Guía rápida para volver a ser el granero del mundo
El tren atravesaba interminables campos que, al menos en esa zona de la pampa húmeda argentina, estaban sembrados con trigo. Costó al hombre en un primer momento identificar de qué se trataban las plantaciones, aunque conocía al cereal; pero es que la magnitud de esa imagen era algo que nunca había observado antes, con el sol reflejándose en sus ojos casi hasta quemarle la vista, mientras el viento movía a las plantas suavemente. En ese momento, él era tan solo un espectador de la inmensidad de los campos fértiles de la región que rodeaba a esa ciudad - puerto de la que se alejaba más a cada minuto.
La mujer sentada a su lado, lo vio pensativo y no pudo menos que preguntarle:
-Parece que tu mente vuela por zonas complejas… ¿en qué pensás?
-Estuve escuchando por ahí que en este país llevamos cien años de decadencia. Y mirando a estos campos sembrados, creo que deberíamos volver a lo que fuimos hace ya un siglo atrás, en la época en la que nos consideraban el granero del mundo.
-Estaría bueno, éramos potencia mundial en esos tiempos; aunque la verdad es que no sé cuáles han sido las causas que nos hicieron dejar de serlo.
-Y, debe haber factores complejos; igual acá en el medio del campo no hay señal, no podemos googlearlo ja.
La mujer sonrió levemente, y lanzó el desafío a su compañero:
-Igual tenemos hasta mañana para charlarlo, el viaje es tan lento como hace un siglo atrás; en la velocidad a la que avanza el tren, debe ser en lo único que seguimos igual que antes.
-Es cierto, tenemos tiempo de sobra… entonces, ¿vos qué pensás que cambió tanto en el país?
-La verdad es que no sé mucho de lo que pasaba hace cien años, recuerdo que mi abuelita me contaba que sus padres vinieron desde el sur de Europa en esa época, ¿no? O sea, esa riqueza que había por acá, parece ser que atrajo a millones de campesinos pobres a buscar trabajo.
-Sí, mis tatarabuelos también vinieron a principios del siglo veinte a Argentina, pero eran turcos; árabes, bah, pero les decían turcos.
Tengo entendido que no era fácil para ellos en esa época, al que se quejaba mucho lo deportaban y listo, ja, bastante expeditiva era la ley en ese tema…
-Claro, pero acordate que hace unos años vimos en la tele los festejos por el centenario de la primera elección de un presidente por voto secreto y obligatorio; ahí cambió la cosa, los inmigrantes se pudieron nacionalizar, nacieron acá sus hijos, y empezaron a tener derecho a elegir, y así lograron vacaciones, jubilación, descanso los fines de semana…
En ese momento, el tipo dejó de mirar por la ventana, y volvió a observar a la mujer con los ojos más grandes que jamás había puesto:
-¡Pará! ¿Volver a ser potencia mundial implica que hay que eliminar el voto secreto y los derechos de los que trabajan? ¿Y que estarían suponiendo que la decadencia se produjo porque nuestros ancestros migraron para Argentina?

La mujer reflexionó sobre lo que había dicho, no con arrepentimiento, sino por el contrario, dándose cuenta de que había exteriorizado una verdad que llevaba oculta en su cabeza, vaya uno a saber desde cuándo:
-Bueno, no lo había pensado así, pero la verdad es que, la idea de volver cien años atrás, parece que va por ese lado…
El tren continuó su lento camino con rumbo oeste, perdiendo su carrera contra el sol que iba en la misma dirección, tal como había ocurrido en todos los viajes de ferrocarril que surcaron esas tierras a lo largo del siglo veinte. Los campos sembrados finalmente se convirtieron en una tierra árida, rocosa, casi tan áspera como la conclusión a la que los viajeros estaban llegando en la charla:
-Me parece que a veces deberíamos dejar de creernos todo lo que escuchamos por ahí, y no andar discutiendo pavadas como esta, de los cien años de decadencia.
-Ni eso de volver a ser el granero del mundo, que de todos modos ni tus antepasados ni los míos fueron parte…
-Ni casi ninguno de los inmigrantes…
El viaje estaba aún lejos de culminar. Las ruedas sobre los rieles seguían entonando su canción, o al menos llevaban el ritmo que en otras épocas era completado con esa letra que la inflación dejó más que vieja: “cinco pesos poca plata, la camisa de mi Tata”, decían las abuelas que el tren cantaba, al avanzar en su largo camino hacia un destino que parecía más lejano que la unidad nacional.
El silencio se adueñó de los viajeros, mientras la noche declaraba, una vez más, que mañana sería otro día; que ojalá viniera mejor que este que ya se les acababa, y que en su creciente oscuridad les estaba dejando más dudas que certezas...

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
Instagram: @prgmez

