Los regalos navideños se acercan a los hogares de Mendoza, entre renos y barbas blancas
Papá Noel volaba con su trineo tirado por renos, rumbo a los cielos de Mendoza. Utilizaba como guía no a la Cruz del Sur, como es habitual en esta parte del planeta, sino a la punta nevada del Aconcagua: desde allí, un poco más a la izquierda, estaba la ciudad (o mejor dicho el conjunto de ciudades que conforman el gran Mendoza) que era la zona en la que pretendía empezar el recorrido provincial.
-Qué calor, en pleno verano y yo con este abrigo -se quejaba el anciano para sí mismo, mientras los renos pedaleaban en el aire y, por esas cosas de las navidades, avanzaban en ese proceso a gran velocidad rumbo a su destino.
-Menos mal que tengo firmado el “Convenio bilateral paterno-papanoeidal de cooperación regálica infantil” que me libera un poco el trabajo -pensó Papá Noel en voz alta -pero en definitiva, acá voy rumbo a las chimeneas, o a lo que sea que haya que me permita entrar en cada casa.
El reno de más atrás, el de la derecha, que era el que estaba más cercano al hombre, cada vez que lo escuchaba hablar a su dueño lo miraba, y puede que el anciano hasta haya creído que era entendido por su compañero de ruta: pero el animalito nada captaba, no le daba su humilde cerebrito como para llegar a traducir de humano a reno, y solo escuchaba, aunque daba la sensación, al hacer más fuerza para pedalear en el aire, que su cabeza subía y bajaba como diciendo que “si”. Pero no, solo avanzaba nomás, para intentar llegar a horario a su destino.
-Que cómo llego a todos los lugares a la medianoche me cuestionaron la otra vez, jo jo -seguía comentando el viajero como mirando al cielo, para luego contestarse a sí mismo -la redondez de la tierra me ayuda, solo tengo que atender un huso horario a la vez, pero igual se me haría imposible si no fuera por Einstein y su teoría de la relatividad… “el tiempo es relativo” dijo el hombre ese, y aunque él no creía en mí, igual me solucionó la cosa: no me pasan las horas gracias al kit einsteniano que me pusieron en el trineo, no entiendo para nada cómo funciona, pero que llego a la medianoche a todos lados, sí que llego, jo jo jo jo.
Ya había sorteado con su santa paciencia el affaire de la gaseosa: que si iba vestido de rojo y blanco por los colores de esa bebida, que si antes iba de verde…
-Pero a ver si me van a decir ahora de qué color me tengo que vestir, faltaba más, a esta edad me pongo la ropa que quiero, y como tengo todos los trajes iguales, se ensucia uno y me pongo otro, y si no me lo cambio, tampoco nadie se puede dar cuenta porque son idénticos - comentó el hombre como hablándole al reno, que lo miraba de reojo y movía la cabeza para arriba y para abajo mientras pedaleaba y pedaleaba en el aire.
Allá a lo lejos, el gran Mendoza se recortaba en el horizonte sin fuegos artificiales, por obra y gracia de la normativa vigente y de la malaria económica. Pero cuando el anciano intentó empezar a descender, el trineo comenzó a zarandearse para los costados, como si tuviera una rueda pinchada; pero claro, ni tiene ruedas ni superficie en donde apoyarlas, así es que no era eso, pero parecía como si así fuera.
-Me cacho, me parece que al aterrizar me va a agarrar el zonda en altura… y en esta época del año, pero qué le pasa a este viento -reclamó el hombre al mismísimo cielo, sin obtener ni la más mínima respuesta de las autoridades del más allá.
Ya el segundo reno de adelante para atrás (del lado izquierdo) empezó a ir más despacio y a boquear, mientras la tos seca que el animal profería le recordó a Papá Noel que ese era el bichito alérgico del grupo:
-¡El paf, no te di el paf! -se reclamaba a sí mismo el hombre, que acababa de recordar el estado de salud de su animal de tiro, mientras el reno tosía y tosía, y movía la cabeza de arriba hacia abajo, como diciendo que sí -bueno, con paf o sin paf, allá vamos.
Papá Noel pisó el embrague, metió el rebaje, y el trineo empezó como a corcovear mientras el viento seguía sacudiéndolo. El tener un descapotable lleno de regalos, con esas cargas que todo indicaba que no se habían acomodado en el camino, no lo estaba ayudando a mantener el control de la nave. Aun así, tiró los controles hacia adelante (las riendas, bah) y el trineo se mandó casi en picada sobre el primer barrio, mientras se sacudía, y el hombre profería su grito de guerra:
-¡Jo jo jo jooo!¡Feliiii navidaaaa!
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido .
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