La muralla que guarda los recuerdos intactos de la infancia
El tema ya había comenzado a ser un éxito desde hacía tiempo. En todas las radios resonaban aquellas frases que hablaban de una muralla que ilustraba un antes y un después en la vida, que se elevaba de manera definitiva para dejarnos trepar por la cornisa y mirar con ojos inocentes al futuro. Eran los '80 y mis hermanas más grandes -las dos mayores de los nueve- ya conocían a la perfección todas las letras de Los enanitos Verdes; esa banda mendocina a la que todos querían imitar, había crecido en popularidad casi al mismo ritmo en que mis hermanas, hermanos y yo, aprendíamos de la vida; nos forjábamos al calor del hogar que ellos, nuestros padres, habían soñado desde los 23.
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Eran tiempos de siestas enteras jugando en el patio bajo la sombra de los álamos; de corridas y carreras de patín en la vereda. Eran años de sentarnos alrededor de la larga mesa; de olores a grandes ollas humeantes; de mediatardes con sopaipillas y de armar carritos con cualquier material que se cruzara. Fueron los años de la payana y de domingos al mediodía con asado y folclore.
Fue la época previa a su partida. Antes de que la muralla comenzara a separar ese antes y ese después en la vida de los diez. Eran tiempos felices y para ese entonces la séptima de mis hermanas, Erika, ya sabía de memoria la letra de la canción. Apenas había aprendido a hablar. "Toy palalo sobre la muralla que divide...", entonaba al son de la melodía cada vez que el tema -una vez más- se escuchaba en la radio.
Miro por una frágil ventana a aquél pasado y las imágenes se vuelven nítidas. Veo a los niños que daban vida a la casa; escucho las risas y también observo las caras de picardía al salir corriendo a jugar a las escondidas. Hay aroma a flor del paraíso y de brotes de jazmín saliendo de canteros. Hay vida rebozando por cada rincón. "Todo lo que amé de lo que amaré", sigue el tema que ella, cinco años menor que yo, había incorporado casi como un vaticinio de lo que luego sucedió.
La vida elevó de repente una muralla que solo con amor y mucho valor pudimos trepar para observar el camino en perspectiva y madurar. El salto al vacío, claro, no fue para nada sencillo. La partida de nuestro padre con solo 41 años marcó el rumbo de todo lo que había más allá de esa muralla. Lo que vino después fue un transitar sinuoso, desafiante y lleno de aprendizajes."Estoy mirando cómo esas viejas ilusiones, pasando la muralla se hacen realidad", sigue el tema. Las palabras ahora sobran. El ancla al pasado feliz está en cada una de las estrofas, que los enanitos casi de forma sabia, supieron dejar grabadas en el alma de miles. Los buenos recuerdos atados a ese "antes" son el bálsamo que seguirá cicatrizando heridas. Gracias, Marciano.

