Un 8 de marzo diferente: cambiemos el modo de cambiar las cosas

Un 8 de marzo diferente: cambiemos el modo de cambiar las cosas

En el Día Internacional de la Mujer, la autora reconoce el valor de la lucha feminista y llama a conmemorar este día de un modo particular.

Paola Del Bosco

Las celebraciones generalmente consisten en una acción presente que recuerda algo del pasado y se proyecta al futuro con algo promisorio: recordamos lo bueno o lo malo que pasó, y nos alegramos junto con otros por los bienes alcanzados o los males superados.

El día de la mujer mantiene vivos en la memoria colectiva los esfuerzos de las mujeres por ocupar en la sociedad su lugar activo y reconocido, aportando así a la realización personal y al bien común. La fecha remonta a dos episodios sangrientos: el 8 de marzo 1875 y el 8 de marzo 1908, ambos caracterizados por justos reclamos femeninos que fueron reprimidos con tanta violencia que hubo en cada uno más de un centenar de mujeres muertas. o directamente bajo el fuego policial (1875), o como efecto de un grave incendio en la fábrica textil donde se desarrollaba la protesta del 1908. Fueron necesarias las luchas, fueron necesarias las medidas fuertes, fueron necesarias las palabras ardientes.

Hoy, a la luz de esta nueva guerra que se desata en Europa, y con la temible perspectiva de su eventual extensión regional o mundial, propongo que este día se recuerde y se celebre sin palabras guerreras, buscando defender derechos y eliminar injusticias, pero al mismo tiempo proponiendo un modo distinto de relación interpersonal e intergrupal que no suponga contraposición y lucha.

El reclamo de los derechos es incompleto sin el reconocimiento de esos derechos por parte de los demás, pero el clima beligerante no es el mejor para propiciar ese reconocimiento

Si hay lucha, es inevitable que haya ganadores y perdedores, y es muy difícil construir sobre esa base una comunidad humana capaz de fructífera cooperación y aportes mutuos. El reclamo de los derechos es incompleto sin el reconocimiento de esos derechos por parte de los demás, pero el clima beligerante no es el mejor para propiciar ese reconocimiento.

 

El reconocimiento de los derechos de otra persona o de otro grupo no puede ocurrir sin la capacidad de imaginar su situación, así como nos sugiere Martha Nussbaum, una pensadora norteamericana involucrada en las cuestiones actuales del estatuto de la mujer y de las relaciones entre distintas culturas y religiones. Sin imaginación empática bien intencionada -esto lo aclara la autora, porque la sola empatía podría también habilitar cierta manipulación- no es posible la convivencia. La imaginación empática me permite relacionarme con el ‘distinto’ o la ‘distinta’ que está frente a mí, logrando sentir como siente, vivir como vive la situación, y desde ahí buscar los modos más apropiados para propiciar una convivencia fecunda, en los muchos modos de entender la fecundidad.

Si no hay capacidad empática y reconocimiento de los derechos del otro, el único orden posible viene de la fuerza y la prepotencia. La condición humana es básicamente convivencia: al nacer, ya estamos conviviendo dos distintas generaciones; si nos va bien y nuestros progenitores se quieren, o si tenemos hermanos, hay convivencia entre varones y mujeres, y si vivimos en el mundo de hoy, hay contacto entre distintas culturas. Para que el contacto se transforme en verdadera convivencia, hace falta conocer y valorar lo bueno que tenemos nosotros y lo bueno que traen los que son distintos de nosotros.

Hoy la mujer está habilitada en todos los espacios de la vida pública, puede desarrollarse profesional y económicamente, y aporta ideas y prácticas diferentes para resolver viejos y nuevos problemas. No está todo hecho ni todo problema resuelto, pero nuestro aporte más novedoso podría ser modificar al mundo, mejorándolo para todos, con una intervención que no copie nada de la implícita o explícita violencia que muchas mujeres han sufrido o sufren actualmente. Quizás fue necesario luchar en algún momento o alguna situación extrema, pero podríamos proponer un cambio verdaderamente inclusivo, en que se le reconozca a cada cual su aporte o su posibilidad de participación genuina. Un mundo sin excluidas ni excluidos.

¡Cambiemos el modo de cambiar las cosas!

 

* Paola Del Bosco es Doctora en Filosofía

 

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