Brujas y fantasmas del Halloween mendocino: Pericana, Futre y otras menciones
Se aproxima otra noche de las brujas y de los fantasmas. No es otra cosa que la antesala del Día de Todos los Santos. El famoso “All hallows eve” (víspera de todos los santos) representa el nombre anglosajón con que a lo largo de los siglos se conoció a la particular tradición. A través del tiempo está denominación se transformó en “Halloween ”.
El origen celta de la festividad nació en Irlanda hace más de 3. 000 años. No está asociado a la religión y sí a la celebración del final de la cosecha. El ritual se llamaba “Samhain” (el fin del verano en el continente europeo), tiempo en el cual los espíritus de los muertos volvían a visitar el mundo de los mortales. De esta creencia derivó la asociación entre Halloween y el terror.
La Pericana
“¡A dormir la siesta que se los lleva La Pericana!”, gritaba la mamá a los culillos. Y sí; todos adentro de la casa porque según relataba la tradición cuyana en las siestas mendocinas aparecía esa mujer altísima, de pelo blanco, delgada, y a diferencia de los que muchos imaginarían, muy bella, que se llevaba a los pibes desobedientes.
Cuenta la leyenda que después de almorzar, algunos traviesos niños que no querían dormir la siesta, se escapaban a jugar y hacer bochinche en la vereda mientras los mayores descansaban. Pelotas de trapo, carreras de barquitos de papel en las cunetas, rayuela, bolitas, canciones. En medio de ese jolgorio infantil y cuando el barullo era ensordecedor se despertaba de su letargo una mujer de aspecto tierno que repartía dulces y caramelos. Los chicos quedaban fascinados. ¡Qué mejor que recibir otro postre! Pero una vez conquistadas las criaturas con su dulzura, esa amable señora se transformaba en una anciana macabra de aspecto espeluznante y tenebroso.
Su cara se volvía horripilante, sus orejas se agrandaban como las de un burro y sus ojos desprendían un fuego entre colores naranja y amarillos. Tenía hasta joroba y un solo diente afloraba de su mandíbula. Dicen convencidos, quienes aseguran haberla visto, que era más fea aún que lo relatado. En su transfiguración, sus vestidos se convertían en harapos mugrientos, su nariz se llenaba de verrugas y la canastita de golosina pasaba a ser un hacha filosa con que trozaba a los mocosos que “macaneaban” en la siesta para luego partir raudamente a su cueva donde se los devoraría. Fantasmagórica leyenda que pretendía prohibir el ruidoso jaleo durante la tradicional siesta, momento del día que será míticamente exclusivo patrimonio de víboras, alacranes, sabandijas, bichos feos y brujas malas.
En el fondo; otra leyenda más, donde el miedo es ocupado como aleccionador y los fantasmas como justificador de las desapariciones y los robos ante los inocentes ingenuos. Nada lejos del histórico Viejo de la Bolsa, el Pombero mesopotámico o el siempre presente Cuco.
El Futre
En tiempos que Mendoza se abriría al mundo con la construcción del tren trasandino que llegaría a Chile, apareció la figura de un británico, muy elegante y siempre de traje y galera con reloj de bolsillo, que era funcionario de la compañía ferroviaria inglesa. La leyenda nos dirá que su apellido era Foster, y según Juan Draghi Lucero, su desenlace tendrá el destino de convertirse en el más mendocino de todos los mitos reinantes.
La función en la empresa británica de Mr. Foster era la de pagador de jornales. Cada final de mes, la villa fronteriza de Las Cuevas rompía su habitual monotonía, pues los pesos que traía Foster eran un aliciente y motivo de algunas copas de más en el bolichón del pueblo.
Por su imagen había sido apodado Futre (el hombre elegante que viste atildadamente). Lo cierto fue que, en medio de varias versiones populares sobre el origen del mito, sostendremos que en unos de esos tantos viajes desde la Ciudad de Mendoza a Las Cuevas para cancelar los sueldos de los peones fue sorprendido por una fuerte nevada, obligándolo a refugiarse en uno de los precarios cobertizos del camino. Será ahí donde fue víctima de delincuentes que venían siguiéndolo desde la ciudad, conociendo perfectamente que Foster traía las alforjas que pendían de la montura de su caballo llenas de dinero.
Fue tan cruel el robo que los maleantes terminaron decapitándolo y robándole el dinero. Nacerá, por ende, la imagen del fantasma bueno que se movilizaba en su alazán con su cabeza en la mano y que aparecerá para vengar las injusticias, una mala acción o deudas pendientes.
Las demás versiones difieren abiertamente del fantasma “Futre bueno”. Dicen otros, que Foster poseía tres vicios incontrolables: las damas, el juego y el alcohol. El final es predecible. Obvio, Mr. “Futre” se “patinó” la plata de los sueldos en medio de una farra. Entonces, los obreros indignados lo ajusticiaron hasta cortarle la cabeza. Una tercera interpretación del mito incorporará la pasión y el amor de una mujer como móvil del desenlace que le hace literalmente “perder la cabeza”.
Como síntesis recurriré a un texto del destacado periodista mendocino Walter Gazzo, quien aprovechando el extraordinario rescate musical sobre mitos mendocinos del músico Natalio Faingold, sostuvo: “Foster es un empleado en la construcción del ferrocarril trasandino y en un viaje por la cordillera de los Andes destinado a pagar sueldos, fue traicionado por un compañero de trabajo llamado Juan, quien junto a otros malhechores, planearon una emboscada, asesinaron a Foster y robaron el dinero de los sueldos. No conforme con todo lo macabramente realizado, Juan sedujo con ardides y engaños a Beatriz (la prometida de Foster) con quien el inglés iba a contraer enlace. Juan, el traidor y asesino, hizo quedar a Foster como un ladrón desalmado que escapó con el dinero de la pobre gente. Frente a esta tremenda injusticia nació el mito del fantasma. Así, el Futre vuelve por venganza y encuentra a Juan con su ex prometida atrapados en medio de una tormenta y varados en la cordillera. Beatriz y Juan morirán congelados esa noche y el Futre se perderá en la cordillera donde deambulará por la eternidad”. (Walter Gazzo. EN: Sitio Andino, 20 de mayo de 2023, Mendoza).
El Panteón de fantasmas menducos
Obviamente que el variopinto panteón de iconos fantasmales de Mendoza, algunos hasta milagrosos, no se agota con La Pericana y El Futre. Una extensa lista debería considerar también a “Luisito”, el fantasma de la Mansión Stoppel (habitante en la céntrica Avenida Emilio Civit); al fantasmita niño de la calle Darragueira en la coqueta Chacras de Coria; al “Vampiro de Barriales” en el este mendocino; a la bella niña de la Laguna Encantada y a la bruja de la propia Caverna de las Brujas en el sur provincial; al “Chancho con cadenas” que recorre las vías del ferrocarril generando ruidos ensordecedores; al “Ánima Parada”, mismísimo Diógenes Recuero, de Rivadavia; a la viuda despechada de Tunuyán que deambula por los callejones después de haber quedado plantada en el altar de la iglesia; a los fantasmas huarpes de la Cruz del Yugo en La Paz; al “Negro” Raymundo Palleres, empleado de don Eugenio Bustos que dio origen al mito de la Cruz Negra en Tupungato; al alma en pena del soldado federal que sigue vivo tras la sangrienta Batalla de Santa Rosa; al fantasma del Carrizal, espíritu militante de un desaparecido tras los vuelos de la muerte en tiempos de la dictadura o a la sombra del gobernador Carlos González y su pacto con el diablo en Panquehua. Pero también, a los famosísimos Gaucho Cubillos y Santos Guayama, el sanador “San Bautista Bairolleto”, y a los cientos de “luces malas”, hechizados, hechiceras y lobizones que rondan por cada rincón de los humildes barrios de Mendoza o en las aristocráticas casonas del jet set doméstico. Todos latentes en la cultura y la devoción popular, y puentes vigentes entre la creencia que vincula el mundo de los vivos con el reino de los muertos.