No se mancha: un cuento para cortar la semana
El aire que se respiraba en la cancha no era el de todos los días; se percibía fácilmente el odio y desprecio hacia aquel que vestía otra camiseta. El partido que se disputaba, esa final de campeonato local hecha superclásico, tenía antecedentes nada memorables.
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En uno de los encuentros anteriores, los hinchas locales habían recibido con piedrazos al micro del equipo visitante. En ningún momento les templó el pulso al apuntar y lanzar hacia las ventanas del vehículo. Varios jugadores terminaron heridos, el partido se suspendió y una docena de hinchas terminaron presos.
Otro clásico previo también debió suspenderse unos meses atrás. Todo debido a un fanático visitante que, metiéndose en el campo de juego en medio del partido, roció las caras de algunos jugadores locales con gas pimienta. La policía tuvo que rodearlo con escudos para que los propios deportistas profesionales no lo mataran a golpes.
Y la lista, donde ambos clubes eran tanto víctimas como victimarios, seguía.
Así era el ambiente desde hacía años cuando estos dos equipos se encontraban para definía quién ganaba y quién perdía. Aunque ese día en particular, se trataba más que eso. Se iba a determinar quién iba a quedarse con el título que lo significa todo para cualquier equipo: ser campeón.
Durante los noventa minutos del partido, más los otros cuatro del tiempo extra que estaban por terminar, el marcador se había quedado estático e inmutable indicando siempre el cero a cero. Sin embargo, en esos últimos segundos que se viven tan fugazmente y se sufren con tanta eternidad, el número once del equipo visitante metió un pase fenomenal, casi planeado y ensayado, al número nueve que se encontraba en el lugar y momento indicado.
El jugador pateó, dando lugar a ese silencio que transcurre cuando la pelota se encuentra en el aire decidiendo si va a entrar esos tres palos, rebotar en uno o pasarle a unos pocos centímetros. Al final, la redonda esquivó las manos del arquero y tocó la red al instante, asegurando la victoria y rompiendo el silencio.
Ese único goleador del partido, al ver la respuesta de su patada, no corrió más. Intentó hacerlo, como amagando a iniciar una carrera, pero se detuvo a los pocos pasos, abrazado por una emoción incontrolable que lo hizo caer al pasto. Sus compañeros fueron en busca de él, corriendo eufóricos, ahogados en alegría y gritando incoherencias. Se le tiraron encima y formaron una pila de humanos.
En el otro equipo, los jugadores parecían verse obligados de alguna manera a buscar algún culpable, pidiéndose explicaciones entre ellos de cómo ese pase pudo haber sido posible. Ese era tuyo, ¡pelotudo!, acusaba uno; pero si me vienen dos y yo soy uno, ¡¿qué mierda querés que haga!?, retrucaba otro. El resto del equipo se limitaba a insultar al aire, morderse la camiseta o arrodillarse en medio de lágrimas. De fondo se escuchaba a la relatora del partido confirmar, con la voz quebrada, lo que todos ya sabían.
Pasados unos minutos, ambos equipos volvieron a sus respectivos lugares, listos para continuar jugando los segundos que le quedaban al partido. Y apenas la pelota empezó a rodar a causa de una patada con desgano y bronca, el ruido del silbato apareció y significó mucho más que un ruido.
El ambiente volvió a como se encontraba hace unos segundos: los ganadores visitantes no paraban de celebrar, y casi que les era imposible no gritar o llorar de la alegría. Los consumía el sentimiento de haber ganado la final, pero les apasionaba más haberlo hecho de visitante, en el último minuto, a su clásico rival. Era un contexto tan perfecto y soñado que parecía sacado de un cuento de ficción.
Así, mientras los periodistas y camarógrafos empezaban a tocar el verde de la cancha listos para hacer millones de preguntas, en las tribunas se respiraba el inicio del desastre.
Las dos hinchadas, en vez de mirar y estar atentos a lo que pasaba en el campo de juego, procuraban más insultar y desear con vehemencia la muerte al que se encontraba en la tribuna contraria. Era como si el partido solo fuese una excusa para que toda la rabia y el desprecio se expresaran en forma de insulto hacia un destinatario claro.
Sobre el final, en medio de celebraciones, los hinchas del equipo ganador comenzaron a treparse al alambrado que los separaba del campo juego, como si del monte Everest se tratase. Cada vez eran más intentando subir a la cima; algunos caían en el acto mientras que otros lo lograban. El cuerpo de seguridad se había percatado de la situación y comenzó a indicar que se bajaran de allí, pero nunca pensaron que, de un momento a otro, el alambrado se desplomaría hacia adelante.

Se sentía como si la muralla china se hubiera derrumbado, aplastando así a varias personas. Una minoría de hinchas civilizados y cuerdos intentaba parar a todos los demás para que no aplastaran más a los policías y alcanza pelotas que se habían quedado atrapados bajo el alambre; pero eran tan solo una minoría. La otra gran parte de la hinchada salió disparada hacia el campo de juego, con el único objetivo de ir a tocar a sus jugadores campeones como si fueran amuletos de la suerte.
El número de personas presentes en la cancha aumentaba con los segundos. Al percatarse de la situación, algunos jugadores visitantes empezaron a escapar mientras que otros eran agarrados y acosados por desconocidos con pasión por el fútbol. Varios policías intentaban protegerlos, pero la aglomeración alrededor de cada uno era tan inmensa que ni siquiera lograban verlos entre tanta gente.
El número nueve que convirtió el gol, un joven de tan solo diecinueve años que el club había fichado dos años atrás, estaba en la peor situación: le tironeaban la camiseta, le agarraban el pelo o intentaban besarlo y abrazarlo. Todo empezaba a salirse de las manos hasta que la pequeña llama inofensiva llegó al final de la mecha. Y luego el fuego, incontrolable, destruyó todo a su paso.

Entre la muchedumbre nacía un humo rojo, como el color de la camiseta. Un humo rojo que tapó la vista de todos de un segundo a otro y empezó a ser respirado por casi todos. Sin embargo, ese era el menor problema. Tanto los jugadores como los hinchas locales, quienes habían ganado una nueva gastada personalizada y que duraría hasta el fin de los tiempos, recibían todo tipo de ofensas y provocaciones por parte de los ganadores, lo cual fue algo similar a presionar el botón de una bomba atómica.
- ¡Cagones, cagones! ¡Ganamos, putos! ¡Pechos fríos!
La hinchada que aún se encontraba contenida detrás del alambrado, como si fuera un león en una jaula, devolvía los insultos y discutía con furor. Entonces también treparon la reja.
Primero dos, luego otros cinco, hasta que ya era incontable la cantidad de hinchas ingresando al campo para enfrentarse con los rivales.
Golpes y patadas volando por todos lados, policías intentando inútilmente separar a los fanáticos, y jugadores queriendo escapar de la cancha entrando al túnel. Toda esa violencia frenética e imparable se vivía y respiraba de la misma manera que aquel humo rojo, tan presente y sofocante.
En el caso de los jugadores, atrapados entre tantos hinchas, se alarmaban por miedo de no poder salir de ahí y empezaron a suplicar que los dejaran pasar, con desespero en sus voces.
- ¡Por favor! ¡No respiro, por favor! –suplicaban sin mentir.
La policía, armada con escudos, intentaba frenar la situación, pero era cómo ver a una hormiga queriendo detener a dos leones atacándose el uno al otro. Disparaban al piso para advertir, pero nadie hacía caso.
El escenario constaba de diferentes escenas: una sola hinchada peleaba contra la policía, las hinchadas peleaban entre sí o ambas barras peleando contra la policía. Eran diferentes contextos unidos por lo mismo: el ardor y la vehemencia que provoca el fútbol.

Así fue como un hincha, hundido por completo en el alcohol y la locura, se balanceó sobre un policía, le quitó el casco y empezó a golpearle la cara con brutalidad. Se trataba de un oficial joven, apenas superaba los treinta, que se había separado de la formación intentando contener a dos hinchas.
- ¡Yuta de mierda! ¡Pedazo de basura! –le gritaba, golpeándolo con su propio escudo. No presentaba la más mínima intención de detenerse, como si desfigurarlo o quitarle la vida a golpes fuera su único objetivo.
Pero llegó el momento en que se detuvo. Salió despedido varios metros hacia atrás, y el policía, que se movía poco y nada, seguía en el suelo. Se trató de un oficial que, con su escopeta, le disparó en el pecho al fanático estando a menos de diez metros de él. Así, le genero un gran orificio en el tórax, ocasionando su muerte instantánea. Nadie en esa cancha lo sabía, ni siquiera el policía que había apretado el gatillo, pero esa muerte marcaría el inicio del fin de las hinchadas visitantes en el fútbol argentino.
Sin embargo, en ese momento, tal acto no significó nada para nadie. Mientras tanto, los últimos jugadores presentes escapaban del campo, metiéndose en los vestuarios buscando refugio. Ahí dentro, todo estaba más tranquilo, pero eso no les impedía oír el sonido del salvajismo afuera.
La pelea se fue terminando con los minutos: los puños y patadas iban desapareciendo, los hinchas que quedaban en el estadio escapaban despavoridos y el humo rojo se iba disipando hasta que no quedó rastro de él. Tampoco quedó evidencia de que, en ese lugar, hacía pocos minutos atrás, se había jugado un partido de fútbol.

* Nacho Cangas. Influencer literario.
IG: _nacho_cangas


