Dame un segundo: sobre el arte de perder el tiempo
En estos días, 18 especialistas de diferentes naciones se reunieron en Francia para ajustar el modo en que se mide el segundo. Al parecer, los relojes atómicos con base en el cesio -un metal que se halla en formaciones rocosas- que se usaron hasta ahora darán paso a los sofisticados relojes ópticos. A los simples mortales no nos cambiará mucho. Sin embargo, repensar cómo medimos el tiempo nos lleva, de un modo u otro, a la pregunta sobre qué hacemos con él.
Mientras la ciencia insiste en ajustar la medición, resulta oportuno recordar que el físico Albert Einstein ya había advertido sobre la relatividad del tiempo. Lejos del saber científico, quienes hemos vivido al menos un instante sobre esta Tierra ya lo sabemos. ¿Es lo mismo un segundo de la Sinfonía nº 3 de Beethoven que el que usó Paul Tibbets para accionar la bomba que lanzó sobre Hiroshima? ¿Es igual un segundo en un abrazo de despedida que uno esperando en la fila de un banco? Claramente que no.
¿Cuánto dedicó la humanidad a medir el tiempo y a hacerlo productivo y qué logró con ello?
Sin embargo, el interrogante de cómo medir el tiempo lleva milenios de historia. Desde los obeliscos del antiguo Egipto, pasando por los relojes griegos de agua, los chinos a vela, los de arena o el imponente Intihuatana de los incas, podríamos pasar horas hablando de cómo la humanidad ha definido el tiempo, o mejor aún, enfocarnos en el momento en que este se convirtió en oro, cuando cualquier actividad que no generase ganancia empezó a ser vista como “perder el tiempo”. De hecho, y no deja de resultar de una coincidencia llamativa, el rostro de uno de los íconos del capitalismo, el que aparece en el billete de 100 dólares, es el de Benjamin Franklin, precisamente quien acuñó la expresión “time is money” en su Advice to a young tradesman de 1748.
Ya lo sabía Eduardo Galeano cuando escribió: “¡Qué raros son los civilizados! Todos tienen relojes y ninguno tiene tiempo”. ¿Cuánto dedicó la humanidad a medirlo y a hacerlo productivo y qué logró con ello? Una buena respuesta subyace en el trabajo de la Escuela de Frankfurt que desenmascaró a la modernidad y puso sobre la mesa lo peligroso de sus nociones de razón y progreso. ¿Podemos medir cuánto aburrimiento sobrevino a Vincent Van Gogh antes de dar la primera pincelada de La noche estrellada?, ¿en qué contamos la observación de Julio Cortázar a Teodoro Adorno, su gato, antes de escribir los más maravillosos cuentos? Y ni hablar de las horas que perdió Baruch Spinoza puliendo lentes mientras hilaba los más lúcidos pensamientos filosóficos.
En esta carrera contra reloj, más bien perder la noción del tiempo es ganarla. En 1975, el doctor en psicología, Mihály Csíkszentmihályi vislumbró otro tipo de productividad: “El flujo es un estado subjetivo que las personas experimentan cuando están completamente involucradas en algo hasta el extremo de olvidarse del tiempo…”. Un bebé intentando dar su primer paso, un científico a punto de tener su epifanía o una escritora anotando eufóricamente ideas que fluyen como agua. Eso, para Csikszentmihalyi, es lo más parecido a la felicidad, donde reina un no-tiempo. “¿Cuánto dura lo eterno? A veces, apenas un segundo", le respondía el conejo a Alicia en el País de las Maravillas. Lejos de la obsesión por no perder el tiempo, los grandes innovadores se han dejado perder en el tiempo hasta hacerse inmortales. En este sentido, más allá de redefinir el tiempo, sería más productivo perderlo.
*Paola López Cross está realizando su tesis en la Maestría en comunicación para la gestión del cambio de la Universidad Austral.

