La deuda de los adultos es pagada con la vida de la juventud
“Mire señorita, ¿sabe lo que pasa acá? Nosotras como madres hacemos lo posible para cuidar a los niños y niñas del barrio para que no los atrapen los de las bandas que andan buscando usarlos para ir a vender la droga. Pero a veces se hace muy difícil porque están atentos a que los chicos anden solos o estén con mucho hambre y ahí es cuando los convencen o les ofrecen cosas a cambio. Además, hay mucho miedo, entonces es muy difícil todo”, dice la mujer que por temor a represalias prefiere preservar su identidad. En el asentamiento de Maipú, a las necesidades de toda clase se suma una amenaza diaria y siempre latente: que las drogas “entren” al barrio y se enquisten desde la base más frágil de la sociedad: la infancia.
La realidad de las más de 60 familias que viven allí no es nueva ni responde a un hecho aislado. Tampoco se trata de una situación sesgada a una determinada clase social. La diferencia, es el modo en que el policonsumo y la dependencia de sustancias psicoactivas ilegales se vuelven una necesidad; se transforman en una adicción de la que miles no logran salir. Que 23 personas murieran ayer y decenas estén luchando por su vida en diferentes hospitales de Buenos Aires, es solo la punta de un iceberg, que pese a su magnitud, muchos prefieren volverlo invisible.
Solo si se tiene en cuenta el último informe presentado en 2021 por el Observatorio Argentino de Drogas dependiente de la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (Sedronar) en 2019 se estima que 13.182 personas de entre 15 y 62 años murieron en Argentina como consecuencia del consumo de drogas ilegales. Esa cantidad representa nada menos que el 16,3% de la totalidad de decesos para esa franja etárea en el mismo año. Si se tiene en cuenta la tasa bruta de mortalidad por esta causa prevenible, entonces los datos son más que elocuentes: 46 cada cien mil personas pierden la vida en manos de la adicción a las drogas ilegales.
La pandemia, aseguran las estadísticas y lo comprueban los especialistas en salud mental dentro de sus consultorios, vino a agudizar aún más la problemática. Que el consumo de drogas se inicia a edades cada vez más tempranas (inclusive desde los once o doce años); que los y las adolescentes llegan a las áreas de terapia intensiva en shock y con marcas que hablan de una intención de no seguir viviendo; que la depresión se ha vuelto carne en miles de jóvenes y adultos que en algún momento dejaron de creer que había un mañana. Las voces hablan de tristezas acumuladas, de soledad en momentos clave, de angustias que se quedan atragantadas en el alma y buscan de por sí una manera de acallar. Quienes las viven, guardan sus historias, se quedaron sin fuerzas, sin herramientas. Y tal vez, ya sin siquiera lágrimas para poder drenar el dolor. La conciencia de autodestrucción se esconde detrás un falso sentido de pertenencia. En segundos de autocomplacencia, el deterioro se vuelve rutina. Se hace carne. Evita la reflexión. El vacío entonces parece llenarse; pero ahí sigue latente y despiadado. La persona se vuelve contra sí misma.
“Los chicos, lo que necesitan es que los contengan, que los escuchen, que los guíen y les enseñen a cuidarse, a amar su cuerpo y bienestar”, dijo mil veces una psiquiatra infanto-juvenil al referirse a la situación de la niñez y la adolescencia. El abandono no es solo económico; el abandono es en materia de sentimientos, allí donde el amor se hace visible con solo una caricia, un gesto, un abrazo, en el tiempo compartido; en los ejemplos que trazarán sus matrices para la vida. Porque, claro está, en lo que refiere a mercancías, el mundo actual está atiborrado de cosas. La demanda y el consumo en todos los niveles dependen de un aspecto no menor: si los/las destinatarias consumen o no.
Entonces cabe aquí la pregunta acerca de qué mensajes dejamos como adultos a esas generaciones que hoy sufren y lo expresan a gritos. Tal vez el amor y la escucha atenta y desprendida de prejuicios sean solo una parte. Tal vez, es momento de revisar y accionar políticas actualizadas destinadas a prevenir y contener a las personas que atraviesan una adicción. La lucha contra el narcotráfico y todo lo que se mueve a su alrededor alrededor, conforman un capítulo aparte.

