Conoció al papa Francisco gracias a San Cayetano y fue su mano derecha durante años

Conoció al papa Francisco gracias a San Cayetano y fue su mano derecha durante años

A días de la fiesta de San Cayetano, Federico Wals -amigo de Jorge Bergoglio, de quien fuera mano derecha cuando él vivía en Buenos Aires- recuerda cómo el papa Francisco lo llevó a conocer al santo que obró un milagro clave en su vida.

Federico Wals

Al poco tiempo de haberlo conocido, allá por el 2007, aprendí de San Cayetano dos cosas: en primer lugar -y contrariamente a lo que imaginaba- que su fiesta es sinónimo de dar gracias; es la necesidad de ser agradecidos por lo recibido. En segundo lugar, después de mucho mirar las largas filas de quienes aguardan ingresar a su santuario, uno nota que quienes agradecen mayoritariamente lo hacen no por una gracia que hayan recibido sino que van por otros: por algún amigo, vecino, familiar o compañero al cual San Cayetano le cumplió.

Así de sencilla y profunda es la religiosidad popular, la fe de ese pueblo de Dios que se entrega a la providencia. Milagroso. Sorprendente. Cumplidor. Desconcertante. Así son sus caminos o por lo menos así los viví a lo largo de estos años. Nos cruzamos por primera vez en un caluroso febrero de 2007 a bordo de un tren en el conurbano bonaerense.

Mi esposa a semanas de dar a luz y yo a su lado, parado, pensado en qué más hacer para conseguir un trabajo estable; ese que cada vez que parecía que se iba a dar, quedaba en “iba”... Ninguna puerta se abría del todo. Hasta ese momento. Mientras mis pensamientos y ansiedades se mezclaban durante el viaje, no me percaté de que un nene tironeaba mi remera para darme algo.

En esos segundos me hizo volver a la realidad y mi esposa le preguntó qué me quería dar. “Esto”, le respondió mientras de la pila de tarjetas sacaba una con la figura de quien hasta entonces era un ilustre desconocido para mí: San Cayetano.

“Vamos a rezarle una novena para que consigas trabajo” me dijo mi esposa. Con escepticismo e incredulidad, acepté.

El 28 de febrero a la medianoche me llamó un amigo sacerdote para ofrecerme trabajo. Comenzaba al día siguiente en la Iglesia de Buenos Aires.

Cuando el 7 de agosto de ese año le pedí al cardenal Bergoglio acompañarlo al Santuario de San Cayetano en el barrio de Liniers, con cierta curiosidad quiso saber por qué. Y le conté la misma historia que acabo de compartir. “Viste, hay que confiar más en Dios” me dijo con ese tono confidente y esa mirada paternal que siempre me acompañó.

Por eso cada 7 de agosto no puedo dejar de dar gracias a este santo patrono por todo lo recibido y por su acompañamiento. Siempre presente. Desde que nos conocimos, nunca dejó de hacerme sentir que él está a mi lado.

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