Coronel Olascoaga: el genio olvidado que es mucho más que una calle para Mendoza
“Nos juntamos en el Club Anzorena; ahí sobre Olascoaga”. Expresión cotidiana; en el fondo la Asociación Deportiva Anzorena es uno de los grandes del deporte mendocino desde 1938 y una referencia insoslayable. Pero hoy no nos referiremos a la historia de A.D.A., ni a su mística copera ni a los tradicionales bailes en “la catedral del basquetbol de Mendoza”. Hoy abordaremos el nombre de la calle. “¿Che, y quién era Olascoaga?”, podría seguir la conversa.
Manuel José Olascoaga (1835 – 1911). Mendocino. Ingeniero, héroe tras el terremoto de 1861, precursor del periodismo satírico y burlesco, topógrafo que abrió la puerta al todavía vigente Instituto Geográfico Militar Argentino, actor famoso por sus “stand up” (diríamos hoy) como maestro de ceremonia, primer gobernador de Neuquén, historiador, empírico sociólogo, primer andinista deportivo argentino, imprentero, exiliado por cuestiones políticas, profesor de inglés, fundador de pueblos, “defensor de pobres y ausentes”, pintor de cuadros, prolifero escritor reconocido internacionalmente, convencional del radicalismo desde su fundación en 1891. Y mucho más; entre otras cosas, coronel de la nación, aunque debió llegar a General. Ese fue el reconocido y genial Olascoaga. Pero eso de reconocido y genial parece haber sido tiempo pasado. Hoy Olascoaga resulta ser (injustamente) solo una calle.
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Cuando se derrumbó Mendoza
Y como para que la injusta desmemoria o el desconocimiento nos llegue hasta dar vergüenza, arrancaremos con algo que pintará a Olascoaga de cuerpo entero. Mendoza había quedado devastada tras el terremoto de 1861. En minutos la ciudad fue una montaña de escombros. El desconcierto invadió todos los ámbitos. Al arrasador sismo se le sumaron semanas de continuos incendios, epidemias, heridos, niños huérfanos, hambre, vandalismo y saqueos. Bajo los muros derrumbados de Mendoza se encontraron 4.247 muertos y miles de lesionados. Olascoaga había perdido a sus padres y a su hermana Teresa y debió hacerse cargo de sus hermanitos sobrevivientes. Sin embargo, paralelamente se abocó de lleno al rescate de los vecinos y al control de la seguridad.
Junto al coronel Juan de Dios Videla fueron los conductores de la organización inmediata presidiendo la comisión auxiliadora. El gobernador Nazar estaba desbastado, paralizado ante la muerte de tres hijos, consternado además por el fallecimiento de la mitad de su gabinete. Fue entonces cuando se erigió la figura de Olascoaga convirtiéndose en el jefe de las milicias voluntarias que devolvieron cierta orientación a la situación catastrófica.
Editado por la Junta de Estudios Históricos de Mendoza se encuentran las obras escritas de Manuel Olascoaga. En esa recopilación están dos de sus 24 libros: “Topografía Andina” (1892) y “Aguas Perdidas” (1903) con prologó de Fernando Morales Guiñazú. “Su figura revistió carácter épico por la energía y serenidad que puso al servicio del orden y auxilio de las víctimas, contribuyendo a la organización de los indispensables servicios, entre ellos las comisiones para ayudar y socorrer a los heridos y para reprimir las bandas de forajidos que saqueaban ruinas como también a los muertos y heridos. Organizó también el servicio de correos, pues todos los empleados habían muerto o desaparecido, y al pie de un árbol instaló un baúl que fue el depósito de la estafeta”. (F. Morales Guiñazú. 1934). Y así fue, Olascoaga salvó decenas de vidas recatándolas entre los adobes y las vigas; su oficina de trabajo fue la sombra de un aguaribay; fue nombrado jefe de correos por el gobierno nacional en mérito a su acción, pero no aceptó el cargo ni el sueldo. Enterró a sus padres y hermana en una tumba que el mismo cavó.
Tras el terremoto, pasó por Córdoba donde fue nombrado Jefe del Batallón de Urbanos y a las semanas estaba peleando en Santa Fe junto a Mitre en la trascendente batalla de Pavón. Fue un 17 de setiembre de 1861. Habían pasado solo 181 días de aquella terrible noche mendocina del 20 de marzo.
Antes que “Caras y Caretas” y “El Mosquito”
Avatares políticos lo llevaron a Chile en 1864. Se había negado a reprimir a los soldados sublevados de Irrazábal quien había matado a Peñaloza. Aquellos milicos no querían al asesino del “Chacho”. Olascoaga entonces actuó con contemplación por lo que fue tildado de cómplice debiendo exiliarse tras la cordillera. Pero enterado en Chile que en Mendoza había estallado una revolución (la “de los colorados”) conducida por sus camaradas de siempre: Juan de Dios Videla y Juan Carlos Rodríguez regresó a la provincia. Conocedor como buen baqueano y topógrafo de los pasos cordilleranos fue y vino constantemente a Chile en busca de pertrechos de guerra y víveres. Estando en Chile recibió la noticia del fracaso de la revolución “colorada” (1866) decidiendo quedarse en Santiago.
Para matar el hambre creó en base a su ingenio e información política un diario: “La Linterna del Diablo”, cuya característica fue las socarronas ironías con que abordaba la coyuntura política acompañado de caricaturescas imágenes que él mismo dibujaba. La original idea fue un éxito que se expandió por Sudamérica. Y si bien ya había dirigido diarios (“La Constitución” en Mendoza y “El Comercio” en Rosario) el innovador estilo marcó un nuevo tiempo en el periodismo político. Se anticipó en treinta años a la reconocida “Caras y Caretas” y fue contemporáneo del dominical “El Mosquito”, con la diferencia que en “La Linterna” él hacía todo y diariamente: escribía, editaba, dibujaba, confeccionaba tapas, lo acompañaba con poemas de su autoría y abordaba temas internacionales. Como si fuera poco compró al tiempito una imprenta. Se llenó de plata. Pero su vida estaba en Argentina.
“The Golden Teacher”, precursor del stand up
En base a su amplia formación intelectual era requerido por todos. En sus tiempos juveniles había ejercido como profesor de inglés en el Colegio Santísima Trinidad (1817), aquella escuela fundada en tiempos de la gobernación del libertador San Martín. Aunque no era el único idioma que sabía eligió la docencia en el colegio mendocino que ya a mediados del siglo XIX ofrecía un servicio de educación bilingüe. Pero sus dotes docentes se manifestaron en varias aristas académicas: literatura, plástica, historia y geografía. En Chile por ejemplo confeccionó el mapa físico de ese país (aprobado por Diego Barros Arana) que utilizaron los manuales y escuelas chilenas durante fin del siglo XIX. En nuestro país también organizó la Oficina Topográfica obteniendo galardones nacionales y siendo reconocido por su trabajo geográfico sobre La Pampa y Río Negro en el Congreso Internacional de Geografía de Venecia (1881) con el máximo premio. En realidad, no había congreso o concurso en donde participase Olascoaga y no ganará la medalla de oro.
Era brillante. El mejor en tiro y jineteando, campeón de esgrima, tocaba la guitarra, cantaba y era un actor consumado interpretando los clásicos griegos. Ya dijimos que escribió una pila de libros científicos y de interés general. Fue famoso por su pintura: “El parlamento”. Pero si algo lo hacía especialmente un seductor era cuando hacía de “MC” (Master of ceremony o maestro de ceremonia) en las fiestas, tertulias o galas. Los yanquis renovaron en el siglo XIX la vieja usanza medieval de captar la atención a través de un monólogo. Olascoaga tomó esa costumbre y lo hacía como nadie. La estampa llamativa, su cultura general, el manejo del inglés o francés (había estudiado en Buenos Aires con “le professeur” Larroque) y su cautivante vida personal mostraban en sus presentaciones a un ser sumamente carismático. De prodigiosa memoria y brillante en matemática, ya sea en el más distinguido banquete o en el más humilde fogón de la pampa, siempre “el coronel” ejerció un admirable magnetismo.
La resiliencia y el fundador
Se sobrepuso a todo. Hijo de un vasco y una cordobesa. Casado con Delfina Urtubey tuvo cinco hijos. Nombraré solamente a Laurentino porque escribió una biografía de su padre que brillantemente rescató y ponderó Dardo Pérez Guilhou permitiéndome conocer otras facetas de Olascoaga.
A los 20 años era “el defensor oficial de los pobres y ausentes”. Pero no ganaba para problemas en Mendoza y se tuvo que fugar a San Luis antes que lo matarán.
Durante tiempos venideros su vida cruzó la historia argentina plagada de intestinas luchas internas. Urquiza, Derqui, Mitre, Gelly y Obes, Paunero, Alsina, Avellaneda, Roca, Sáenz Peña; todos lo tuvieron cerca y lo reconocieron con honores. Participó activamente en la campaña al desierto con la IV División. Roca lo nombró presidente de la Comisión Científica de Exploración y de la Oficina Topográfica Militar (antecedente del actual Instituto Geográfico Militar) y fue Presidente de la Comisión de Límites en tiempos de conflictos con los países vecinos. Se lo considera el primer andinista deportivo tras ascender el volcán Domuyo en febrero de 1882, la máxima altura patagónica (4.660 m.). Fue en 1885 el primer gobernador del Territorio Nacional de Neuquén y el fundador de la capital neuquina y de Chos Malal tras una fuerte disputa con los mapuches. Además, hizo el diseño de carreteras y de una red de canales que permitieron el futuro desarrollo de polos agrícolas productivos. “Muy practicable canal que riegue gran extensión entre dos ríos que V.E. conoce (Colorado y Negro) y que caiga por Chelforó o Cimpay para regar todo el valle de Río Negro abajo. Me ocupo de levantar plano”. Le expresó telegráficamente a Roca. (22 / 1 / 1884).
La historia, el radicalismo y un “General” que no fue.
La novela histórica fue otra de sus pasiones. “El sargento Claro” contará aventuras de un soldado argentino en Chile donde vaticinó los conflictos de límite entre ambas naciones. “El brujo de las cordilleras” (1895) relatará los problemas fronterizos y las incursiones araucanas sobre territorio argentino, “Juan Cuello: historia de un argentino” (1872), mostró la marginalidad del gaucho fuera del sistema civilizado y “El club de las damas” (1894), traducido al alemán, donde interactúan una nodriza india, una mujer custodiada por leones y un héroe envuelto en una capa negra ayudado por un mudo, empujado a la revolución por un grupo de señoras hastiadas de la corrupción reinante. Una especie de “El Zorro” mendocino, según Emma Cunietti.
Con tantos pergaminos y logros indudablemente debió ser nombrado “General”. Algo pasó para que no fuera ascendido al último peldaño de la carrera militar. Seguramente un hecho anecdótico será que su hermana Carmen se casó con Bernardo de Irigoyen (aquel candidato a vicepresidente en tiempos de la Unión Cívica previó al inminente surgimiento del radicalismo tras el solapado acuerdo de Roca y Mitre). Esto pudo haber influido; pero una circunstancia que rebalsará el vaso fue haber sido uno de los primeros “convencionales” por Mendoza de la reciente nacida Unión Cívica Radical (1891) junto a Pedro Ortiz, José Néstor Lencinas, Javier Molina, Lisandro Moyano y Agustín Vázquez, lo que llevará a enfrentarse políticamente con todos aquellos camaradas que ya hemos mencionado (Roca, Mitre, Avellaneda, etc.) y luchar por nuevas ideas que pensaban un país más federal y con otro sistema electoral: universal, obligatorio y secreto. “El generalato” no le perdonó nunca haberse inclinado por Alem y Del Valle.
Las calles de Mendoza, un homenaje a medias
Olascoaga, “el de la calle Olascoaga”. Suena muy ingrato. Olascoaga fue uno de los más virtuosos hombre de toda la “Generación del 80” en el país y uno de los mayores referentes históricos de Mendoza. Su incorporación a la UCR lo alejó del establishment provincial de aquel momento y le cerró varias puertas. Lo exoneraron. Terminó siendo elegido por los vecinos de Las Heras como concejal ad honorem en 1910. Al año siguiente morirá en su casita sobre calle Beltrán de El Plumerillo, en la misma zona donde San Martín preparó el ejército libertador. A tal punto se extenderá la injusticia que muy pocos hicieron algo cuando la Provincia de Neuquén desde 1980 empezó los trámites para repatriar sus restos tras 71 años de fallecido. Pocos levantaron su voz gritando que Olascoaga fue un ilustre mendocino.
Se encuentra enterrado lejos, sobre todo, de nuestra memoria. Un puñado lo recuerda, aunque tristemente para muchos sigue siendo solo una calle.