139° Aniversario de Rivadavia

Una historia local como desafío a la inteligencia artificial

La crianza de ganado para la venta, mayoritariamente a Chile, era uno de los negocios más rentables de esa época. Además, la zona presentaba una ubicación estratégica privilegiada para el tránsito de ganado de los arreos provenientes de San Luis o del sur provincial.

Gustavo Capone
Gustavo Capone martes, 18 de abril de 2023 · 07:03 hs
Una historia local como desafío a la inteligencia artificial
El Departamento celebra hoy el 139° aniversario de su fundación. Foto: Archivo

Parece un cuento: “La historia de la hija y el yerno de Don Crisanto Lira”. Pero es pura historia. Es una historia local, muy chiquita en dimensiones, aunque siempre desafiante. Ejemplo: “Quisiera que el ChatsGPT4 de última generación me cuente la historia de Crisanto Lira, quien supo tener un almacén de venta de embutidos y chacinados de chancho, allá por 1870, en plena Villa de San Isidro, y obligado por una circunstancia inesperada cambió de rubro”.

 Pobre ChatsGPT4; no podrá decirme ni una palabra. En el fondo el desafío es seguir contando “historias mínimas y próximas” que no se puedan “googlear” y que la disruptiva (y muy bienvenida, si la usamos responsablemente) Inteligencia Artificial no nos podrá contar jamás hasta que se haya enterado por estas notas.

Entonces les cuento que antes que el pueblo de San Isidro naciera como departamento con el nombre: Rivadavia (18 de abril de 1884), al igual que el país y la provincia, muchas villas nacionales empezaban a surcar un paradigmático cambio de época. Entre ellas San Isidro, la futura Rivadavia.

Un repaso relámpago de tres siglos

 A finales del siglo XIX hacía rato ya (trescientos años) que aquella región del río “Palempotò” (el río Tunuyán para los Huarpes) y la primitiva aldea “Juran - Có” (“agua que brotaba de la piedra”) del tiempo indio le habían dado paso al criollo distrito La Reducción, que fuera reconocida como “Población” por el gobernador Arístides Villanueva el 4 de agosto de 1872. Mientras tanto, las extensas tierras del cacique Nacuñán y todo “Pichi Yegüa Có” (“pequeño caballo de las piedras”) se perfilarán como las futuras villas de La Central y El Mirador. La “Costa de los Ferreyra” y la “Ensenada de Olguín” alumbrarán los albores distritales de La Libertad y Santa María de Oro, y lo que luego será el distrito Medrano buscaba su forma criolla desde la vieja “Tres Acequias”. “Albardón” será Los Árboles y las “Buenas Labranzas” se convertirá en Los Campamentos (de indios de Rufino Ortega). Para muchos, y con razón: Gargantini.  

La región del “Río Bamba” y “Chilecito” verán llegar el tren con el nombre de Andrade y “Estación Uriarte” o el “nuevo mundo” imaginado poéticamente por Balsamino Álvarez terminará mutando su nombre en el definitivo distrito Mundo Nuevo (la región de los Otoyanes). Pegado estará el vecino juninense “Philipps” cuya denominación ferroviaria rendirá honor al británico John Wynford Philipps, miembro del directorio de la “Compañía Buenos Aires al Pacífico” que con “Algarrobo Grande”, testigo de la gesta sanmartiniana, abrirán el paso de la futura Estación Ingeniero Giagnoni (la capital de la alegría). En tanto, todo el inmenso desierto del sur rivadaviense, mucho antes de la titánica apertura del Canal Los Andes (cuya construcción empezó en 1887), será el escenario de la prehistóricas “Huayquerías”, que en el final del siglo XX darán paso a los contemporáneos distritos comunales de “Los Huarpes” y “San Isidro”. En fin; así el mapa físico de Rivadavia y sus distritos, dirían las maestras, quedaba completado.

¿Y Don Crisanto?

Ya va. No hay que hacérsela tan fácil al nuevo “chats de la IA”.

Por ese fin del siglo XIX, Rivadavia continuaba sumergido en el marco de una economía “pre – industrial”, mientras los polos productivos estarán asentados en relación a las estancias y viñedos de los pocos terratenientes del departamento, más el agregado de chacras, granjas, tambos y “chancherías” sobre las nuevas rutas y caminos habilitados.

La escala productiva departamental antes de la llegada del ferrocarril (vaya casualidad, en la misma época que nació el Departamento de Rivadavia) no sufrirá variantes considerables durante gran parte del siglo XIX. Por ende, seguía sosteniendo su base económica sobre la siembre y el cultivo de alfalfa, cereales, frutales y hortalizas, y con un leve, aunque constate crecimiento de la vitivinicultura que se multiplicará en dos décadas.

La crianza de ganado para la venta, mayoritariamente a Chile, era uno de los negocios más rentables de esa época. Además, la zona presentaba una ubicación estratégica privilegiada para el tránsito de ganado de los arreos provenientes de San Luis o del sur provincial. La humedad de las costas del río Tunuyán a la altura de San Isidro caracterizaban al lugar como una zona de “engorde” del ganado previo al paso cordillerano. Por citar ejemplos: el chileno Bernardino Vicuña Prado (en cuyo honor hay una calle en Rivadavia), a la postre “concejal” municipal, se llenó de plata con ese negocio.

Los mataderos y los tambos, paralelamente, ocuparán un lugar importante en el circuito económico por la cantidad de mano de obra que requería toda su cadena productiva: pastores, herreros, arrieros, domadores de bueyes, afiladores, talabarteros, metalúrgicos, carniceros, abasteros, ordeñadores, hojalateros, lecheros, queseros, curtidores, fleteros, fabricantes de vasijas de cerámica y madera, etc.

Por entonces se empezaba a vislumbrar una estructura social y económica diferenciada, notándose claramente cuatro sectores. Un nivel terrateniente (estrato superior) compuesto por los grandes hacendados con propiedades en estratégicas ubicaciones cercanos al Río Tunuyán, hasta con molino propio y dueños de las primeras viñas. Un nivel intermedio constituido por aquellos propietarios de alfalfares, abastos de carne, comerciantes mayoristas (almacenes de ramos generales y “proveedores del estado”) y aquellos pequeños latifundistas que alquilaban sus propiedades para “engorde” a los arrieros en tránsito a Chile. Un tercer nivel constituido por el nivel doméstico, sustentado en una economía familiar de autoabastecimiento y subsistencia que también alcanzaba a pequeños cuentapropistas de oficios (talabarteros, herreros, domadores de caballos, etc.).

Los escasos empleados públicos también estaban en éste estrato (maestros, policías, empleados del correo). Sobre la base de la pirámide el nivel dependiente: empleados transitorios (“changarines”), sin propiedad, ni domicilio fijo. Su situación se complicará cuando a partir de 1845 se exija cumplir con la presentación de la “papeleta de conchavo”, aquel documento que acreditaba un trabajo y la correspondiente dependencia a un emprendimiento comercial o industrial con la debida rubrica del “patrón”, lo que generaba una doble dependencia personal: económica y política.

¿Y Crisanto Lira, la hija, el otro?

Ya va. En el “centro” estaba la sede política de San Isidro que era la “Subdelegación” (intendencia). Funcionando siempre en una dependencia estatal, pero también en algunos casos como en el de Isaac Estrella, donde las funciones municipales las cumplía desde su propia casa. Durante los muchos años que Estrella fue Subdelegado, la sede comunal fue la denominada “La Turquesa”, reconocida casa ubicada en la actual intersección de San Isidro e Isaac Estrella, en donde también funcionó el primer oratorio del pueblo.

Y así como la calle “Chañar” o el “Camino Real” fueron durante el siglo XVIII las dos arterias que concentraron la mayor capacidad de asentamientos y circulación, durante el XIX el centro social girará hacía la calle San Isidro.  

Ya en 1880 encontramos las oficinas municipales funcionando en la intersección de calle San Isidro y actual San Martín. Ese lugar era el “famoso” caserón de Saturnino Narvaja, que no solo albergaba la repartición municipal, sino también la Policía y el Juzgado de Paz.

La “San Isidro” además cobijaba una farmacia (de Benito Sicardi, luego de Domingo D’Angelo), una talabartería, una pulpería (Rosas Núñez), una herrería (Fernando Raffo), una sastrería de alta confección (Juan Ponce), dos panaderías (una de Lucio Robledo), una “barbería” de Sergio Ruíz, unas cuantas tiendas y almacenes (Wenceslao Núñez, Heriberto Baeza, Guillermo Cano, Ramón Gatica y Ricardo Galigniana) y varios abastos de carne que completaban el panorama de la calle (entre otros el de Isauro Estrella, Felipe Calle, Pedro Fernández, José María Lobos e Hilario Laredo).

La primera escuela del departamento, que funcionaba sobre la actual esquina de Lavalle y Mariano Moreno, al lado del granero de Raffo, se mudará precisamente también al caserón de Narvaja, con la coincidencia que la “dueña de casa”, Doña Fermina de Narvaja será además la maestra y directora del colegio.

La originaría “plaza” con forma de triángulo, estaba enclava en el lugar donde actualmente se encuentra. En un primer momento era un descampado que a veces funcionaba como corral, limitada por unas sogas y algunos ligustros. La “plaza” fue escenario de las irreconciliables posturas políticas de la época. Sede de los fusilamientos de referentes “federales” locales, como Juan de Dios Contreras y Francisco Molina, ordenados por el Mayor Benito Molina en 1853 siguiendo las indicaciones del Gobernador Pedro Pascual Segura.

Frente a la plaza se erigía la precaria Capilla de San Isidro. Donada y construida por el chileno Fernando Bravo. Más al sur, “camino al río”, la fábrica de adobes del propio Fernando Bravo y los molinos harineros de Rodolfo Maza y Rosa Cantaloup.  Pero como en todo pueblo, ayer u hoy, siempre existe una esquina emblemática, y la localidad de San Isidro no fue la excepción.

Ahora sí. Crisanto Lira

La actual esquina de Alem y San Isidro era el centro comercial más importante durante las horas de la mañana. Allí funcionaba la despensa de Don Crisanto Lira, “el almacenero del pueblo”.

Embutidos, “chanchería”, leche de vaca o de cabra, carnes de cualquier “bicho” (pollo, pato, ranas, conejo, vaca, cerdo o chivo), frutas y verduras frescas componían su variada oferta. Pionero e innovador también en un nuevo rubro para la zona: “amasaba” y vendía fideos a los primeros inmigrantes italianos, que por aquel entonces ya venían llegando al pueblo.

 Cuentan las crónicas, que cuando empezaron a surgir muchos competidores en el “rubro embutidos”, Don Crisanto se vio favorecido por un hecho fortuito que despertó su ingenio.

Su hija Micaela, enamorada, y a punto de casarse con un italiano llegado a San Isidro, organizó una reunión familiar, sorprendiendo los Lira al futuro yerno extranjero con la comida típica de su tierra natal: tallarines. Semejante acierto no hizo más que agudizar la visión comercial del almacenero, quien desde ese momento anexó a su negocio la fabricación de pastas, convirtiéndose en un pionero del rubro. Su slogan comercial promulgaba: “Pastas Lira; de un gaucho para el italiano amigo”. Brillante visión comercial hizo que su yerno posteriormente le vendiera tallarines a toda la colectivas italiana, que junto a la llegada de otros inmigrantes europeos harán que en algunos años Rivadavia triplique su población.

Pero hay más para el Chats moderno. Antes de la llegada de su yerno de apellido D’Angelo, durante la noche, la fisonomía del almacén de Crisanto Lira mutaba su perfil convirtiéndose en “pulpería”. La esquina de Lira fue un anticipado “24 – 7”. Por las noches era el “rincón de los hombres”, constituyéndose en el lugar de reunión de los caballeros de la época. La política, las cuadreras, las riñas de gallos, y con seguridad, las damas, llenaron seguramente las tertulias de ocasión. “Caña”, “grapa”, o un vino “carlón”, matizaban la velada nocturna que muchas veces, también, fue centro de payadas, duras dispuestas, duelos, entreveros políticos, “timbas, dados y la poesía cruel”.  In your face IA.

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