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La Justicia argentina y la sinrazón policial

El crimen de Lucas González, el joven jugador de Barracas Central, y cuyo veredicto fue pronunciado esta semana, terminó con tres prisiones perpetuas, condenas por encubrimiento y algunas absoluciones, todos los imputados son policías.
Lucas González, el joven de 17 años asesinado cuando salió de un entrenamiento en el club Barracas Central. Foto: MDZ
Lucas González, el joven de 17 años asesinado cuando salió de un entrenamiento en el club Barracas Central. Foto: MDZ

Hace tiempo fui convocado por la familia de Ezequiel Demonty, un joven que había desaparecido la madrugada del 14 de septiembre de 2002 luego de ser detenido en un procedimiento a cargo de nueve policías federales. Junto a otros dos jóvenes fueron trasladados a orillas del Riachuelo, donde los denigraron, simularon sus fusilamientos y luego obligaron a cruzar a hacia la provincia.

Poco tiempo después los nueve efectivos fueron condenados a penas de prisión a reclusión perpetua (muchos de ellos siguen cumpliéndola) y el Puente Alsina fue rebautizado con su nombre. La calificación legal de torturas seguida de muerte que fue sostenida en soledad por nosotros fue receptada en el fallo, marcando un precedente único en democracia. Lamentablemente, en el homicidio de Lucas González la historia vuelve a repetirse. La sinrazón de los procederes policiales constituye una cabal demostración de la escasísima preparación que reciben las fuerzas de seguridad en nuestro país.

Dolores Sigampa, mamá de Ezequiel, una mujer de quien admiro profundamente su entereza, en aquella época y durante cierto tiempo, fue convocada cuando egresaban cadetes de la escuela de la Policía Federal Argentina para explicar los padecimientos que le tocó vivir por la muerte de su hijo. Estaban tan aceptados este tipo de actos, que cuando el Policía a cargo de la caravana de la muerte regresó a la dependencia y le pidieron informar de lo sucedido con los tres jóvenes, respondió: “solucionado en el lugar, aprendieron a nadar”. A nadie le llamó la atención.

Ezequiel Demonty, el joven obligado a tirarse al Riachuelo.

Como tampoco cuando el jefe de los asesinos de Lucas, en la escena de un crimen tremendo, ordenó que planten un arma de juguete (en el apuro no consiguieron una verdadera) y nuevamente, a ninguno de los presentes le pareció descabellado. Si no queremos que las policías continúen cometiendo este tipo de atrocidades, debemos ocuparnos de educarlos adecuadamente. Hay que formar los cuadros policiales con la participación de la ciudadanía, especialmente de asociaciones como las Madres del Dolor.

Ésa será la forma efectiva de atacar la violencia institucional y desterrar metodologías que siguen arraigadas como en épocas de la dictadura. Ése debe ser nuestro compromiso para no seguir cometiendo los mismos errores.

* José María Vera, abogado especialista en derecho penal. Ex abogado de las Madres del Dolor.