Del Envenenador de La Plata a la Scaloneta
Me encanta escuchar a los entrenadores, y sobre todo a los de deportes de equipo. Lo asocio a un gran curso de liderazgo. Más allá de los yeites de cada disciplina, me interesa mucho ver cómo un sherpa intenta desplegar el singular talento de cada uno de los integrantes del grupo, dominar sus egos, descifrar las distintas fases de su rendimiento, articularlas, manejar las cambiantes energías personales y encauzarlas hacia un objetivo.
Con la mayoría de técnicos de fútbol me pasa casi siempre lo mismo: me decepcionan. Pocos logran convencerme de que sus resultados son el producto de un trabajo metódico. Más bien, creo que terminan encarnando el conjunto de azares que revolotean un juego en el cual el marcador no se compone por la suma de las acciones (como pasa en el vóley, el básquet o el tenis) sino por las excepciones que son los goles. Por eso, imagino, prevalece en ellos una exagerada devoción por las cábalas: en el fondo saben que, por encima de todas las cosas, para permanecer en sus lugares necesitan que se alineen los planetas; que los hechos no programables (incluyo entre ellos las jugadas individuales, los errores puntuales o los malos piques) rompan a favor de sus colores el equilibrio de casi todos los partidos.
Los hinchas tampoco nos destacamos por nuestro buen raciocinio. Tan corta y parcial es nuestra mirada que muchas veces resulta suficiente un cambio de nombres para renovar la ilusión, aunque quien arribe a nuestro banco apenas acabe de ser echado (casi siempre de mala forma y quebrantando contratos) por otro club con las mismas aspiraciones. La evaluación de los antecedentes y logros no solo no es acumulativa ni lineal sino que tiene un alcance pequeño. Muy pocas profesiones están sometidas a una presión tan constante por los resultados. No serán eternos los laureles que hayan podido conseguir, están obligados a revalidar el crédito fecha a fecha.
De esa forma, no es extraño que estos sufridos personajes se encomienden a todo tipo de influencias externas. En realidad las necesitan. Aunque les toque conducir un proyecto de pobre presupuesto, la mitología futbolera les exigirá logros desproporcionados para las propias fuerzas. No predominan los análisis fríos ni la objetividad. En el fútbol argentino el desatino se disfraza de pasión.
Vélez Sarsfield acaba de vivir esta secuencia. Los magros resultados de Mauricio Pellegrino (hijo del club) lo desplazaron del cargo y la responsabilidad recayó en Julio Vaccari, un “outsider” del rubro. Es un secreto a voces que en este deporte son relativamente pocos los entrenadores reconocidos que no tengan un pasado de pantalones cortos. Profesor de Educación Física, Vaccari exhibía hasta hace poco tiempo como mayor antecedente haber sido analista de videos de obsesivos como Marcelo Bielsa y Gabriel Heinze. Sin dudas, habrá que saber bastante para emitir comentarios aceptados por esos dos muchachos pero, para los habitués del Amalfitani, resultaba insuficiente.
Vaccari había hecho bastante más que eso. Ya en los tiempos del Heinze se desempeñó como su ayudante de campo y dirigía en esa etapa muchos de los entrenamientos de la primera división. Cuando el Gringo decidió partir hacia los Estados Unidos para imponer rigor en la MLS, quedó como técnico de la reserva de la V azulada. Por los pasillos se escuchaba que tenía un muy buen ojo y trato con los jugadores. Además, es un estudioso del deporte y trabajó en un libro destinado a analizar el fútbol como juego de posición. Pese a haber logrado llegar a octavos de la Copa Libertadores, la afición fortinera esperaba un cambio, un giro hacia una propuesta “más tradicional”. Todo eso los llevó hasta Alexander “Cacique” Medina, eyectado con ganas (luego de escasos tres meses) del Inter de Porto Alegre.
Me gusta Medina, pero ¿cuál fue una de las cualidades que más consideraron los hinchas en Liniers? El decálogo que el Cacique pegó en el vestuario al dirigir a Nacional en el clásico de Montevideo de tercera división. Repasemos algunos de los “valores” rescatados de esa hoja: No se saluda al rival; no se levanta al rival del césped; la primera patada es nuestra; siempre mayoría de jugadores nuestros en caso de armarse tumulto; no se demuestra dolor por nada.
Si definiéramos a Vaccari como un científico del deporte, no nos quedaría otra que ponerle al Cacique (por lo menos al de entonces) el rótulo de matón, de guapo de esquina. No son pocos los hinchas fortineros que están muy conformes con el trueque. Pero aún imaginando un resultado positivo (que también espero), el mundo que permite visualizar es más feo que el que podría haber surgido (si tuviéramos un poco más de paciencia) del proyectado por nuestra versión de la Cenicienta.
El fútbol y la moral no comparten viajes, ni nos importa que lo hagan. En el fútbol no ponderamos el mérito ni las formas, solo queremos pertenecer al grupo que festeja cuando se pita el final. Del árbitro tampoco esperamos que administre justicia, queremos que nos beneficie aunque sea perjudicando ostensiblemente al rival.
El paroxismo de esto, muy probablemente, sea el partido de la selección argentina contra la de Brasil en el Mundial 90. Un poco porque Brasil mereció ganar por goleada pero, más aún, porque celebramos que Carlos Salvador Bilardo, además de entrenador ¡médico!, haya programado el envenenamiento de un rival. No solo deberíamos descalificar esa trampa, habría que exigir que le retiren el título por evidente violación del juramento hipocrático. Sin embargo, es una de nuestras “hazañas” más recordadas.
Tal vez no todo esté perdido. Como tantos otros, fui uno de los indignados cuando le entregaron la selección argentina a Lionel Scaloni, un advenedizo. Yo era uno de esos que afirmaban en los bares que “la celeste y blanca era para los consagrados”. A mí también me tapó la boca con su muy buen trabajo de conductor, permitiendo el despliegue del talento de cada uno de los integrantes del grupo, dominando sus egos, descifrando las distintas fases de rendimiento, manejando las cambiantes energías individuales hasta encauzarlas hacia un objetivo único.
Ojalá haya suerte, la que siempre hace falta en esta actividad. Mientras tanto, celebremos este ejemplo excepcional que nos impone revisar tanto lugar común.
*Alejandro Perandones es periodista y analista de comunicación.

