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Cuando un amigo se va: cómo vivo el duelo

Es el Día del Amigo, y uno de los temas que nos dejó la pandemia, es la muerte de un amigo por el virus del Covid, esas partidas que duelen por que fueron inesperadas en muchos casos. Mateo Bautista es sacerdote y referente de la pastoral del duelo.
Ante la muerte del amigo, en cualquier edad que ocurra, no basta con “estar en duelo”, hay que “hacer el trabajo de duelo”, sin atajos. Foto: Freepick.
Ante la muerte del amigo, en cualquier edad que ocurra, no basta con “estar en duelo”, hay que “hacer el trabajo de duelo”, sin atajos. Foto: Freepick.

La figura, las hazañas, el proceso de duelo y la búsqueda interior del célebre héroe Gilgamesh han sido inmortalizados en un bello y extenso relato, narrado no en prosa, sino en poesía, joya de la literatura universal; de impresionante dramatismo y dinamismo existencial. La amistad, el heroísmo, la aventura, el poder, la justicia, la relación con la divinidad, la pregunta por el significado de la vida, la muerte del amigo, el itinerario de un duelo confrontador y la búsqueda de la inmortalidad como aspiración vital del hombre son los temas del antiquísimo Poema de Gilgamesh, un trabajo de duelo, tal vez el más antiguo escrito: por la muerte del amigo.

Esas cuestiones tan humanas son precisamente la razón de su gancho tan atractivo, para su tiempo, durante más de un milenio, y aún para nuestros días. Pocas obras de la antigüedad como ésta han sabido tratar con tanto acierto y profundidad la preocupación humana por estos temas. El asiriólogo William Moran cataloga este escrito como un documento del humanismo antiguo. Con razón, el poeta Rainer Maria Rilke señala que el encuentro con Gilgamesh es una "experiencia sobrecogedora" (carta a Katharina Kippenberger, 11-12-1916).

A su vez, se habla de este poema como la epopeya más antigua escrita que se conoce. Sin embargo, este poema no debe ser equiparado a las clásicas epopeyas conocidas: La Ilíada, La Odisea, La Eneida, o El Mahabhárata de la India. En él no encontramos reflejada la esencia de un pueblo en sus héroes, ni se relatan guerras o enfrentamientos entre ellos, sino esencialmente los hechos y actitudes de un personaje en trabajo de duelo, tras la muerte de su amigo del alma, que se plantea, ante el designio inexorable de la muerte, los asuntos y aspiraciones más profundas de una persona que anhela trascender.

El Poema de Gilgamesh, tal como lo conocemos en la versión estándar, es un relato legendario muy dinámico, con mucha acción y pasión, con una reflexión muy profunda del itinerario vital de un héroe, primeramente, con rasgos épicos, y, después, netamente sapiencial; y todo ello a partir de una amistad y elaboración del duelo por la muerte de un amigo. Estamos ante el itinerario de un trabajo de duelo, tal vez el más antiguo escrito

El poema que tratamos tiene su localización geográfica en Sumeria (del acadio Šumeru), región histórica de Oriente Medio, que formaba la parte sur de la antigua Mesopotamia, que los griegos denimonan así, “Entre Ríos”, por ser las cuencas del Éufrates y del Tigris su rasgo geográfico predominante. Ubicada entre las llanuras aluviales de estos dos ríos, la civilización sumeria está considerada como una de las más antiguas del mundo, junto a la egipcia y la protoindia, del valle del Indo.

La etapa redaccional de esta obra es atribuida al escriba Sin-Leqi-Unnini, hacia el 1300-1000 a. C. Este poema, escrito en tablillas de barro, es una creación literaria nueva: perfectamente estructurada en once tablillas, de unas trescientas líneas cada una; cada una de ellas constaba de seis columnas, tres en el anverso y tres en el reverso, a cincuenta líneas por columna; con una idea central muy definida, y una introducción, desarrollo y conclusión totalmente armoniosos.

Mateo Baustista es impulsor de la Pastoral del duelo.
  • Decálogo del duelo por la muerte de un amigo: 

1.- Cuánto lacera la muerte del amigo verdadero, "a mitad del alma"! (Horacio), alguien elegido por uno mismo, a quien se le ha abierto todo el corazón, con quien se ha dialogado en total confianza, se han compartido experiencias únicas, se han afrontado serias dificultades, se ha vivido la gratuidad del amor. Es, ciertamente, un sufrimiento que araña las entrañas, de primera clase, no conlleva un proceso de duelo de segunda categoría. "Siento más tu muerte que mi vida", se lamenta el poeta amigo (Miguel Hernández, elegía a Ramón Sijé).

2. Ante la muerte del amigo, en cualquier edad que ocurra, no basta con “estar en duelo”, hay que “hacer el trabajo de duelo”, sin atajos. El afectado, sanador/herido, ha de resistir, templar, “resilienciar” y sanar de raíz su dolencia, cuidando de sí mismo y de los suyos. Esta labor no ha de quedar a la intemperie y ser entregada sin más al paso del tiempo.

3. El ineludible proceso de duelo transita una hoja de ruta bien definida. Este modo de actuar nunca ha de quedar huérfano. Con paciencia, pero sin pasividad, ajustándose a las dinámicas internas de sanación, la persona sufriente mostrará humildad para pedir ayuda y dejarse ayudar, empleando todos los recursos internos, comunitarios y de la gracia.

4. El impacto por la muerte del amigo ha de ser asumido y abordado desde todas y cada una de las dimensiones de la persona: corporal, emocional, mental, social, valórica y espiritual- religiosa; de una manera integral e integrada, al unísono.

5. “Duelar” es un compromiso de “fondo y forma”, mirando a los ojos de la vida y de la muerte, caminando con serena aceptación, desenraizando el malestar, aplicando buenas actitudes y aptitudes buenas, potenciando el sano desapego, entregando cordialmente a Dios el amigo muerto, recreando la vida con una misión y proyecto plenos, creyendo en la felicidad.

6.  En el camino del duelo se palpita con “tres corazones en uno”: el primero, en el presente, para el desahogo, pues es enorme la extrañeza; el segundo, para recordar todo lo hermoso del pasado compartido con el amigo; y el tercero, para no perder la perspectiva y esperanza en el futuro, mirando adelante y arriba.

7. No caer en la tentación de tirar la toalla ante la tribulación, de ser moldeados por ella. Hay que balancear aflicción y aceptación, ausencias y presencias, carencias y tenencias, pasado y presente, inicio y cierre, muerte y vida, para sufrir por “lo que merece la pena”, “cuanto merece la pena” y durante “el tiempo que merezca la pena”.

8. Que la fe, la esperanza y el amor cuenten y no descuenten. A toda desdicha hay que agraciarla: siempre como hijos del Padre; con Jesús, como Jesús, en Jesús; con el consuelo del Espíritu en el espíritu, en la ternura de María, bajo el signo de la resurrección, en la comunión espiritual de un amor “de subida y de bajada”, en participación eclesial, aprovechando todos los auxilios de la gracia dados en la oración, en la Palabra divina y en la celebración de los sacramentos. Que la fe purifique el padecimiento y que éste depure la fe.

9. El cariño, recuerdo y extrañeza serenos por el amigo muerto no terminan nunca, pero sí ha de concluir el proceso de elaboración por el pesar que conlleva, disponiendo de un “buen botiquín de duelo”, con condiciones internas de “saneamiento”, para cuando los puntillazos de la herida cicatrizada aparezcan.

10. El sufrir pasa, el haber sufrido, no. Hay que extraerle provecho: auto conocimiento, crecimiento, madurez y santidad, siendo buenos samaritanos de otros dolientes.

Padre Mateo Bautista.

* Mateo Bautista, Sacerdote Camilo nacido en España, Bachiller en Teología, Licenciado en Teología Moral y Espiritual. Impulsor de la Pastoral del duelo.