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La ética en el destierro

Tal vez no esté en nuestras manos desterrar a la ética del ámbito de lo que sostenemos porque ya ha sido enviada a ese ostracismo, pero aun así debemos seguir arriesgándonos libremente a pensar en sus términos.
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Si estuviese en mis manos, desterraría la palabra “ética”. La temática está casi siempre en la queja de todos, pero la palabra en sí provoca cierto rechazo. Que el otro no hace lo que le corresponde, que el otro no cumple con su función, que el otro no hace lo que debería hacer por su cargo o su lugar de poder.

Como disciplina que se estudia, la ética ha tratado desde hace milenios encontrar algún fundamento para distinguir entre el bien y el mal. Inquietud propia de la especie humana, inagotable, pero también una preocupación individual cuando la falta de ética del otro me afecta, me daña, me humilla, me “ningunea”, me quita lo que me corresponde.

A la palabra “ética” se la sustituye mucho por la expresión “hacer lo correcto”. Es decir, anhelamos el comportamiento ético -al menos el de los otros- pero no queremos denominarlo de ese modo. Es que “ética”, en el imaginario colectivo, suscita aquella pregunta casi nunca verbalizada: "¿quién te creés que sos vos para decir que esto está bien o está mal?"  En cambio el adjetivo “correcto” suena más impersonal, menos autoritario y paradójicamente más neutral.

Por un lado, puede deberse a que “correcto” pareciera que solo juzga el comportamiento y no a la persona. Por otro lado, puede ser un anglicismo, propio de ciertos ámbitos, por aquello del doing right. Pero right, en inglés, tiene varios significados, no solo significa “correcto, adecuado, satisfactorio o aceptable”,  sino también “bueno o verdadero”. Pero, como decía al principio, no está en mis manos desterrar la palabra “ética”, ya fue desterrada.

Como se suele decir, el lenguaje no es inocente y sí importa cómo denominamos ciertas cosas. Pero, cuitas del discurso aparte, subrayo ahora tres productos humanos que destierran la ética en los hechos. Y por destierro entiendo apartar del camino, obviar, dejar de lado, quitar, remover, no querer ver. Estimo que su inexplorado costado filosófico, querido lector, los advertirá y estarán de acuerdo rápidamente conmigo.

Tres realidades muy humanas. La primera es la superficialidad: cuánta cosa mal hecha resulta de la liviandad, del “así nomás”, del prejuicio, del quedarse solo con la apariencia, de la falta de escucha, del apuro, de la confusión, de la ansiedad.

La segunda es el poder: cuánta cosa injusta resulta de la arbitrariedad, de la soberbia, de las asimetrías, de la superioridad, de la cantidad, del peso, de ciertas tiranías.

La tercera es la supervivencia: cuanto ilícito resulta del instinto de conservación, de la inseguridad, de la acumulación, de la incertidumbre, de la desconfianza y “de rajar los tamangos en busca del mango que te haga morfar”.

Explicaciones no es lo mismo que justificaciones. Pero son la tierra vulnerable que todos compartimos y a la que la exclusivamente humana realidad, que es nuestra libertad, puede darles forma.

Doctora en Filosofía por la Universidad de Navarra (España), investigadora de la Universidad Católica Argentina.