Elogio del elogio
Es bastante común creer que ante el bien, o lo que sea que percibamos como bueno, caben dos actitudes diametralmente opuestas: la envidia y la admiración, la negatividad y la positividad. Sin embargo, cabe también una tercera manera de pensar y de sentir: el agradecimiento, que es dar lo que podemos dar ante un don inmerecido del todo.
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Así, el agradecimiento no está motivado por la justicia de quien se muestra generoso en darlo con respecto a algo que le corresponde de suyo, con respecto a algo que merece y por lo tanto se le debe.
Por el contrario, agradecimiento es en el fondo una petición, y ése era el sentido que la expresión tuvo en el español dieciochesco, “gracias sean dadas a vuesa merced”, locución que solo puede realizar quien se sabe incapaz de prodigar esas gracias y que, por lo tanto, solo le cabe implorarlas para otro.
Ahora bien, dar gracias “de corazón”, como solemos decir, tiene un doble destinatario o, mejor dicho, un destinatario y un objeto: quien nos da y lo que nos ha sido dado en virtud de quien lo da, un quién que da tanto de sí mismo como de lo que ofrece pues dar de verdad es siempre dar de más.
En el fondo, todo agradecimiento lo es a un regalo, a una exageración, a un dispendio feliz de quien también agradece la oportunidad de dar. Así, agradecer se nos presenta como ese agradecimiento recíproco que demuestra la falsedad según la cual nadie da lo que no tiene, y pone de relieve la certeza luminosa de que nadie tiene en verdad lo que no da, y siendo un agradecimiento recíproco es, por lo tanto, el elogio de un elogio.
Como cantaba sabia y poéticamente Fito Páez, “dar es dar”, y de dar y recibir elogios con mucha más frecuencia tal vez podría nacer una vida más agradecida con todo lo que acontece y con quiénes lo hacemos acontecer.

