El cochecito vacío: ¿en quienes vamos a trascender como humanidad?
La creciente tendencia de tener mascotas como hijos saca de foco el sentido real de Familia. Cabe preguntarnos en quienes dejamos nuestra huella, nuestra historia y qué hacemos para remediarlo.
Es hora de invitar a los jóvenes a bajarse del cochecito del perro y a animarse a tomar la mano de un hijo.
Archivo.Se puede observar con interés y cierta preocupación, la creciente tendencia entre las parejas de la elección consciente de convertir mascotas en “perrhijos” o “gathijos”: las miman con un cochecito, ropa y rituales propios de la crianza de un bebe, pero no elijen la maternidad o paternidad humana.
No se trata de negar el valor emocional que tienen las mascotas (que es fuente genuina de compañía, alivio y bienestar psicoemocional), sino de preguntarnos qué señales sociales y familiares están detrás de esta preferencia y qué consecuencias tiene para el tejido social y el sentido mismo de familia. Esta tendencia ha dejado de ser una excentricidad de nicho para convertirse en un estandarte de las nuevas generaciones. Como profesional de familia, observo este cambio con una mezcla de respeto por el afecto hacia los animales (tengo un profundo amor por todas las mascotas de mi vida) y una seria preocupación por lo que esto revela sobre nuestra arquitectura social. No se trata de una cruzada contra las mascotas, sino de analizar qué sucede cuando el animal deja de ser un compañero para convertirse en un sustituto ontológico del hijo.
La ilusión de “paternidad” de bajo riesgo
¿Por qué una pareja prefiere invertir su dinero en "spa caninos", guarderías para gatos y ropa de marca para animales antes que proyectar un hijo? La respuesta corta suele ser la economía o la falta de tiempo, pero la respuesta profunda es el miedo al compromiso radical. El vínculo con un animal no requiere las mismas responsabilidades a largo plazo (como la educación formal y emocional, sostén económico y moral, planificación educativa y sanitaria, entre muchos otros aspectos), ni la enorme complejidad que implica acompañar a un otro en su desarrollo como persona. La maternidad y paternidad es el único acto de la vida que no tiene botón de "deshacer", es realmente un trabajo “24/7 x 365”: es una entrega absoluta que nos obliga a mirar de frente nuestra propia finitud y nuestras limitaciones, trascenderlas y mejorar. En contraste, el "perrhijo" ofrece una gratificación inmediata (afecto incondicional, alegría al llegar a casa y la posibilidad de ser "padres" sin las noches de angustia y preocupaciones que desvelan). Es una forma de afecto superficial: tiene el sabor de la compañía, pero carece de la carga de la trascendencia humana. Una mascota hijo no impulsa a cambiar mi forma de ser para mostrar un mejor ejemplo a seguir; mientras le deje 2 platos de comida en el suelo, estaremos bien.
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La familia humana implica la transmisión de valores, la formación de lazos intergeneracionales, la transmisión cultural y el sostenimiento de redes de apoyo comunitarias. Los niños aportan una dimensión temporal al tejido social: su crecimiento exige pensar estructuras educativas, políticas públicas inclusivas, vivienda adecuada, y una mirada a largo plazo sobre la sociedad que queremos. La preferencia por invertir afecto y recursos en mascotas puede, en ciertos contextos, ser una manifestación de un debilitamiento del proyecto familiar como prioridad colectiva.
El menoscabo del valor familiar
Cuando humanizamos al animal (poniéndole zapatitos, celebrándole cumpleaños con tortas -para humanos- o tratándolo como un igual en la mesa), no estamos elevando al animal: estamos rebajando la complejidad de lo humano. El riesgo es que nos estamos acostumbrando a vínculos donde no hay un "otro" que me interpele, que me discuta o que me obligue a crecer como solo un hijo puede hacerlo. La mirada familiar se ve menoscabada cuando la sociedad empieza a considerar que formar una familia es un "consumo" más. Si un hijo es visto como un gasto comparable a un viaje o a un auto de alta gama, es natural que gane la opción que requiere menos esfuerzo. Pero la familia es una unidad de sentido, no es una unidad de consumo.
Al desplazar la maternidad y la paternidad por la crianza de mascotas, estamos perdiendo el sentido del legado: las mascotas no recibirán ni trasmitirán nuestra cultura, no ensayaran la solidaridad intergeneracional y definitivamente no construirá el futuro de una nación. La tendencia al "hijo de cuatro patas" alimenta un individualismo encubierto: quiero algo que me haga sentir bien, que me dé cariño, pero que no me exija cambiar mi estilo de vida ni postergar mis deseos personales de forma permanente.
¿Es la familia una idea pasada de moda?
Hoy circula la idea de que tener hijos es algo "antiguo", "pesado" o incluso "egoísta" frente un mundo lleno de incertidumbres sobre el futuro y el bienestar. Nada más alejado de la realidad: formar una familia es el acto de rebeldía más grande que existe en un mundo hiperconectado y descartable. Es apostar por lo permanente en la era de lo efímero. Es decir “esto verdaderamente me representa y soy esto, que nadie más puede ser”. Genuino. Un consejo que dan influencers para tener más seguidores en las redes, sin ver que las primeras redes, las sociales de amor, están fuera de las pantallas y adentro de casa. Y ahí sí somos verdaderamente genuinos. Únicos. Nosotros mismos. Esta reflexión no intenta juzgar a quienes tienen perrhijos o gathijos. Sí intenta re-encantar a los jóvenes con la belleza de la paternidad real, que está menoscabada, subestimada y tiene mala prensa. Para empezar, quiero que cambiemos la mirada de “sacrificio por la familia ”por la de “plenitud por la familia”: porque como adultos nos quejamos de todo y vivimos cansados todo el tiempo. Pero los hijos nos permiten sentirnos plenos, llenos de energía vital y alegría que contagia y llena, de amor que sale no sabemos bien de donde, de asombro con su curiosidad por la vida y lo simple, por las cosas que ya olvidamos. Tener hijos nos permite re-pasar las cosas que sabemos y mirarla con ojos nuevos, maravillarnos con las primeras palabras y los primeros razonamientos profundos. Hay muchos beneficios emocionales si dejamos de pensar en los costos y las perdidas.
Es entendible que los muchos jóvenes no deseen tener hijos porque se sienten solos. Y puede ser cierto, y frente a eso, necesitamos recuperar el concepto de "criar en tribu". Si como familia extensa, amigos o vecinos, nos ofrecemos a cuidar, a acompañar, a hablar, a escuchar y a facilitar la logística de las parejas jóvenes, el miedo al "caos" de la crianza disminuye. Y volvemos a algo que nos hace profundamente humanos: cuidar los vínculos entre unos y otros, y eso es hacer verdaderamente una familia. Dejemos de creer que el único fin último y más deseable es el éxito laboral gratificante, el ascenso, la promoción, llegar a ser el CEO de la empresa. Nadie, en el último día de su vida, desea haber pasado más horas trabajando en la oficina. El verdadero éxito está en construir vínculos que nos sobrevivan. Debemos enseñar a los niños a amar a los animales como mascotas que son: un perro es un perro, y su dignidad radica en su naturaleza animal, es valioso por el hecho de estar vivo, merece cuidado y respeto animal pero nunca será igual a un hijo, porque tratarlo como humano es, paradójicamente, no respetarlo.
Una invitación a la valentía
Cada uno de nosotros, desde nuestro lugar, puede contrarrestar la idea de que la familia es un concepto obsoleto: podemos hacerlo celebrando la llegada de un nuevo bebé en la oficina con la misma o más alegría que un ascenso. Podemos hacerlo siendo modelos de parejas que, con sus crisis y desafíos, eligen seguir construyendo juntos. Argentina necesita niños. Necesita risas en los parques que no vengan solo de ladridos, sino de voces humanas que el día de mañana lideren, creen y cuiden a quienes hoy somos adultos.
La familia es la aventura más audaz del ser humano
Es hora de invitar a los jóvenes a bajarse del cochecito del perro y a animarse a tomar la mano de un hijo, el único vínculo que, verdaderamente, nos hace eternos.
* Lic. Milagros Ramírez. cadafamiliaesunmundo.com
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