Aplaudan, se ha perdido un niño en la playa
De a poco el sonido de las palmas comienza a inundar el lugar. A lo lejos, y a medida que va llegando el ruido del aplauso, se puede divisar a un niño llorando. ¿Sus padres? Aún no se sabe nada de ellos.
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El bañero, lejos de ser Mitch Buchannon, muestra buena predisposición, se acerca al niño y lo levanta en sus hombros para que todo el mundo lo vea. El joven estudiante de educación física, que hizo el curso de guardavidas, se está ganando unos pesos en la temporada veraniega, y levanta un par de suspiros entre alguna de las asistentes a la playa.
El niño desde las alturas no deja de llorar. Entró en la etapa de desesperación porque no encuentra a sus padres entre la muchedumbre que cubrió de sombrillas y reposeras esta porción de la costa atlántica.
"Aplaudan más fuerte", grita un señor entrado en años que por la manera de gritar, y su camiseta de Nueva Chicago, seguramente carga varios partidos de fútbol en el paravalanchas del estadio del Torito de Mataderos.
La masa hace caso. Todos aplauden mientras del rostro del infante no sólo caen lágrimas, sino también mocos, producto del lavaje nasal que se hizo un rato antes mientras una ola lo revolcaba a la orilla de la playa.
Son las 16. De papá y mamá nada se sabe. El bañero sigue con el pibe en andas buscando ese alivio que no llega.
Mientras tanto, el vendedor de pirulines, el churrero, el pochoclero y un sin fin de vendedores ambulantes están sumergidos en una guerra sin cuartel para vender la mercancía.
La cosa está peluda: "Francisco, te dije que no voy a comprar nada en la playa", dice un padre preocupado en que el presupuesto dure el resto de las vacaciones. Todavía faltan varios días para que termine la primera quincena de febrero y con los precios de lo que se vende sobre la arena no hay bolsillo que aguante.
Hay un sol radiante. El niño, todavía en andas del guardavidas, sigue llorando. El resto de la gente aplaude cada vez más fuerte. Mamá y papá no aparecen.
Un poco más allá se libra otra batalla sin cuartel: los benditos parlantes portátiles se mezclan entre los aplausos unificando las músicas en un sonido insoportable. De Bizarrap pasamos a Los Palmeras y de ahí sin escalas al Chaqueño Palavecino.
Entre el volumen ensordecedor aparece una señora demasiado enojada: "Escuchame una cosita, no tengo porqué escuchar tu música", dice resongando. ¿La respuesta? Una irreverente subida de volumen. Sin dudas el peor invento de la humanidad para aquellos que buscan en la playa el descanso merecido después de un año durísimo.
El niño sigue perdido. Las palmas que lo rodean ya están rojas de tanto sonar. Y claro, nunca falta el distraído que pregunta "¿qué pasó?". Claro, recién se despierta de su siesta, esa que fue interrumpida por el ruiderio de la muchedumbre.
Son las 16.15. Ya pasaron 15 minutos desde que el niño fue encontrado deambulando entre las sombrillas. Papá y mamá no aparecen y con ello la desesperación del Mitch Buchannon de las pampas, quien se dirime entre seguir con el niño en andas o tocarle el silbato a los intrépidos que se animan a ir más allá de lo permitido dentro del mar.

A lo lejos aparece una mujer agitando los brazos. Está como a 100 metros del niño. Viene casi sin sangre. Corre, se tropieza, cae sobre la arena, se levanta y se sacude. Necesita llegar. En realidad, todos necesitan que llegue. Los aplausos empiezan a sonar más fuerte. La mujer casi llega, el bañero sale corriendo a su encuentro. El niño, que casi cae en la corrida, se lanza eyectado desde los hombros del muchacho a los brazos de su madre quién lo abraza y llora.
Pasó el susto. El niño ya está con mamá, quien una vez pasado el susto empieza a regañar a su hijo. "¿Dónde estabas?", dice. La respuesta fue categórica: "Mamá les dije que iba al agua, pero estaban con el celular y no me dieron bola".
Ambos vuelven a su lugar tomados de la mano, dándole paso a una nueva marea de aplausos porque otro niño se ha perdido.


