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Harlem Globetrotters en la Argentina: ¿era esto?

El equipo de básquetbol se presentó en el mítico Luna Park de Buenos Aires. El show me dejó una desazón explicada en esta nota.
Uno de los integrantes del equipo intentando encestar desde la mitad de la cancha.
Uno de los integrantes del equipo intentando encestar desde la mitad de la cancha.

En 2026 se cumplirán 100 años de la fundación de los Harlem Globetrotters, ese equipo de básquetbol que es una leyenda. En sus largos años de vida han sabido mezclar show, diversión y malabarismos más propios de un artista de Cirque du Soleil que de un basquetbolista profesional. 

Este sábado 20 de agosto se presentaron en el Luna Park en lo que significó su regreso a la Argentina. ¿La receta? La misma de toda su historia: "básquet-show", diversión, chistes, interacción con el público, tiros asombrosos y un partido de básquet con un equipo sparring dispuesto a perder y a ceder el protagonismo a los Harlem Globetrotters. Desde una perspectiva personal, no me puedo quejar de lo que fue un show para la familia. La cara de ilusión de pequeños y adultos, las risas, las palmas del público y la celebración de algunas jugadas dan crédito de que el objetivo estaba cumplido. Sin embargo, me fui con una gran desazón que no podía explicar. En lo que quedó del día traté de reflexionar el origen de esa desazón. 

Cerca de la noche lo pude descubrir. El malabarismo "histórico" había sido opacado por la era de la globalización y la realidad virtual, la tendencia inmersiva y el microdetalle televisivo. Para mi generación, nacida en los años 70, los Harlem Globetrotters eran algo así como los Houdini del básquet, los freestylers del fútbol pero con una pelota gigante y pesada, unos malabaristas que hacían lo que querían. Y ahí estaba yo. Sentado en el Luna Park. Año 2022. Esperando ver por primera vez en vivo y directo a esos extraterrestres dispuestos a maravillarme adentro de una cancha de básquet. 

En mi cerebro había demasiadas imágenes de la generación dorada del básquet argentino, la NBA, algún que otro mundial de básquet y más NBA. Tengo un fiel recuerdo de la palomita de Ginóbili contra Serbia en Atenas 2004: ni en 1.000 intentos un Globetrotter podría encestar eso. También aquella vez que Michael Jordan -ya jugando para los Washington Wizards- logró encestar en una jugada de menos de 2 segundos antes de que concluya el partido. Algo quizás imposible para un show-man de los Harlem Globetrotters.

A esas imágenes se sumaron años de televisión, de primerísimos primeros planos en el mundo del deporte, de experiencias visuales que -sin exagerar- hacían y hacen que me sienta dentro del mismísimo campo de juego o del escenario donde los artistas deleitan a su audiencia. Como si fuera poco, también en mi cerebro estaban archivadas muchísimas horas de YouTube de futbolistas, tenistas, basquetbolistas, rugbiers, y todo tipo de atletas haciendo lo que parece imposible para cualquier ser humano. Está claro que son videos de YouTube donde las jugadas, las gambetas, los tiros y todo lo que se propone ese deportista es exitoso.

Los Harlem Globertrotters suelen deleitar al público con su basquet show.

Sentado en una platea con una vista privilegiada, me di cuenta que mis expectativas eran demasiadas. Después de ver disfrutar tanto a mis hijos del show, me dejó muy tranquilo descubrir el motivo de mi desazón. Porque siendo pragmáticos, no tengo nada que decir sobre este show de los Globetrotters. Pero también es evidente que hubo algo que no me terminó de convencer. Será que me esperaba ese microdetalle al cual me acostumbró la tecnología, o que quería ver las jugadas en alta definición, o que nunca creía que iban a errar tiros. Ni siquiera la prensa me dejó un consuelo: no encontré ningún medio del país que haya hecho una reseña de lo que fue este show. Y si la hay, al menos me costó encontrarla en el buscador de Google. 

Aún así, este es un show único en el mundo ejecutado por deportistas que son casi artistas. Aunque me haya ido con un sabor amargo, la pelota (de básquet) no se mancha. Porque el show cumplió. Las familias presentes disfrutaron. La gente salió con una sonrisa en un momento donde el país tiene pocos motivos para sonreír. La cancha se llenó de fanáticos para pedir autógrafos. Y, al final de cuentas, para mi fue un sueño cumplido: no me deslumbró la capacidad técnica y acrobática, pero encontrar los motivos que lo impidieron me confirma que lo que vi en la cancha solo lo puede hacer la gente extremadamente dotada, que logran que los admiremos como niños aún si pasamos las 4 décadas de vida.

La "mascota" no podía faltar.