Casas repletas de color, arte e historia: así es el famoso Pasaje Lanín de Barracas
Las ideas de romper con la tradición de un lugar, de crear una conexión extraordinaria entre el arte y la comunidad, así como el deseo imperante de dar rienda suelta a la imaginación, lo impulsaron a Marino Santa María a concebir una de las obras más importantes-si no es la más importante- de su vida: el Pasaje Lanín. La intervención artística de más de cuarenta fachadas a lo largo de toda una calle se convirtió en el atractivo turístico del barrio porteño de Barracas, donde lo que antes eran paredes grises resultaron en varios diseños llenos de vida, gracias a los mosaicos venecianos, las figuras abstractas y los azulejos coloridos.
Todo comenzó en la década del ’90, cuando Marino tuvo la voluntad de pintar la fachada del taller en el que trabajó toda su vida, ubicado en el frente de la casa familiar. Pero se había decidido a no realizar una pintura como cualquier otra. El artista, que venía trabajando el arte abstracto, se quedó maravillado con la propuesta del Museo Guggenheim de Bilbao, en uno de sus viajes a España, inspirándose para crear su propia obra excepcional. “El Museo no tenía nada que ver con la tradición del lugar. Era una arquitectura que no tenía absolutamente nada que ver con Bilbao, que eso era algo de lo que yo estaba buscando para hacer acá”, contó Marino en diálogo con MDZ.
Baracas había sido un barrio obrero, portuario y, para algunos, tanguero. “Yo no quería hacer nada que tuviera que ver la supuesta tradición del lugar”, ratificó el artista plástico de 76 años, y agregó: “Entonces, mi idea fue pasar mi obra abstracta, que venía haciendo en cuadros, a las paredes y, así, hacer una obra de una dimensión mayor”.
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Así fue que, luego de reunir a un grupo de ayudantes y otros artistas, Marino pudo hacer realidad la muestra de arte urbano a cielo abierto. En un principio, la fachada del hogar familiar era la única que destacaba con sus colores y formas diversas. Entonces, tuvo la espectacular idea de hacer una carpeta con todos los bocetos diseñados para algunas casas de la cuadra. En vez de ir vecino por vecino intentando convencerlos de que lo dejaran pintar sus fachadas, el artista presentó la carpeta logrando que dos propietarios se interesaran desde el primer momento.
“Hice una carpeta con todos los bocetos y entonces la gente pasaba en mi casa y preguntaba: ‘¿Por qué no está mi casa?’”, recordó Marino, mientras recorría cada fachada intervenida del pasaje comprendido entre las calles Brandsen al 2100 y Av. Suárez al 2001. Así fue que, en 2001, inauguró la muestra abstracta del Pasaje Lanín, con algunas fachadas colmadas de colores y formas diferentes. Con los años, fueron cada vez más los vecinos que quisieron sumarse al proyecto, de forma tal que, en la actualidad, ya son alrededor de 40 las viviendas intervenidas.
“Seguimos con el mismo método. A medida que los vecinos lo quieren, y si se puede, porque el tema es conseguir el financiamiento, hacemos el diseño”, aseveró el artista que realizó toda la obra sin cobrarles un centavo a los residentes de la calle Lanín. En cambio, buscaba financiamiento externo para hacer posible una obra de tal tamaño. Precisamente, Marino pudo avanzar con su propósito con la ayuda del Gobierno de la Ciudad, la UNESCO, el Museo de Bellas Artes, la Fundación Banco Ciudad y diversas empresas, además de, por supuesto, el trabajo que hicieron sus ayudantes.
“El proyecto nació para que sea toda la calle Lanín. Ahora, resultó que es la nueva imagen de Barracas. De algún modo fue la primera obra de esta envergadura de este siglo, porque se inauguró en el 2001”, observó el artista en diálogo con el equipo de MDZ, y profundizó enseguida: “En el mundo hay pocas calles, y la principal es la de Benito Quinquela Martín -haciendo referencia a Caminito-, que hayan sido hechas por un artista y no por un arquitecto o un colectivo de artistas. Lanín es una de ellas, porque Lanín está hecha por un artista que no tiene nada que ver con los arquitectos”.
La casona de toda una familia y sus primeros pasos como artista
Lo primero que hizo Marino al vernos llegar fue invitarnos hacia el interior de la casona donde nos esperaba con mates. Allí nació y vivió gran parte de su vida, junto a una extensa familia descendiente de italianos. La casa, construida en el 1910, fue testigo del arte de dos generaciones distintas. Su padre, quien fue el pintor porteño Marino Gregorio Pérsico, fue el primero en instalar su taller de cerámica y pintura en el interior del hogar. Es por ello que Marino, que dormía al lado de dónde su padre pintaba, sitio donde ahora está ubicado su propio taller, asegura que heredó “la pintura hasta por ósmosis”.
“Mis tíos vivían enfrente y compartíamos esa galería del patio con un tío. Al fondo, donde estaba el taller de cerámica de mi padre, también había conejos, gallinas, patos y alguna rata”, bromeó Marino, al recapitular cómo era todo décadas atrás. La nostalgia se notaba a medida que Marino relataba acerca de las reuniones que realizaba su padre en el patio de la casa, puesto que iban escritores a exponer sus escritos y opiniones. “Ponían una mesa larga con esos bancos de madera largos que algunas veces los extraño, supongo”, recordó Marino, sobre sus primeros años vividos en la casona, que primero alquilaron y, más tarde, su tío adquirió gracias al gran premio de la lotería. “Acá todo lo hacía mi viejo. De siete días a la semana mi viejo cocinaba cinco. Era un derivado italiano medio feroz de esa época”, insistió.

A pesar de llevar el amor y la atracción por el arte en las venas, su padre le decía que debía estudiar otra cosa para “no pasar apetito”. Aun así, la pasión que movía a Marino por hacer sus propias obras era más fuerte, por lo que abandonó el Comercial de Barracas y siguió formándose como artista. Fue así que se animó a abrir su primer taller en el barrio porteño de San Telmo, lo que, después se extendió a tres talleres en La Boca. Sin dudas, ese fue el inicio de toda una carrera honrada en la historia del arte local.
“Apenas me recibí en la escuela Manuel Belgrano, empecé a trabajar como docente en la escuela William Morris, también de La Boca. Después de 12 años y con la llegada de la democracia, entré en la Prilidiano Pueyrredón, como profesor de dibujo, después de pintura y, en los años, 90 rector. En el año ‘96 creamos el IUNA (actual Universidad Nacional de las Artes) y en el año ‘98 me retiré para hacer el Pasaje Lanín”, repasó con detalle toda su carrera.
Cómo fue el trabajo de pintar las fachadas y cuándo llegó el mosaico
Marino, nombrado así por su padre, comenzó con la idea de llenar la cuadra en la que creció con diseños de pintura abstracta. En esa época, fines de la década del ’90, contó con la ayuda de veinte trabajadores ad honorem que estaban “entusiasmados” por llevar a cabo el proyecto artístico. “Algunos habían sido alumnos míos, otros eran vocacionales del arte”, señaló el artista que reconoció que “eran otras épocas” y que, en la actualidad, eso no sucede más.

Foto: Analía Melnik/MDZ
Para realizar el diseño del primer frente, el del taller de su casa, “hubo que lavar toda la fachada, blanquearla y después recién hacer el dibujo y pintarla”. Si bien fue un proceso largo y de mucha delegación y puesta en común, Santa María se sentía preparado para conducirlo. Había sido rector de la Academia Nacional de Bellas Artes, lo que le dio el placer por la dirección y le permitió “encarar esto con 20 personas, desde cero”, según reconoció el propio Marino. “Los artistas no tenemos formación de arquitectos como para encarar esas cosas. Nada más, está la energía y las ganas de hacerlo. Y ahí vas aprendiendo. Por supuesto, sin cálculos matemáticos ni todo eso que un arquitecto hace, pero igual se llega al final de la obra”, certificó el apremiado pintor.
Tras la inauguración y el progresivo trabajo de intervenir las diferentes viviendas, una técnica nueva se presentó ante él, por pura casualidad. En 2005, apareció el mosaiquismo en el proyecto, desafiándolo a Marino a aprender todo sobre aquel tipo de arte que no había implementado en su vida. “En ese momento, la empresa que produce el mosaico, Murvi, estaba haciendo un showroom con artistas. Así que fui, les hice la propuesta y después vinieron, vieron el pasaje y aceptaron”, enunció Marino, detallando que el Gobierno de la Ciudad y la propia empresa realizaron un convenio para financiar la obra de mosaico en las mismas fachadas del Pasaje Lanín.
Desde entonces, maravillado por todo lo que se podía hacer al unir las piezas pequeñas de mosaico, Santa María decidió pasar todo a mosaico. Es decir, aquellas fachadas que habían sido intervenidas con pinturas, luego serían revestidas, en gran parte, con mosaicos. Esto le vino como anillo al dedo, puesto que, si se mantenía únicamente la pintura, después de cuatro o cinco años debía volver a pintar por el desgaste y exposición.
Los Gardeles del Abasto y las intervenciones en las estaciones de Subte
En el barrio del Abasto, barrio que vio crecer al célebre tanguero Carlos Gardel, resaltan decenas de obras en su honor. Tres de esas obras de pop art estuvieron a cargo de Marino Santa María, quien trabajó en conjunto con los artistas Andrés Compagnucci, León Untroib, un fileteador histórico super importante, y Carlos Páez Vilaró, pintor y ceramista uruguayo. Se trata de “los Gardeles” que relucen en la estación Carlos Gardel de la Línea B del Subte de Buenos Aires. Al igual que con el Pasaje Lanín, el artista buscó fusionar la cultura del tango con la imagen del cantante, y el color y figuras característicos del art pop moderno.

“A los Gardeles del Abasto los hice después de la calle con SUTACA, que es sindicato del Automóvil Club. Pero la idea mía era hacer toda la cuadra, también”, confesó Marino, a pesar de que el dinero que le habían otorgado no le alcanzó para finalizar la cuadra, como quería. “Los Gardeles fueron otra actitud, como lo que hice con la calle, de hacer algo que no tenga que ver con la tradición. Y verás que es un poco yanqui el Gardel. Al principio chocaba un Gardel yanqui porque es del estilo Warhol, pero da la casualidad que cuando vos empezás a leer la vida de Gardel, te das cuenta de que pasó más tiempo en los Estados Unidos que en Buenos Aires. Es más, todas las películas las hizo allá. Entonces de ahí que adrede los hice así”, confesó.
Otra de sus grandes obras expuestas ante el público se encuentra en la estación Plaza Italia del Subterráneo de Buenos Aires, precisamente, de la Línea D. Julio Cortázar, con su libro “Animalia”, inspiró a Marino a pintar las columnas con las texturas de distintos animales, mientras que el capitel está revestido con la pintura de la hoja que cada animal come. Como si fuera poco, el artista que este año recibió el premio al Mérito del Kónex, se encargó de crear la obra en mosaico de la conexión entre las estaciones Las Heras y Pueyrredón de la Línea H y D del Subte, respectivamente. “Esta obra aparece en la última película de Darín, ‘El amor menos pensando’, que está en Netflix, y lo filman justo en ese lugar. O sea que está mi nombre ahí todo el tiempo”, dijo orgulloso acerca del trabajo de 500 metros cuadrados.

La esperanza de que una obra sea trascendental
Para Marino, una obra debe trascender y perdurar a través de los años. “La pintura es efímera. Cuando usas otros materiales, a mí me alegra mucho que pase mi hijo y me diga vi algo tuyo en tal lugar”, afirmó Marino y agregó: “A mí me gusta ir al Teatro Colón y ver una obra de Raúl Soldi; o entrar a la galería Santa Fe, ahora cerrada, donde te encontrabas con obra de Juan Batlle Planas. En el hall del Teatro San Martín está la mejor obra de mosaico latina; también es de Batlle Planas, de cerámica y mosaico. Entonces, si esa obra no hubiese perdurado, no la podíamos apreciar nosotros”.

“Me gusta que el arte sea perdurable y que trascienda. La verdad, me gusta porque plata no te deja, te deja ahí justito. Si encima tampoco va a quedar la obra…”, reflexionó Santa María.

