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La historia del docente rural que adoptó y se convirtió en el padre de uno de sus alumnos

Javier Castellano conoció a Gabriel siendo maestro de computación en una escuela rural. Desde el primer momento algo especial los conectó. Lo que sucedió desde que se vieron hace 13 años y la realidad que transitan juntos hoy, es una experiencia de vida donde sobresalen los valores humanos.
Javier Castellano junto a Gabrielito del que fue primero profesor y luego papá Foto: Javier Castellano
Javier Castellano junto a Gabrielito del que fue primero profesor y luego papá Foto: Javier Castellano

José Gabriel, a quien todos llamaban Gabrielito, tenía 5 años cuando Javier Castellano lo conoció. Era su primer día en el ciclo inicial de la escuela rural “Víctor Mercante”, ubicada en el paraje llamado “Los Algarrobos”, a unos 8 kilómetros de la localidad de Nono, en las sierras cordobesas.

Su abuela, doña Adela, había “bajado” de las sierras donde había criado sola a este nene que llevaba el mismo nombre que el Cura Brochero. Su hija y la pareja de ella, los padres biológicos del nene, le habían entregado de bebé, y ella, que era analfabeta, sabía que el niño tenía que aprender a leer y escribir para tener un futuro.

Javier Castellano sintió una energía especial cuando vio por primera vez a ese niño que sonreía feliz. Diseñador gráfico y fotógrafo, el hombre que por entonces tenía 36 años, había regresado de Europa hacía poco tiempo y había elegido construir su casa en ese paraje, en la zona donde había vacacionado con su familia toda su vida. “Necesitaba un cambio, alejarme del consumismo, la locura y la presión que tenía al trabajar con multinacionales. Quería hacer algo más social y tener un contacto más humano con la gente. Por eso decidí venir al medio de las sierras donde construí mi casa”, relató.

Javier se convirtió en padre adoptivo de Gabriel oficialmente con un fallo ejemplar de la justicia. Foto: gentileza Javier Castellano.

Apenas instalado en Los Algarrobos, lo primero que hizo fue acercarse a esa escuela rural para ver qué le hacía falta a esa comunidad educativa. “Me contaron que tenían un montón de netbook guardadas que les había mandado el Gobierno, y nadie sabía usarlas”, recordó. “Por eso me ofrecí a darles clases de computación a los chicos gratuitamente. Así empecé a involucrarme con la comunidad y pasé a ser El Profe, no sólo por los chicos sino además por sus padres y sus abuelos”.

Fue entonces cuando conoció a Gabriel. “Cuando lo vi por primera vez se generó una química especial: me encontré con un niño feliz, de esa felicidad que dependía pura y exclusivamente de su espíritu. Porque él había sido criado y aprendió a caminar en el corral de las cabras, y agarrándose de los cabritos: los usaba de andador viviente”, detalló.

“Me quedé conmovido con ese niño y con su abuela, que era un ejemplo de mujer: no tenía jubilación, no maneja dinero y, con todo eso, ella con su amor estaba criando a Gabriel sin ningún tipo de recurso material”, precisó.

“Ellos eran muy pobres: le habían prestado una piecita en Los Algarrobos para que viviera en el paraje, cerca de la escuela, pero no tenían ni luz ni agua. Yo empecé a ayudarlos, y se fue generando un vínculo muy lindo. Gabriel siempre venía a mi casa, y siempre que podía le daba trabajo a doña Adela”, contó Javier.

Doña Adela, abuela de Gabriel, lo crió en las sierras a pocos kilómetros de la localidad cordobesa de Nono. Foto: Javier Castellano.

Pero un cierto día a la abuela le diagnosticaron cáncer de cuello de útero y allí se presentó el primer problema: debía viajar a Córdoba para realizar su tratamiento. “Fue entonces cuando ella me dice que en el único que confiaba para cuidar que Gabriel continuara yendo a la escuela, era yo. Y me pidió que cuidara al niño hasta que ella volviera”.

Su vínculo con el niño

Gabrielito tenía ya 7 años, y la salud de Doña Adela empezó a empeorar, hasta llegar al punto de tener que ser llevada a un geriátrico, donde finalmente murió. “En ese momento se judicializó la situación del niño, que corría riesgo de que fuese llevado a un centro de menores. Yo sabía que, si eso pasaba, le causaría un daño irreparable al niño”, recordó el Profe.

Es por eso que, para analizar la situación del nene, se realizó una reunión en la escuela a la que asistieron los padres de la comunidad, la jueza de paz, la Policía, asistentes sociales y personal de las Unidades de Desarrollo Regional (UDER), que depende de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia (Senaf).

“Yo pensaba que alguna familia se podía hacer cargo del nene. Pero si eso no ocurría, me iba a ofrecer yo mismo a hacerlo, porque no le iba a soltar la mano a Gabrielito. No iba a poder dormir tranquilo si lo llevaban a un centro de menores, sabiendo que estaba a mi alcance poder decidir sobre su futuro”, recordó Javier. Finalmente, el niño se quedó con su profe, a quien el Senaf le dio y renovó una guarda provisoria por cuatro años.

“A partir de entonces, él se integró con mi familia. Mis padres se convirtieron en sus abuelos, mis sobrinos sus primos, y mis hermanos en sus tíos. Gabrielito comenzó a tener un montón de estímulos, como poder ver televisión, viajar en avión, conocer el mar, y conocer cosas que antes para él eran totalmente inalcanzables. Todo en el término de esos cuatro años. Hasta que los tiempos de la guarda transitoria se terminaron y el niño pasó a estado de adoptabilidad”, continuó su relato Castellano.

Gabriel de niño, en la casa de su abuela Adela en el paraje Los Algarrobos, a 8 km de Nono. Foto: Javier Castellano

“Acá se planteó el problema más grave. Porque el nuevo Código Civil señala que la persona que tiene en guarda un niño, no puede adoptarlo. Teníamos todas para perder y si lográbamos una sentencia a favor iba a ser la única, porque nunca se había dado de otra forma. Dependíamos del juez que, con el Código Civil en la mano, nos decía que tenía que ir a un listado de adoptantes”, recordó “el Profe”.

“Me presenté ante el juez de Cura Brochero, José María Estigarribia, y le dije: `Hasta el día de hoy he hecho todo lo posible para velar por los derechos de este niño para que esté bien, para que tenga un futuro. A partir de hoy, Usted es el responsable de lo malo que le pueda pasar”.

Finalmente, en mayo de este año, el juez Estigarribia, dictó una sentencia que fue considerada "ejemplar". Como habían tratado de revincular a Gabriel con sus padres biológicos y no habían tenido éxito y como, desde la muerte de Adela, no había más familiares que pudieran adoptarlo, se amparó en la figura del "referente afectivo".

Gabriel y su papá Javier en este Día del Padre. Foto: Javier Castellano

“Aquí hubo una decisión de los dos, porque él me eligió a mí y yo a él. Fue una elección mutua. La vida te pone desafíos adelante y uno tiene que hacerse cargo. Para mí fue una bendición y fue un aprendizaje haber conocido a ese niño que hoy tiene 18 años de edad y sigue conviviendo con Javier Castellano en el paraje “Los Algarrobos”.

Reflexiones por el día del Padre

“Él completó la secundaria en la localidad de Nono y siguió cultivando su vínculo con los padres biológicos y también con un hermano mejor que quedó con ellos viviendo. Continuamos juntos la vida que habíamos proyectado juntos. Está aprendiendo mecánica de motos y está también de novio con una chica de la zona”, contó orgulloso su padre adoptivo.

Gabriel sigue conservando ese espíritu que tenía de niño, de persona buena y como toda gente de campo, conserva ese respeto por la naturaleza”, afirmó Javier que hoy tiene 49 años.

También contó que, durante la pandemia, no hubo restricciones en el paraje donde reside y por entonces también se vino a vivir con él el hermano biológico de Gabriel, que es un año y medio menor.

En tanto Javier hace un año y medio que está en pareja con Claudia, una vecina de Nono que tiene dos hijos más chicos que Gabriel. Juntos formaron una familia ensamblada.

Gabriel hoy tiene 18 años, estudia mecánica de motos y es un amante del astroturismo. Foto: Javier Castellano

Si hace 13 años cuando decidió su cambio de vida al radicarse en las sierras le hubiesen dicho a Javier Castellano que allí se convertiría en padre, se hubiese sorprendido mucho.. “Yo siempre fui muy receptivo a los misterios de la vida que se nos presentan porque creo que hay que dejarse sorprender. Hoy puedo decir que Gabriel se ha formado, está trabajando, y está aprendiendo un oficio. Para mí era muy importante que pudiese crecer en las sierras  y tener herramientas a futuro para para hacer su propia vida”, reflexionó este docente que sigue colaborando con las escuelas, aunque ahora da charlas de cuidado del medio ambiente en toda la zona y es un amante de la astronomía y el astroturismo, pasión que contagió a su hijo.

Para este Día del Padre, Javier Castellano dejó una reflexión basada en su decisión de dejar la vorágine de un trabajo atrás e instalarse en el medio de las sierras para construir una nueva vida. “Lo más importante que tenemos es el tiempo y es lo único que es irrecuperable. El tiempo que pasa no lo podemos recuperar más. Y el tiempo cuando está perdido, lo único que queda es arrepentirse porque ya es demasiado tarde. Así que yo creo que es importante como padre compartir tiempo con los hijos, estar presente y darles herramientas para que los jóvenes sepan desenvolverse y ser buenas personas en el futuro”, concluyó.