Estudiaba en Estados Unidos, volvió para combatir en Malvinas y su vida cambió de rumbo
Adrián Cabello, también conocido como "el Indio", vive en City Bell. Está casado, tiene 2 hijos, es profesor de Educación Física y dueño de un gimnasio en La Plata. Como todo chico de 18 años, Cabello tenía planes para su futuro y sabía lo que quería hasta que salió sorteado para ir a la colimba y un año después le tocaría ir a la guerra de Malvinas, donde pasaría 30 días como prisionero en la bodega de un barco.
“Obviamente que me emociona todo lo que es Malvinas. 40 años es la frase que se escucha. Se pasaron ayer, no es nada. Y no todos se sobrepusieron, que eso también es triste”, dice Indio Cabello y agrega “todos dieron todo”.
Cuenta que estaba estudiando en Estados Unidos, llevaba ya 2 años en un intercambio cultural y apenas había terminado el colegio secundario cuando en 1981 salió sorteado para hacer la colimba. Antes del llamado de sus padres, había conseguido una beca en una universidad de allá y quería también jugar al tenis. “Imaginate que yo tenía una vida enfocada, con un proyecto, con un sueño. Y lo estaba casi realizando porque yo tenía una beca casi completa para una universidad en Estados Unidos -que es muy difícil lograrlo- y es carísimo. Yo quería estudiar ingeniería y de ahí en 2 años pasó lo que me pasó, me cambió la vida. Y gracias a Dios, soy una persona muy feliz por todo lo que después me pasó”, relata Cabello.
Remarca en todo momento que está agradecido por la vida que tiene y en especial, por su familia con la que vive hoy en La Plata. Afirma que el resentimiento no es el camino, y lo compara con rascarse una lastimadura y hacerla sangrar todos los días, no cicatriza nunca. “Cada uno hace el funeral como puede, lo procesa como quiere y como puede”, comenta haciendo referencia a que no todos los soldados que volvieron de Malvinas pudieron atravesar el trauma, en especial cuando el Estado no los acompañó con ningún tipo de asistencia psicológica. Se estima que alrededor de 500 excombatientes se quitaron la vida en estos 40 años, pero no hay registros oficiales al respecto.
Cabello asegura que tanto él, como todos los demás jóvenes, no estaban preparados “para ser soldados”. A él le tocó vivir la guerra desde distintos lugares. Fue uno de los primeros en llegar en abril a las Islas Malvinas, y en primera instancia le tocó trabajar como ayudante sirviendo whisky y café, hasta que un día el teniente coronel Seineldín se acercó a él y le preguntó si hablaba inglés a lo que contestó que sí. A partir de ese momento, Cabello sería responsable de traducir decenas de mensajes de una radio inglesa capturada. Se pasaba las 24 horas frente a la radio anotando mensajes y nombres de posiciones como London Bridge y Queen Elizabeth.
Se lo llevaron también a otra ciudad de la isla, Darwin, y luego a Puerto Argentino que fue la última posición, donde el 14 de junio Argentina se rindió. “Estábamos haciendo una cola para volver y dejar las armas y se produjo ahí un lío con unos ingleses borrachos”, relata Cabello. Como hablaba muy bien inglés, se acercó para intervenir y un soldado inglés lo interceptó y le pidió que separara a 150 soldados de la cola. “Nos dejaron prisioneros. Quedamos prisioneros ahí un mes y medio más. Primero nos llevaron hasta San Carlos”, recuerda.
Los ingleses les comunicaron que ese grupo de 150 hombres se quedaría para enterrar a sus compañeros y levantar las minas que habían puesto los soldados argentinos. Los jóvenes soldados andaban a ciegas, no tenían los planos de las bombas y comenzaron a “volarse los pies”. Siguieron del mismo modo durante 10 días, enterrando a sus compañeros y desenterrando bombas contando con las adversidades del clima hasta que un soldado inglés se voló los pies y se paró todo.
Llevaron a los soldados argentinos a la bodega del buque Saint Edmund, sin luz natural ni calefacción. Allí pasaron semanas y usaban a Cabello como interlocutor. Él logró entablar conversación con el soldado de la Guardia Galesa que los cuidaba para pedirle cosas para los soldados argentinos. Si bien no se hicieron amigos, pudieron hablar como dos jóvenes que no querían estar pasando por esa situación pero no tenían otra alternativa. El soldado inglés incluso llegó a regalarle una Biblia cuando los liberaron.
Finalmente, un día, cuando los ingleses estaban hartos de que Argentina no firmara el cese de hostilidades le dijeron a Cabello que comunicara a los soldados que los llevaban a una isla volcánica en el medio del Océano Atlántico. Cuando se lo comunicó a los soldados argentinos se hizo un gran silencio.

“Un cordobés rompió ese silencio de angustia con su chispa y gracia. No lo dudó, se cortó el pantalón y las convirtió en bermudas para tomar mucho sol, como así también se sacó las mangas a la remera. Por supuesto, ¡nos hizo reír a todos! Pero nos marcó una línea de pensamiento y de afrontar lo que se venía. Inmediatamente, propuse a todos los que estábamos ahí, sacarse una media para construir una pelota ”la pelota de trapo”. Comenzó así… una hora de fútbol todos los días. No parábamos de reírnos de darnos patadas, hacernos chistes de acuerdo a las tonadas”, escribió el excombatiente en una carta que publicó en las redes sociales durante el aislamiento, donde relataba la situación de encierro que ya había pasado.
“Estuvimos como 3 días que se movió el barco, y en un momento, sentimos que se estabilizó y sentimos que tocó puerto. Y no sabíamos dónde estábamos, entonces nos empiezan a devolver las cosas que nos habían quitado. Abrieron la compuerta y estábamos en Puerto Madryn”, recuerda emocionado. La gente los estaba esperando y les daba comida mientras los subían a un micro con destino a Trelew, ciudad donde los esperaba un avión con destino a Capital Federal.
De regreso en casa, Cabello se reencontró con su familia y trató de empezar ingeniería en la Universidad Nacional de La Plata, dónde no le permitieron empezar a mediados de agosto, a pesar de haber explicado que había estado preso en Malvinas.
Después de esto, Cabello decidió irse del país por unos meses y recorrer América Latina. Regresó con nuevos planes para su vida. De vuelta en Argentina, en 1983 se inscribió en la facultad y estudió el profesorado en Educación Física. Se casó, tuvo 2 hijos y puso un gimnasio, que sigue manejando actualmente. “Formé una familia y gracias a Dios tuve toda esa parte y me siento un privilegiado porque muchos no se adaptaron, a muchos compañeros les costó y algunos que nunca pudieron vivir en paz o tranquilos o felices. Fuimos muy olvidados”, remarca. Pero a pesar de todo, agradecido de la vida que tiene repite, que no hay que vivir resentidos con el pasado, sino tratar de verlo como un aprendizaje porque cada uno elige cómo pasarlo.

