Casa Masantonio, el hogar que recibe a personas con tuberculosis y las ayuda a sanar

Casa Masantonio, el hogar que recibe a personas con tuberculosis y las ayuda a sanar

En Casa Masantonio acompañan a quienes tienen tuberculosis y no pueden sostener los largos tratamientos que implica esa enfermedad. La mayoría de esas personas está en situación de calle o tiene problemas de adicciones. Lucía es parte del equipo de este hogar que busca acompañar y salvar vidas.

Giza Almirón

Giza Almirón

Lucía Szapsiowicz tiene 25 años y hace dos y medio que trabaja en Casa Masantonio, dispositivo que se desprende del Hogar de Cristo. Estudia Trabajo Social y es la encargada del área social, donde se tratan los aspectos habitacionales o de identidad (como el caso de quienes nunca tuvieron un DNI).

“Una de las principales problemáticas de la tuberculosis es que el tratamiento requiere mucha adherencia por parte del paciente. Son tratamientos muy largos (duran, como mínimo, seis meses), muy difíciles de sostener para quienes están en extrema vulnerabilidad social, económica, familiar, de salud”, cuenta Lucía. Esta realidad fue la que impulsó el nacimiento de Casa Masantonio, que ya tiene aproximadamente 8 años y está ubicada cerca de la Villa 21-24 y del barrio Zabaleta, en Barracas.

Festejando un cumple en Casa Masantonio

Quienes se acercan a este lugar están en situación de calle o tienen problemas de adicciones. “El objetivo principal es brindar un acompañamiento integral a quienes no pudieron sostener un tratamiento en el marco del sistema de salud pública”, señala Lucía. El equipo está conformado por personal de enfermería, medicina, infectología, trabajo social y psicología, además de los acompañantes pares, “que son personas que en algún momento fueron acompañadas, estuvieron en alguna situación de fragilidad y hoy están mejor y acompañan a quienes lo necesitan”, explica la joven.

En Casa Masantonio llevan adelante un acompañamiento personalizado, en el que se acomodan a lo que cada persona necesite. De este modo, según Lucía, “se puede lograr una muy buena adherencia al tratamiento y así salvar un montón de vidas”. Quienes forman parte del equipo acompañan a cada hombre y cada mujer del dispositivo y, si es necesario, le acercan todos los días la medicación: “Sabemos dónde está su ranchada. Los buscamos para ver cómo están o recordarles que se tienen que hacer un estudio”.

Además de lo relacionado a la salud, desde este hogar también acompañan a las personas en las revinculaciones, como es el caso de “quienes hace mucho tiempo no se ven con su familia o se tuvieron que alejar por diferentes motivos de sus hijos”.

Compartiendo una comida en Casa Masantonio

Lucía se refiere a Casa Masantonio como un hogar, aunque agrega que “las habitaciones no son específicamente para vivir, sino para quienes se encuentran muy frágiles, sobre todo al principio, cuando detectan la enfermedad y están muy desnutridos, porque necesitan muchos estudios difíciles de sostener si la persona se encuentra en calle o en consumo”. En ese inicio, las personas permanecen internadas y “se agiliza la parte médica en este lugar seguro y limpio”. Esto se debe también a que la tuberculosis es contagiosa, por lo cual hasta que empiezan el tratamiento y se pueden estabilizar, hacen un aislamiento en esas habitaciones para no contagiar a las otras personas con las que viven.

“El hogar tiene la magia principal de que se trabaja con la individualidad de cada persona. No hay un tiempo límite para vivir ahí, tiene que ver con el proceso personal. Eso es lo lindo del dispositivo, se acomoda a lo que cada persona va necesitando”, detalla Lucía. Rescata, además, la presencia de quienes son acompañantes pares, que “estuvieron en situación de calle o inmersos en mucho consumo y hoy acompañan esas otras vidas que lo necesitan”.

Parte del equipo de Casa Masantonio

Entre las historias que dejaron su huella en Casa Masantonio, Lucía resalta la de una chica de unos 30 años que vivió su infancia en situación de vulnerabilidad económica, sufrió violencia en su familia, quedó embarazada y tuvo que dejar a su hijo e hija a su abuela. Además, sufrió violencia por parte de su pareja, mientras estaba en situación de calle. Al principio, cuando llegó al hogar, “se enojaba con el equipo, no quería ver a los médicos. Tenía HIV en fase SIDA, estaba muy lastimada. Un día descubrimos que el pollo que hacía uno de los acompañantes le gustaba mucho, entonces la empezamos a citar los días que él cocinaba”. Lucía cuenta que la joven empezó a entrar en confianza y a recuperarse de a poco: “Hoy tiene una carga viral de HIV indetectable, un tratamiento supervisado y acompañado, y se está revinculando de a poco con su hijo y su hija, menores de edad, a quienes ve una vez por semana. Salió de la calle, está alquilando sola y se separó de la pareja. Hace un tratamiento psiquiátrico y tiene un seguimiento médico y social. Se siente muy cómoda en el hogar, lo entiende como una familia”.

Acompañar a las personas y hacerlas sentir en un hogar es lo fundamental en Casa Masantonio. Lucía y el resto del equipo buscan caminar en conjunto, sosteniendo la fragilidad, palpando la vulnerabilidad, recibiendo la vida como viene.

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