La contradictoria política del Gobierno nacional en materia turística
Puede ser por desorganización, por exceso de ideología o por impericia. Cualquier motivo – o los tres – sirve para explicar la polémica y contradictoria política del Gobierno nacional en materia turística.
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La semana pasada, después de una larga negociación, se oficializó la puesta en marcha del programa PreViaje 3 para el sector. Lo hace mientras desde el propio gobierno se habla de un “boom” que se produjo sin ningún incentivo estatal. Sólo por una demanda real.
El PreViaje es una política de subsidios para los viajes y servicios por todo el país. Las dos etapas anteriores fueron muy exitosas ya que hizo que miles de personas se adhirieran a este plan para aprovechar el incentivo económico.
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El premio era grande: se devolvía el 50% del gasto en turismo (Pasajes, hotelería o servicios) en una tarjeta que le permitía a los usuarios consumir en una serie de negocios vinculados al ocio y esparcimiento.
Lo más común era en gastronomía. Por ejemplo, con el reembolso del 50% (70% para los jubilados) del gasto de la estadía hotelera, se podían pagar parte o todas las comidas de los días que durara el viaje. También se podía comprar indumentaria o consumir en cualquier comercio adherido.
En esos momentos, se podía entender su utilidad. La primera etapa fue implementada hacia finales del 2020 y tenía como sentido alentar la actividad turística después de varios meses de cuarentena que dejó a las empresas del sector al borde de la quiebra. Hubo una segunda fase, meses después, que ya no tenía la misma justificación debido a que la apertura de la economía y la eliminación de muchas restricciones sanitarias hacían que el sector trabajara casi con normalidad.
Lo que provocó la extensión del programa fue un alto nivel de ocupación hotelera en todos los segmentos, especialmente en los de mayor nivel. Con el descuento, sectores de la clase media y media alta aprovecharon para pagar menos por hoteles de 4 o 5 estrellas. Es decir, se subsidió a una parte de la sociedad que con o sin incentivo iba a viajar y consumir igual.
Hay que recordar que, en esos momentos, los viajes al exterior estaban limitados por la poca oferta de vuelos y al encarecimiento del costo por un dólar que se disparaba. También se habían eliminado las cuotas en los pagos con tarjeta de crédito. Otra forma de frenar el turismo al exterior.
Esto provocó que muchos argentinos optaran por viajar dentro del país con el subsidio estatal.
De ahí, gran parte del éxito de esas dos etapas del PreViaje. La consecuencia de la fuerte demanda fue una suba de precios en los servicios turísticos por arriba del promedio de la inflación. En varios meses, el rubro turismo estuvo entre los que más subieron, según la información del INDEC, junto al de indumentaria. Otro sector protegido en exceso. No es casualidad.
Está claro que con las restricciones para viajar al exterior, la segunda etapa del PreViaje fue innecesaria ya que la demanda hubiese sido alta de todas formas, seguramente con precios más bajos. El programa hizo que, por ejemplo, las tarifas hoteleras se “inflaran” debido a que el cliente iba a obtener una rebaja del 50% por el programa oficial. De hecho, en muchos casos, convivían dos tarifas: la del PreViaje y la que pagaban quienes no estaban adheridos al programa que se beneficiaban con descuentos especiales.
Lo curioso de esta tercera edición del plan de subsidios es que se lanza en el mismo momento en que el Gobierno nacional destaca el récord turístico que se produjo durante las vacaciones de invierno y este último fin de semana largo.
Comunicados oficiales o spots de propaganda hablan de la recuperación del sector. Incluso, según algunas informaciones, la actividad durante el receso invernal estuvo por arriba del 2019, antes de la pandemia.
La entidad empresaria CAME – una cámara que giró hacia el oficialismo – informó que los turistas gastaron, durante el fin de semana pasado, cerca de $20.000 millones y que se movilizaron por el país más de 2,4 millones de personas. Resalta que estos valores más que duplicaron la actividad del año pasado para la misma fecha y que hubo un alto nivel de la capacidad hotelera ocupada. En muchos casos, en más del 90%.
Todo esto sin ningún subsidio.
A la demanda local, hay que sumarle la presión en los precios que está poniendo la llegada de turistas extranjeros con dólares en mano. En los centros de esquí se siente esa presencia internacional. En Villa la Angostura, más del 15% de los turistas que recibe son extranjeros, según comentó a MDZ el dueño del complejo Cerro Bayo, Pablo Torres García. Y ese número va en aumento.
En Bariloche la cantidad es mayor. En Temporada alta llega a 40%, con la mayoría brasileños. Después siguen los chilenos, uruguayos, europeos y estadounidenses.
Caminar por las calles de San Martín de los Andes es una forma de comprobar el buen número de turistas extranjeros que están llegando.
Lo mismo sucede en otros destinos importantes como Cataratas del Iguazú, Salta, Jujuy y Mendoza.
También la ciudad de Buenos Aires está cambiando la fisonomía con el arribo de viajeros del exterior que vienen a aprovechar una Argentina “barata”.
En el aeroparque metropolitano Jorge Newbery, hay taxistas que eligen a sus clientes y prefieren los que llegan de Brasil, Uruguay, Chile o Asunción porque les aplican una tarifa “especial”
En este contexto, el Gobierno nacional decide poner en marcha una tercera etapa del plan para los meses de octubre y noviembre. Se demoró su anuncio por problemas presupuestarios y los cambios en el Ministerio de Economía. El primer motivo era esperable. En un momento en que se quiere controlar la emisión y reducir el gasto público es difícil justificar que se gaste dinero (o se emita) para financiar subsidios a un sector que tiene una demanda muy alta y con precios que suben más que la inflación promedio.
Sin embargo, así fue anunciado y miles de argentinos van a aprovechar el beneficio que dará un Estado manejado por funcionarios que piensan más en el rédito electoral que en ordenar las finanzas públicas.