mancera expresó “haber destruido todo porque si otros intentaban hacer un pluviógeno por su cuenta corrían el riesgo de provocar una catástrofe por las tempestades que desatarían las sustancias radiactivas que decía usar”. (Ponele).
Muchos creyeron que Baigorri Velar fue un “chanta”, otros podrían sostener que se adelantó a las tecnologías actuales de manipulación climática (geoingeniería). Lo cierto fue que Baigorri Valer tiene un bien ganado lugar en la anecdótica y célebre galería histórica de los geniales aventureros que hicieron equilibrio en la fina cuerda que separa la ocurrente viveza criolla argentina y los talentosos creativos superdotados que también abundan, afortunadamente, en nuestra querida patria.