Experiencia MDZ

Cuando un hackeo deja al descubierto las miserias de un país en permanente crisis

El robo de datos y el hackeo a la cuenta personal de una red social puede transformarse en un atentado a la vida real. Pero además se ponen en juego múltiples situaciones que prueban la fragilidad del sistema, la impunidad, la crisis y la especulación. Un relato en primera persona.

Zulema Usach
Zulema Usach martes, 11 de abril de 2023 · 09:03 hs
Cuando un hackeo deja al descubierto las miserias de un país en permanente crisis
Los hackeos en las redes sociales se están utilizando por personas dispuestas a estafar a todos los contactos de la persona atacada. Foto: Imagen ilustrativa

Para contar todo lo que se vive cuando alguien roba los datos de una cuenta privada, cambia información para alterar el perfil y se entromete en una red social para estafar a otras personas, tal como lo fue en el caso que se relatará a continuación, es preciso tomar distancia del hecho para así abordarlo en todas sus facetas y dimensiones. Porque, claro está, en un mundo signado por la inmediatez que ofrecen los cambios tecnológicos, todo aquello que sucede en el plano virtual tiene sus consecuencias en términos reales y tangibles. Toca, justamente, las fibras de lo humano y llega a lo sensible. Trasciende la pantalla. Casi nadie queda exento. 

Es viernes 31 de marzo de 2023 y el reloj marca más allá de las diez de la mañana, mientras la mente se traslada al cementerio de Darwin para contar el dolor inmenso de las mamás de los soldados que fueron a luchar a Malvinas y que nunca más volvieron. Siempre en lo personal, este tramo de la historia argentina que aún sangra, me resulta doloroso y movilizante, al punto de tener que hacer por momentos, alguna que otra pausa al escribir para limpiarme los ojos. Es imposible no sentir antes de informar a través de las palabras.

De repente, una "explosión" desmesurada de mensajes hace sonar y vibrar el teléfono: "Me parece que te hackearon la cuenta de Instagram", ¿estás al tanto de lo que te pasó?", "¿estás vendiendo dólares?", "tengo alguien que puede comprar", "me llegó un mensaje tuyo al privado del Instagram, ¿sos vos?"... y así, en una escalada de hechos concatenados, el tiempo parece congelarse en el intento infructuoso de detener el ataque virtual. Aclaro que no soy yo quien envía esos mensajes, que por favor no se realice ninguna transacción ni que brinden datos de ninguna clase y que la cuenta sea reportada o bloqueada. Se trata pues, de un hackeo a mi perfil, nada menos, que para estafar a otras personas bajo la modalidad de la venta de dólares. 

Como un botón que se presiona para hallar una salida de emergencia ante un incendio, escribo el mensaje de alerta en otra red social -Facebook- para advertir a todos los contactos que esa persona que escribe a través de mi perfil con la intención macabra de hacer esa transacción "fantasma" a quienes acceden a comprar esos supuestos dólares, no soy yo. Pero lo cierto es que allí no están todas, ni tampoco las mismas personas que en la otra red de contactos, anémica de seguidores, likes y contenido compartido. 

Llamadas que intentan entrar sin poder ser atendidas al celular; el celular que se apaga. ¿La duda? si el ataque a la intimidad y el robo de datos para cometer ilícitos había llegado más allá. Hasta ahí, sin respuesta posible. La vista se nubla, las manos tiemblan. Hago un llamado desesperado desde el teléfono fijo; vuelvo a la compu, trato de encender el celular. Se reinicia. Segundos de suspenso y la pantalla se activa, los mensajes siguen ingresando. Los minutos y también las horas se van como agua entre los dedos. La mente no percibe ya el paso del tiempo; la energía se concentra en hallar el camino de regreso entre números, indicaciones y claves fallidas para recuperar la cuenta, darle de baja, denunciar y justamente, evitar que otras personas resulten perjudicadas gravemente como consecuencia de la operatoria de redes de hackeo o particulares que en Argentina se manejan de manera casi impune frente a la Justicia y a la Policía.

El salvavidas de la solidaridad

El mensaje de una amiga a la que en 2022 le sucedió algo muy similar, me tranquiliza. Me explica cómo que se debe hacer para que Instagram registre, reporte el hecho y a la vez permita recuperar esa cuenta. Intento lograrlo sin resultado alguno una y otra vez: para llegar a la instancia de la videoselfie  que el mismo sistema tiene como opción de manera de dejar prueba de que quien denuncia soy yo, Instagram envía un código al correo electrónico que figura al momento de generar la cuenta; al número de celular o al WhatsApp, según la opción elegida. Una vez con ese código disponible el sistema solicita ratificarlo. Hay que cargarlo nuevamente. Luego de cargado, el cartel que dice "error" vuelve a salir.

Para avanzar en los pasos y recuperar la cuenta es necesario cargar códigos. 

Los nervios se acentúan, las llamadas y mensajes siguen: "Menos mal que alcancé a ver tu mensaje en Facebook porque estaba yendo a hacer la transacción. Como nunca dudaría de vos, estaba entrando como los mejores. Por ganar 12 mil pesos casi caigo. Me pasa por bol...", me dice un ex compañero de trabajo. "Yo le dije a mi tía que no, que no eras vos porque ahí nomás me dí cuenta de que te habían hackeado, pero ella te los iba a comprar", me cuenta una amiga de años. El corazón se estruja, la impotencia crece y la desesperación para frenar el ilícito también.

Pido ayuda, me asesoro. Las respuestas por parte de la policía confluyen en una sola realidad, pese a las buenas intenciones de ayudar: "Lo que pasa es que esto no es considerado un delito en el país; lo único que te queda hacer es asegurar tus otras cuentas y darle de baja o recuperar la que tenés de Instagram y seguir avisando a todos tus contactos, lo que más puedas". Eso me informa una alta fuente el Ministerio de Justicia y Seguridad de Mendoza. ¿La denuncia? ¿Ante quién denuncio, si el riesgo de que esto llegue a mayores y alguien termine gravemente afectado sigue latente?

Entre dudas, confusión e intentos fallidos para avanzar en el "paso a paso" recomendado, las horas siguen pasando. Y entre medio, las urgencias de lo cotidiano que no pueden esperar, sobre todo cuando verse rehén de ese oscuro mundillo repercute en el ritmo familiar, en las personas más cercanas y amadas, que buscan colaborar. La red de avisos y apoyo que surge me da algo de paz. Como una marea de bien que interviene ante el peligro, los mensajes de mis contactos, informando a otros contactos y también en sus estados que ese perfil estaba hackeado fue algo así como un bálsamo y de hecho colaboró a bajar el riesgo. 

Los/as autores/as de esta violación a la vida privada a través de la red social habían, claramente, traspasado los límites de lo privado. Para pactar los posibles acuerdos y estafar a las personas, el recurso fue dar otro número de celular (en este caso con prefijo de Buenos Aires) y también buscaban robar a través de una cuenta de CBU a la cual las personas debían depositar su dinero para comprar esos supuestos dólares. En mi perfil, de por sí improvisto de fotos, videos, mensajes o estados subidos por mí, quitaron lo poco que había. En su reemplazo, hicieron circular una foto con dólares volando y con el monto que supuestamente se vendía. Las horas pasaron entre mi intento de dar de baja a la cuenta y denunciar. Alteraron mi correo electrónico y quitaron del perfil mi número real. De allí, la respuesta al "error" constante al intentar destrabar.

"Mi marido no llega a ese monto, pero te puede recomendar a alguien que sí", me llega un audio y el estómago ya es una piedra. "No, no, por favor, que nadie vaya a ningún lado. Yo no vendo nada, mi cuenta de Instagram está hackeada", digo con la voz desesperada a una conocida que había confiado en el mensaje que a mi nombre le llegó por privado. El tono elegido por los/las estafadores/as para hacerse pasar por mí era más bien amable. Pero la evidencia de la forma en que nos expresamos hacia otros quedó igualmente expuesta. La gran mayoría advirtió la situación con solo leer ese mensaje en su privado.

La compra y venta de dólares es una realidad repetida en épocas de crisis económica.

Pero la posibilidad de que la situación se agravara aún fue peor. Por la noche, un especialista en cibercrímenes me asesoró. Me explicó, por ejemplo, que sí es posible hacer una denuncia formal ante la Justicia, de manera de dejar sentado frente al Estado el ilícito y dar espacio a que se habilite una investigación. La primera instancia se realiza en forma virtual ante el Ministerio Público Fiscal. El paso a paso es sencillo y el sistema es bastante amigable. Dejo constancia de todo lo ocurrido, con detalles, datos, pruebas tangibles y contactos de testigos. Pero aún no logro dar de baja a la cuenta. Vuelvo a intentar. Ya es sábado por la mañana. La noche pasó entre pensamientos y reflexiones; entre nervios e impotencia. La sensación de desprotección ante estos hechos genera miedo y preocupación por lo que podría suceder no solo a uno mismo, sino a otras personas. Otro experto intenta colaborar para destrabar el hackeo; me ayuda, pone su tiempo a disposición. El resultado es siempre el mismo: "error".

Palabras que duelen, crisis que no se apaga

El robo de datos es mucho más que eso. Como un abanico de sucesos concatenados, las preguntas no dejan de brotar, pues una vez más, lo virtual se traspasa a lo real y trastoca de manera cruel el mundo cotidiano. La solidaridad y la consciencia de las personas cercanas es la única luz que se enciende como salida. Y alrededor, el hecho deja al descubierto la cara más dolorosa de un país que pareciera estar en permanente crisis, no solo económica, sino social y humana.

Dañar a otras personas para sacar un provecho, sin importar ninguna clase de consecuencia, ya parece ser la premisa casi "naturalizado" de quienes se valen del anonimato para violar la intimidad de otros y robar, no solo dinero, sino tiempo y energías. La integridad se ve atacada, el nombre expuesto ya no en el plano virtual, sino en términos reales. La vulnerabilidad frente al sistema, se hace evidente. La inseguridad no solo está puertas afuera del hogar, sino también en cada gestión que se realiza, El mundo de las redes sociales también hecha en cara la crueldad del afuera. Lo devuelve desde la pantalla.

Todo lo que sucede en el plano virtual repercute en nuestra vida diaria.

Argentina cuenta con una Ley que establece y tipifica los delitos de tipo informáticos (la N°26.388). La norma pregona diferentes tipos de sanciones para quienes los cometen. Sin embargo, en la práctica, la capacidad de acción queda restringida para frenar esos delitos: "Lo que pasa es que no es posible dar con ese número de teléfono, no se puede registrar. Y para denunciar el CBU que están difundiendo los/las estafadores/as, tendrás que ir vos al banco y ver de quién es esa cuenta", me explican al detallar las responsabilidades civiles que le caben a la persona que es víctima de esta clase de hackeos ¿Más exposición? ¿No es posible dar con los/las responsables de estas estafas en un mundo donde ya se habla de Inteligencia Artificial? Las preguntas no dejan de rondar. Y las respuestas aún son un misterio. 

Sí, es posible comprobar una realidad aún más compleja que se entremezcla en una síntesis de términos, que tienen tras de sí miles de historias. En general y por desgracia, no nos suenan extraños para quienes nacimos un poco antes de los '80: crisis, especulación, falta de respuestas e impunidad. Las mismas palabras que después de 41 años, así como en la época de la guerra y desde mucho antes hasta la actualidad, siguen opacando el día a día de millones. 

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