El daño irreparable que el infierno del Próvolo dejó en sus víctimas
Paola se quiebra al compartir lo que siente; toma fuerzas de donde puede y sigue. Quiere expresar su dolor, ese que jamás se borró de su corazón y que la impulsó a llevar adelante junto a otras tantas familias la lucha que puso en evidencia uno de los delitos más atroces cometidos por integrantes de la iglesia católica, auxiliares y personal del ex instituto religioso para niños y niñas con hipoacusia, Antonio Próvolo.
Allí, en esa institución en la que los niños y niñas con limitaciones en su audición y su expresión (entre otras características) deberían haber tenido contención, educación y formación para el desarrollo pleno de sus habilidades, el infierno era parte de lo cotidiano. En ese sitio los abusos sexuales, las violaciones y el maltrato permanente cometido por sus autoridades, auxiliares y personal de apoyo fueron silenciados detrás de los muros y a fuerza de miedo. Fueron años trágicos, en los que la vulneración a todos los derechos fundamentales de la niñez estuvo a la orden del día. Impune, hasta el 25 de noviembre de 2016, cuando por primera vez el grito desesperado de las víctimas se hizo escuchar frente al mundo.
Fueron las familias, padres, madres y hermanos quienes salieron a la calle. Pidieron Justicia. Ni más ni menos. Fueron las propias víctimas, niños, niñas y adolescentes, quienes apelaron a todo recurso posible para expresarse, para contar y reconstruir, a pesar del sufrimiento por recordar ese infierno que les marcó la vida para siempre y que al día de hoy no ha desaparecido.
Cuando los hechos aberrantes comenzaron a salir a la luz, la hija de Paola tenía 14 años. Había asistido desde los seis al instituto. Hoy tiene 19 años y no ha logrado superar el daño provocado por los curas. Paola asegura que la monja Kosaka Kumiko fue quien la entregaba a los abusadores, que hay que recordar, se aprovecharon con extrema crueldad, morbo y malicia de la característica compartida por sus víctimas: la hipoacusia y la discapacidad.
La hija de Paola es una de las cerca de 30 personas que junto a sus familias, aún lucha a diario para encontrar maneras de sobrellevar su vida. Pero no es nada simple a pesar de las condenas, los juicios e inclusive, la muerte del ex cura y director del instituto, Nicola Corradi.
"El abuso sistemático, el sometimiento y el maltrato extremo al que han sido sometidas las víctimas es una herida latente en el día a día. La monja Kumiko entregó a los niños y niñas y no solo fue cómplice, sino también abusadora", expresa al borde del llanto Paola.
Siente impotencia, frente a la posibilidad de liberación de la mujer que fue parte de las atrocidades cometidas. La hija de Paola, no solo vive aún con lesiones en el interior de su cuerpo, en su mente, en su corazón y alma. Tiene marcas de quemaduras en el rostro y en los brazos. Asegura que Kumiko le clavó un clavo para someterla.
El "diablo" personificado
Pero eso no es todo: "mi hija vive con ataques de pánico y de ira, está con tratamiento psiquiátrico porque todavía ve a los monstruos que la asfixian. Son los que le sacaron su inocencia, que le quitaron su niñez y la marcaron para siempre con el sufrimiento más grande y grave que se puede sostener. Las familias también lo vivimos a diario y en carne propia. Porque el dolor de un hijo o una hija no se supera de la noche a la mañana. Todos seguimos extremadamente afectados e inclusive hay quienes han pensado en quitarse la vida", expresa Paola al referirse a la necesidad permanente de asistencia en salud mental que requieren las víctimas y sus familias.
La monja japonesa Kumiko está acusada de abuso sexual agravado y corrupción de menores y es la única que permanece con prisión preventiva y en las últimas horas podría quedar en libertad. Los curas Nicola Corradi y Horacio Corbacho fueron condenados a 45 y 42 años de prisión. Mientras que el jardinero Armando Gómez recibió una pena de 18 años. Previamente también había sido condenado a 10 años de prisión el administrativo Jorge Bordón, quien aceptó los abusos cometidos en un juicio abreviado.
"Lo que ha hecho la defensa de Kumiko es dilatar los plazos. Como sociedad no lo podemos permitir; Kumiko es todo lo que ninguna mujer debe ser; para nosotros representa al diablo mismo. Mendoza fue el ejemplo de Justicia en el mundo y esperamos que eso no cambie eso", expresa Paola y detalla que la imputada "ha tenido inclusive más derechos que nuestros hijos y ha sido más protegida a pesar de las aberraciones que cometió contra nuestros hijos e hijas. No vamos permitir que eso siga sucediendo y que ella esté libre", profundiza la mamá que desde hace seis años no ha dejado ni un segundo su lucha por construir una mejor sociedad.

