Luján: la peregrinación es signo también de la vida
La peregrinación es signo también de la vida. Ponernos en camino supone desear llegar a un destino que en este caso es la Basílica de Luján, santuario que alberga a lo largo de muchos años, alegrías y esperanzas de nuestro pueblo, súplicas y acciones
de gracias. Pero la peregrinación nos hace entender que la vida es una peregrinación. Y vamos caminando hacia no un santuario sino al mismo cielo. Desde la fe nos sabemos- siempre- que aquí somos verdaderamente peregrinos, descubrimos con la vida que aquí no es “nuestro lugar definitivo”.
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En la peregrinación como en la vida encontramos mojones, (hermanos) que nos sostienen y alientan, animan y consuelan. Compartimos camino con personas diversas en edad, historia y origen, como también con motivaciones distintas, pero nos une
María y le pedimos que nos de fuerzas. Aunque nos sabemos heridos y agobiados, aunque nos sabemos perdidos muchas veces, sin rumbo y casi sin esperanza, emprendemos el camino y caminamos juntos.
Nos sentimos acompañados
Otros hermanos están al servicio, mientras peregrinamos, nos encontramos que- en el camino- hay equipos que nos animan, nos
ayudan, nos dan algo caliente para beber, son ayudas que alientan a seguir, impiden que caigamos en la tentación de desistir; nos ayudan a vencer esas y otras adversidades. Si sufrimos algún percance en el orden de la salud, nos curan para que sigamos, la heridas nos las curan: ¡Cuántos hermanos que ofrecen su tiempo, dones y talentos para hacer de nuestro caminar y peregrinar, lo mejor posible!.
Peregrinar es una expresión de nuestra vida, ya que vamos cantando, vamos celebrando, vamos callados, vamos meditando, vamos con el corazón cargado de intenciones y acciones de gracias. Así, como en la vida, tenemos parte del camino, con más gozo y fuerzas y, otras, con más silencios y cansancios. Como en la vida, es más llevadero el camino compartido, con la oración común, con la cercanía que anima y restaura. Vemos en el camino, como en la vida, hermanos heridos y a veces un poco perdidos, pero sedientos de algo más que aquí no puede saciar. Llegar a Luján, la casa de todos, la Casa de María, nos hace valorar que valio la pena peregrinar, caminar, compartir, invertir el tiempo para esto, vencer toda adversidad, ayudar y dejarme ayudar para llegar. Es un hermosa expresión del cielo, una alegría similar experimentaremos en él y descubriremos también, que fue muy bueno sabernos hijos y hermanos de un mismo Dios y de una Madre que nos cuidó y alentó a hacer “todo lo que Jesús enseñó”.
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La peregrinación signo, sin duda, de nuestra vida, y así debemos vivirla.
Llegaremos juntos, como hijos y como hermanos al santuario, la casa de la Madre, esto es la casa de todos. Es allí donde sus paredes guardan el secreto de tantas acciones de gracias, súplicas, pedidos, alegrías y tristezas, desencantos y frustraciones. Es allí donde no pocas veces deseamos volver a empezar y a mirarnos como hermanos y ser más solidarios comprometiéndonos con la Patria pidiendo que nos sane las heridas de tantos desencuentros.
Madre de Luján, Madre de todos los argentinos, que nos encontremos como hijos y nos reconozcamos como hermanos, para favorecer el diálogo, la paz social y la unidad.
* Monseñor Santiago Olivera, es Obispo Castrense.
