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La independencia del país y la falta de libertad para los esclavos: la grandeza y la chiqueza del 1816

Llega el Día de la Independencia, un 9 de julio, y desde su rincón literario, Pablo Gómez expone en MDZ en este domingo de celebración.
La Casa de Tucuman. Foto: Blogspot.
La Casa de Tucuman. Foto: Blogspot.

La pareja de esclavos descansaba en un montón de pasto que habitualmente consideraban como su cama, mientras charlaban relajadamente, luego de haber cubierto sus deseos más humanos. -¿Qué tal ha estado el trabajo en estos días? –preguntó la mujer a su pareja. -Duro –respondió el hombre –tuvimos que derribar una pared interna de la casa, para hacer más amplio el salón principal; parece que se viene una reunión grande, y no cabían todos los invitados. -Si lo sé –respondió la bella mujer mirando al techo –nos tocó limpiar toda la suciedad que dejaron ustedes en la casita de Tucumán, después de sacar los escombros.

El hombre no pudo menos que sonreír ante la frase de su amada, por lo que su comentario resonó más a burla que a pregunta:
-¿Y por qué le dice usted “La casita de Tucumán”? Es una casa bastante grande, la verdad, y sí, vivimos en Tucumán, todas las casas de por acá son de Tucumán… -No sé… me resulta lindo llamarla así; y no pregunte tanto hombre, que el cansancio no me deja pensar con claridad.  El invierno de 1816 ya se asentaba sobre la ciudad, que más que ciudad era apenas un pueblo, en
el que pasaban sus días no más de cinco mil almas.

La temperatura no dejaba de ser tan solo fresca, atento a que el trópico de Capricornio los calentaba desde algo menos de quinientos kilómetros al norte. Pero bastante calentito estaba también el ambiente, no solo porque todavía quedaban en el aire sordos ruidos de la batalla que se había desarrollado hacían tan solo cuatro años; en aquella ocasión, y desoyendo la orden de Buenos Aires de dejar la plaza en mano de los invasores, los locales, al mando del General Belgrano, habían rechazado al ejército de los partidarios del rey de España, formado por españoles pero también por criollos que no acompañaban a los nuevos tiempos, y que a los fines prácticos eran todos denominados “realistas”.

El orgullo de nuestra bandera.

Pero más allá de la reciente historia bélica, Tucumán se estaba preparando para declarar la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata; y no todos estaban de acuerdo de que eso fuera necesario, ni de cómo debería ser la forma de gobierno a adoptar en el futuro. Pero esos problemas no estaban tan claramente en la mente de los humildes trabajadores, si es que así se
podía llamar a quienes desde la esclavitud realizaban tareas forzadas a voluntad de sus amos. -Y dígame mi negrito –declaró la mujer a su amado -¿para cuándo vamos a ponernos firmes en buscar un hijo?¿O es que le resulto poca cosa para ser la madre de su descendencia?

El hombre pegó un salto, pensando que la charla esa estaba ya concluida desde la última vez, en la que casi habían terminado a los gritos: -¿Pero a usted le parece que estamos en condiciones de traer un niño a este mundo? ¡Somos esclavos, mujer! -Nosotros sí, pero el niño nacería libre, ya escuchó al patrón explicarnos eso de la libertad de vientres. -Libre de palabra, sí, pero hijo de esclavos, y con todas las pobrezas encima, ¿de qué libertad va a disfrutar ese supuesto hombre libre? ¿De qué sirve tener libertad en los papeles, si en los hechos no podemos ni llevarlo a la esquina, y ni hablar de que vaya a aprender a leer?

Acá los blancos están hablando de que quieren ser independientes, pero recuerde que nosotros, de blanco solo tenemos los dientes: libres e independientes ellos, nosotros, seguimos esclavos nomás, ¿o usted escuchó algo en contrario? Y así era nomás la cosa, en esa próxima declaración de la Independencia que parecía estarse acercando: los esclavos no estaban contemplados, y su mano de obra gratuita seguía siendo necesaria para los propietarios blancos; y aunque ellos no lo sabían, los afroamericanos deberían esperar casi cuarenta años más para lograr, aquellos pocos que hubieran sobrevivido, llegar a tener el papel que les daría libertad de cuerpo y alma.

-Nuestros hijos serán libres, señor –remató la mujer mientras se levantaba, a decir verdad, bastante ofuscada –y aunque sean hijos de esclavos, serán padres de personas libres. ¿Que si me parece bien? No. Pero es un buen comienzo. El hombre se levantó lentamente, siguiendo a la mujer. El “momento” se había roto, definitivamente. La grandeza y la chiqueza, como bien las definiera un poeta en el milenio pasado: una sociedad avanzaba hacia su independencia, mientras buena parte de sus miembros seguían a la espera de sus libertades mínimas…