Manuel Belgrano en tres dimensiones
Revisamos un año atrás, la iconografía pictórica del creador de nuestra bandera. Ahora, en un nuevo aniversario de su partida, retomamos la tarea con una recorrida de las esculturas que le rinden homenaje.
Vinculada con nuestra nota anterior empezamos con la escultura ecuestre de la plaza de Mayo, en la ciudad de Buenos Aires. Es obra de un famoso escultor francés Albert Carrier-Belleuse (1824-1887) quien delegó la realización del caballo en el escultor argentino Manuel de Santa Coloma (1829-1886). Fue fundida en Francia en bronce, a la cera perdida en el taller de Val D’Osne, según se lee en el zócalo junto a la firma del artista y la fecha: 1872.
Carrier-Belleuse, de quien el Museo Nacional de Bellas Artes tiene un busto en mármol de Manuel Guerrico, es también el autor del Monumento ecuestre a Bernardo de O’Higgins de Santiago de Chile. Santa Coloma por su parte, era hijo de un cónsul argentino de Rivadavia en Europa, nació en Burdeos y desarrolló una discreta carrera como escultor en Francia. En 1870, en la conmemoración del medio siglo del fallecimiento del General Belgrano, se forma una comisión para la erección de un monumento que lo recuerde. Se hace una colecta popular y se crea una comisión ad-hoc. Tres años después, el día del aniversario de la Batalla de Tucumán, ciento cincuenta años atrás, se instala el Monumento Ecuestre al General Belgrano, en nuestra plaza mayor dónde todavía se encuentra.
Sin embargo, su ubicación actual no es la misma. Para entonces la plaza estaba todavía dividida por la Vieja Recova, que se demolió diez años después. La parte oeste a la que miraba el Cabildo y tenía en el centro La Pirámide de Mayo se llamó primero Plaza de la Victoria, en conmemoración al rechazo de los ingleses en los intentos de invasión 1806/7 y más tarde 25 de Mayo. Allí se instaló la escultura venida de Francia.
Se dice que a la inauguración del monumento que encabezó el presidente Domingo F. Sarmiento concurrieron 25.000 personas que saludaron entusiastas la memoria del creador de la Bandera, pero que se levantaron críticas a la escultura, que cada tanto reaparecen. Las mismas apuntaron al caballo, en cuanto no se ajustaba al tipo criollo, que supuestamente montaba el general y que además estaba desproporcionado con respecto a éste.
A mi criterio, se trata de críticas desatinadas. La escultura, está bien lograda y ello puede verificarse en la confrontación con las obras maestras que repasamos en nuestra nota del domingo pasado. El valor del homenaje en este tipo de monumentos está dado por la calidad artística de la obra. Invalidar la misma por detalles inverificables no parece razonable. Cierto es que, a veces, anacronismos, o incoherencias gruesas pueden empañar el objetivo, pero no parece ser éste el caso.
Los escultores seguramente se basaron en el grabado de Théodore Géricault (1791-1824), el autor de la Balsa de la Medusa, que se hizo poco después de la muerte de Belgrano. Obviamente ni este, ni Carrier-Belleuse conocieron al general ni lo vieron en el campo de batalla. Santa Coloma fue un decoroso animalista pero no había pisado nuestras pampas. Y a fuer de ser rigurosos, la fisonomía de la “raza criolla” se definiría sólo mucho después con el denodado trabajo de Emilio Solanet. La desproporción del caballo (muy pequeño) también es opinable. Originalmente la escultura estuvo casi a ras del piso lo que tal vez motivó la crítica.
En efecto cuando en 1885 se reinstaló sobre un gran pedestal hecho en granito y se la colocó frente a la primitiva casa de gobierno quedó en evidencia que vista en altura, caballo y jinete se encuentran en armonía.
Tampoco (ya lo vimos) es fidedigna la fisonomía de don Manuel según todos la tenemos asimilada. Sin embargo el rostro que consolidó Francois Casimir Carbonnier, (1787-1873) tras unas pocas sentadas del general ante su caballete, en Londres es el de nuestro héroe. Como lo es su estampa victoriosa llena de coraje y movimiento enarbolando la bandera con los colores de una escarapela que en las jornadas de mayo él mismo había elegido y que en las barrancas del Paraná izó por primera vez en
el atardecer del 27 de febrero de 1812.
Quedan para futuras entregas otras importantes esculturas de nuestro prócer que involucran a grandes maestros de la escultura argentina como Fioravanti y la propia Lola Mora. Por ahora, quede nuestro homenaje al Belgrano fundacional cuyas virtudes hoy tanto necesitamos.
* Carlos María Pinasco es consultor de arte.

