Educación para adultos: nunca es tarde para empezar
La educación es la puerta de acceso a las oportunidades y garantía de la movilidad social ascendente. Se trata de un derecho humano fundamental y universal que debe ser protegido y garantizado por el Estado, y cada habitante de nuestro país -cualquiera sea su condición- tiene derecho a educarse. Cuando hablamos de educación formal inmediatamente nuestros pensamientos se remiten a los niños, niñas y adolescentes, es decir, a los ciudadanos del mañana.
Sin embargo, es necesario resetear nuestro cerebro y pensar en aquellos adultos, quienes por razones sociales, económicas o culturales no han podido escolarizarse a temprana edad. Ellos también merecen la oportunidad de instruirse y formarse para descubrir y desarrollar las capacidades que les permitirán salir de la pobreza, vencer las desigualdades y saberse dignos
de su autovalía y autonomía. La educación rompe barreras y estigmas, nos iguala ante las diferencias y nos hace únicos frente a las similitudes.
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No puede ignorarse los vaivenes de nuestro sistema educativo. Son muchas las generaciones que desconocen la riqueza de la educación y su impacto en el desarrollo personal, la convivencia familiar y social, las relaciones interpersonales y la incorporación laboral. Inclusión e integración. Dos palabras que ocupan titulares y protagonizan discursos, y por las cuales, unos y otros, dirimen luchas incansables en oposición a su verdadera semántica. Paradojas de la vida de hoy. No obstante, ambas son abrazadas por la educación.
Nunca es tarde para empezar
La educación de y para adultos, más allá de brindar el aprendizaje de habilidades lecto-escritoras que favorecerán la adquisición de nuevos conocimientos, implica el renacimiento a la libertad. Esa libertad que comprende diferentes vertientes: constitutiva, de elección, social y moral o personal. Nos llama a ser libres para dejar entrar a nuestra intimidad a quien uno permita hacerlo (constitutiva); a ser capaces de elegir una cosa u otra (de elección); a presentarnos como quién somos ante los demás (social) y a
pensar y decidir qué hacer con nuestra propia vida (moral o personal).
Mientras la familia es la primera responsable en la formación de la persona, el Estado es el garante del derecho a la educación y a nuestra instrucción, acompañando en forma subsidiaria a la familia en el proceso educativo y de socialización. Desde hace 50 años se celebra el Día de la Educación para Adultos, donde se conjuga el saber y el conocimiento, la autonomía y la libertad, el acceso a las oportunidades y la movilidad social.
Cada persona no está determinada, sino condicionada por sus circunstancias. Cada persona merece reparar su historia sin importar su horizonte temporal. A cada persona le cabe poder demostrar y demostrarse lo que es capaz de lograr, poder desplegar sus potencialidades, crecer en humanidad y ser su mejor versión para transformar este mundo complejo teñido de adversidades en otro más humanizado. Donde la palabra y el diálogo sean los fundantes de la cultura de la paz.
En palabras del filósofo Viktor Frankl, “al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino– para decidir su propio camino”.
* Susana Stock, docente del Instituto de Ciencias para la Familia. Magister en Políticas Públicas, de la Universidad Austral.