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La Semana Santa ya no viene como antes

Los recuerdos de épocas pasadas surgen en fechas especiales. El compartir con los afectos, charlas que perduran en la memoria y anécdotas que merecen ser contadas.

La siesta terminaba en ese domingo de Pascuas, y la mujer preparaba el mate, a la espera de que su buen padre se despertara. El hombre, aunque su hija aún no lo había oído, ya arrastraba sus pantuflas por sobre las baldosas del pasillo, camino a la cocina, en donde intuía que su primogénita lo esperaba con un par de porciones de rosca.

-La Semana Santa ya no viene como antes ­– declaró el anciano, aún antes de sentarse, desde la supuesta sabiduría que le entregaba el hecho de llevar ya casi tres cuartos de siglo en el mundo de los vivos.

Su hija sonrió, llenó la calabaza del mate con agua, y se la pasó a su padre mientras lo increpaba:

-¿Y desde cuándo sos tan creyente vos, como para andar prefiriendo la semana santa de antes?

-Creer, creo; aunque no he sido el que más ha cumplido con su religión…

­-¡Papá, la última vez que fuiste a una iglesia fue cuando me casé, y eso que ya llevo más de diez años divorciada! Y todavía no me has dicho qué es lo que tenía de mejor la Semana Santa de antes.

El hombre pensó un segundo, se rascó la barbilla, y decretó:

-Antes… yo era más joven. Así que ahí tenés, por eso.

La carcajada de la mujer terminó contagiando al padre, que tuvo que dejar el mate a un lado para no escupir la infusión sobre el hule estampado con flores que cubría la mesa.

-Todo ha cambiado desde que eras joven, papi ­– remató la hija mientras rescataba la calabaza de las manos del hombre ­–así es que no entiendo por qué tanto lío con la semana santa.

El hombre agarró un par de confites de un platito, que reinaban entre los restos de chocolate de un huevo de pascua del que ya casi no quedaban rastros; se encogió de hombros y, como haciendo memoria, empezó con su relato:

-Cuando vos eras chiquita, la Semana Santa era un velorio verdadero; el viernes no había nadie, pero nadie, que se animara a comerse un bife, fuera creyente o no. Se cuidaban hasta de que los vecinos sintieran el olor a chuleta por la ventana.

-Papá… no exageres…

-Te digo que sí. Y en el pueblo de mi abuelo, allá en Europa, antes de que se vinieran, se pasaban toda la semana de procesiones; y había unos tipos con túnicas y la cabeza tapada con un gorro en punta, así como si fueran fantasmas, que llevaban por las calles a los santos de su cofradía. Y no es que el cura tomara lista de sus feligreses, pero que los marcaba a los ausentes, los marcaba…

-Pero… ¿no me habías dicho que tu abuelo era socialista?

-Mirá hija, no lo voy a jurar, pero me parece que para Semana Santa se suspendían hasta las diferencias políticas y religiosas; la abuela iba a las procesiones, eso seguro…

La mujer subió los hombros, en un gesto heredado de su progenitor. Llenó nuevamente el mate y antes de que pudiera darle el primer sorbo, ya su padre había arrancado de nuevo con el relato:

-Antes en la radio, que era solamente AM, te clavaban música sacra toda la semana; empezaban con unas canciones aburridas que a veces eran cantadas, pero solo hasta el jueves. Para el viernes santo, la música clásica te aburría de cero a veinticuatro; y no es que toda la música clásica sea aburrida, pero te clavaban una selección en la que la marcha fúnebre era de lo más emocionante.

-Ah bueno, ¿ahora resulta que también te gusta algo de música clásica? ¡Solamente te gustan los tangos, viejo, qué decís!

-Pero no m´hija, está esa de Beethoven que se llama del coso de la alegría…

-La novena sinfonía, papá…

-La que sea. Está también la del comienzo de “El Llanero Solitario”, que pasaban en la tele cuando vos eras chiquita, ¿te acordás?

-La verdad… no.

-Pero sí, esa que hace: parará, parará, parará papá…

-A ver viejo, esperá, que la googleamos…

La mujer agarra su celular, presiona un par de sitios de la pantalla del aparato, y lo pone frente a la boca de su padre, que la mira verdaderamente asombrado:

-Ahí está viejo: dale, tarareala de vuelta.

-¿Me estas jodiendo, nena?

-No, papá, dale, que el celu te la busca. Tarareala.

El hombre, aún incrédulo y en una postura que por su mente se sentía como bordeando la ridiculez, empieza a tararear frente al teléfono.

-Parará, parará, parará papá…

Un par de segundos después, la hija lo interrumpe y le muestra el resultado:

­-Obertura de Guillermo Tell, viejo. De Rossini.

-¡Me estás jodiendo nena! A ver, ponela…

La mujer presiona sobre la pantalla de su teléfono celular, y la canción de inicio de “El Llanero Solitario” (el de antes, el de cuando ella era chiquita) empieza a sonar, ante la mirada atónita de su padre.

-Ahora sí que me corriste, piba ­–remató el anciano casi entre lágrimas, mientras abrazaba a su hija –y prestame tu celu, que me está sonando una canción en la cabeza desde anteayer y no puedo sacármela por nada. A ver, googleame: paaa pa paaa, para papa pa papaaaa…