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Reinas sí, reinas no: el cuestionamiento al presente de la tradición

Como es habitual en épocas de democracia digital, el tema en cuestión, moviliza un batallón de opiniones.
Foto: Alf Ponce
Foto: Alf Ponce

*Andrés Collado, especialista en comunicación

Hace un año la Municipalidad de Guaymallén por decisión de su concejo deliberante, y a pedido del intendente, resolvió que los festejos vendimiales del departamento no tuviera la elección de su reina. Dos son los argumentos que circularon con insistencia en la opinión pública; uno sostiene que la elección de la reina finalmente es un concurso de belleza, el cual en los tiempos que corren afirma la objetivización de la figura femenina, un ejercicio anticuado y fuera de tiempo. El otro, un argumento republicano, dice que la forma de reina se encuentra ligada a la representación monárquica, y por su puesto esta institución no es propia de nuestras tierras, tampoco de estas épocas. Estos cambios persiguen la justa intención de actualizar los festejos, adaptarlos a los “tiempos modernos", y sacudirse algunas tradiciones que remiten a un pasado que debe dejarse de lado o superado por no contener los sentidos contemporáneos del presente deseado. El revuelo de esta decisión ha sido tal que la normativa municipal llegó a la Suprema Corte de Justicia de la provincia para ser revisada, delegando en el máximo órgano judicial la decisión de ver la continuidad, o no, de esta parte de nuestra tradicional celebración.

Un corto tiempo después el destino quiso nuevamente embarrar la cancha y por gracia de una considerable granizada, otro ícono fue atacado. El Cóndor emplazado en el mismo Guaymallén, pero que sirve como referente a la entrada de la ciudad, fue decapitado por la furia del fenómeno atmosférico. Nuevamente el intendente del distrito, informado de los costos para la reparación de la figura, evaluó la posibilidad de removerlo. En este caso el mismo gobernador tomó cartas y decidió que los gastos de reparación los asumiría la provincia ya que la creativa escultura es un elemento fuertemente identificado con Mendoza.

Como es habitual en épocas de democracia digital, el tema en cuestión, moviliza un batallón de opiniones. Unas, a favor de que los festejos tengan un presente anclado en el siglo XXI, y otras, interpretan que los primeros promueven el olvido de las raíces de la cual provenimos. Así y todo, da la impresión que ninguna de estas dos generalizaciones llega al fondo del asunto. La falta de fundamentos más extensos, característica también de la democracia digital, presentan al problema como un tema de segundo o tercer orden. Para una sociedad dónde la crisis económica acapara toda su atención, salvado solo por el grueso paréntesis que imprimió el mundial de fútbol en Catar, en estos tiempos de convulsión, la tradición, la cultura no debería ocupar tanto espacio de la política, ¡¡¡y menos de la justicia!!!

Parece no visualizarse claramente que estas polémicas culturales no tratan solamente de incluir, o no, una parte de los festejos vendimiales; o si vale la pena erogar del presupuesto público fondos para la reconstrucción de una escultura, incluso agreguemos también la de revisar los feriados y conmemoraciones nacionales. Lo que está en justo cuestionamiento es una parte del repertorio tradicional local. Al comienzo de la segunda década del siglo XXI la política de gestión, para darle un nombre a los/las promotores del tema, propone revisar lo que consideramos elementos de nuestra tradición; es decir qué cosas, o mejor, qué ideas, tenemos o debemos considerar valiosas del pasado para recuperarlas año tras año en el presente y con esto crear y recrear nuestra identidad.

Posiblemente alguien tenga la impresión que estas líneas van a tomar la dirección de un recorrido en defensa de las tradiciones locales, de lo importante que es el pasado y todo un conjunto de argumentos folklóricos intentando persuadir alguna opinión desviada. ¡¡¡Alerta spoiler!!! No va de eso las líneas siguientes. No tengo la información suficiente como para desarrollar ese tipo de escrito, y seguramente habrá quienes lo hagan con mucha y mejor documentación. Lo que sigue entonces son algunas ideas sobre tradiciones y qué es lo que ponemos las sociedades en juego cuando éstas se ven cuestionadas frente a “voces modernizadoras”.

Festejos vendimiales

Para empezar, tenemos que decir que los festejos vendimiales no son autóctonos, sabemos que formaron parte de celebraciones paganas con origen en el viejo continente. Baco la autoridad máxima del vino para los romanos representaba un dios liberador vinculado con los festejos y los excesos; la agricultura y la fertilidad. No pocas veces la figura de este dios romano apareció en algunas representaciones en el anfiteatro Romero Day, actualizando la conexión con esta celebridad herética.

Nuestro festejo vendimial no es una celebración pagana, en la actualidad es una celebración oficial, pero como toda representación festiva dentro de sus múltiples sentidos algunos de los contenidos premodernos siguen presentes.

También propio de las nociones paganas son los animismos, propiedades humanas adjudicadas a instancias de un orden distinto de la vida, como en nuestro caso sucede con las inclemencias climáticas. La granizada representa la figura destructiva de la vida, del mundo agrario, y en la representación de los actos centrales de la vendimia tienen un lugar antagónico al labrador del campo. La granizada es lo otro del dios Baco, es la entidad sin forma específica que atenta contra el duro trabajo anual de los y las labradoras. Incluso el mismo fenómeno atmosférico, en ocasiones, conspira contra la misma celebración, imponiendo un “luto” por las pérdidas ocasionadas. Este “luto” no siempre sucede, no pertenece a la tradición. Esta apelación exclusivamente realista rompe los lazos del mundo simbólico con el mundo agrario, elimina el animismo, y en su lugar surge excluyentemente la realidad de la economía. Para cerrar el arco de personajes incluidos en las representaciones, el agua interviene como colaboradora del trabajador agrario. Muy probablemente la realidad del cambio climático también afectará a la constitución de esta, presentándola de formas nuevas.

Los festejos vendimiales son conmemoraciones que representan nuestro pasado agrario, con presencia continua a lo largo de los distintos momentos que constituyen la identidad de la provincia. Desde las líneas sarmientinas dedicadas a cuyo, esa mancha verde que antecede a las montañas, hasta la formación pictórica de la escuela de paisajismo de Mendoza; el pasado agrario es una imagen sólida, potente y representativa en la cultura de la provincia. En el presente incluso la misma retórica turística toma a este “paisaje mendocino” como su principal atractivo, y con esto actualiza la representación de otro de los símbolos de nuestra tradición. Bodegas, viñedos y montaña insistentemente aparecen en la retórica publicitaria turística de Mendoza.

También los orígenes de los festejos vendimiales tienen un pasado. Dijimos que en la actualidad es un festejo oficial, representativo de las fuerzas políticas y económicas de la provincia, y gracias a esto posee la relevancia conocida. En sus orígenes provinciales el festejo vendimial era una celebración plebeya, propia de los sectores trabajadores de la viña, de hombres y mujeres que realizan todo el trabajo del agro, concluyendo en la cosecha una vez al año. La figura relevante de las primeras celebraciones vendimiales era la mujer, debida cuenta a que las tareas de cosecha de los frutos eran realizadas por las jóvenes vendimiadoras. La vendimia constituye el final de un ciclo que repite lo mismo todos los años, un ciclo donde lo esperado es que nada sea nuevo. La buenaventura en la cosmovisión agraria proviene de la repetición de un tiempo circular, cerrado, previsible, en el cual se reserva un momento para festejar. Este festejo indica el punto de cierre e inicio del ciclo. A contramano del pensamiento moderno, el mundo agrario reconoce a la vida como la repetición de las mismas instancias, y esto constantemente desde tiempos remotos. Esta noción del tiempo es difícil de registrar en los festejos oficiales de la vendimia, el tiempo que no avanza, que se repite. Esta redundancia del proceso actualmente solo podemos reconocerla en las más o menos mismas acciones artísticas de las que cuenta los actos centrales, fuente de las más ácidas críticas de los/las especialistas sobre la cultura.

Este ciclo de la vida de los sectores trabajadores, de quienes viven por fuera de las ventajas y desafíos de la vida cortesana, metropolitana, también tienen un festejo originado en Europa. La fiesta de la vendimia en sus orígenes plebeyos, ancla sus antecedentes en los carnavales del siglo XII y XIII, en las fiestas populares del medioevo europeo. En la literatura encontramos la referencia de estas celebraciones en las formas y rituales que incluyen festejos carnavalescos, obras cómicas representadas en plazas públicas y otras similares. Existen otras formas en las obras cómicas y en diversas formas del vocabulario familiar, no oficial. Pero es en la primera forma, la del carnaval la que encontramos los antecedentes de las fiestas vendimiales.

El carnaval no es en sí mismo una representación puramente artística teatral, se encuentra simbólicamente anclado en la frontera entre el arte y la realidad de la vida cotidiana. La eliminación de las líneas que separan la realidad de lo puramente bello, puede verse reflejado en el Carrusel, o la Vía Blanca “de las reinas” donde el pueblo se funde con los objetos que están realizados exclusivamente para tal evento, las carrozas. El carnaval plebeyo era una instancia festiva, una licencia de las obligaciones del trabajo durante una cantidad de días, en la cual solía invertirse el “orden” oficial de la vida feudal. Temporalmente penetraba en el reino utópico de la universalidad, de la libertad, de la igualdad y de la abundancia. La elección de una reina, momento cúlmine de las acciones, en estas festividades no afirmaba -y no afirma- la idea del poder monárquico, sino que justamente es una versión paródica de tales figuras del orden político, y de las jerarquías sobre la propiedad de la tierra.

Actualización y desarrollo

Los festejos vendimiales deben su actualidad justamente a diversos cambios sucedidos a lo largo de su propia historia. Como celebración incorporada a la tradición de la provincia se adaptó a las modificaciones que la misma organización social fue adquiriendo. Desde celebración exclusiva de los sectores trabajadores del campo, a formar parte de la agenda de los eventos culturales oficiales del estado moderno mendocino, los festejos vendimiales adaptaron los sentidos originales a otros nuevos, y estos inventaron nuevas formas. A veces coexistiendo unos con otros, en otras, desplazando unos a otros. Antes de la actual polémica, la elección de la reina arrastraba otro cuestionamiento, se decía que perdió su valor originario, que ya no participan de la elección trabajadoras de la cosecha, y que ahora participan jóvenes en el marco de un concurso de belleza. Este argumento realista tiene la fortaleza de reconocer que esta celebración no pertenece más a la exclusividad de un grupo, ahora representa a una totalidad diferente, anclada en un tiempo diferente. Digamos que los sentidos de las representaciones no se pierden, al menos en la medida que nuestra civilización esté interesada por sus orígenes. Los sentidos de la celebración vendimial se han transformado, adaptado, otros desplazados, pero todos están presentes y dispuestos para ser recuperados en caso de que los intereses contemporáneos lo requieran.

Con todo esto dicho, la presencia actual de una serie de ideas que están desplazando a otras “no obligan” a la actualización forzada de las representaciones o de las celebraciones. El ejemplo más convincente es la presencia de las iglesias y creencias religiosas, a pesar de que llevamos siglos pensando racionalmente nuestra sociedad. Diversas instituciones religiosas acoplan sus ideas al estado moderno, y a la vida de las personas. También en festividades similares a la Vendimia valoran ese componente popular, plebeyo y de origen pagano, logrando fusionar dos tiempos diferentes. El carnaval de Rio de Janeiro sigue siendo un ejemplo y no parece, al menos en un plazo corto, modificar las instancias históricas de estar ligada al pueblo, sobre todo a las partes más desfavorecidas, a sus contenidos paganos y a la inversión paródica del poder en sus representaciones.

Otro punto que genera un fuerte debate tiene como objeto a la representación misma del acto central. La crítica cultural no encuentra en el repertorio moderno de ideas, las clasificaciones justas dónde incluir al acto central entendido como género artístico. Es claro que esta representación no pertenece a ningún género del teatro, sintetiza lo que anteriormente decíamos, el proceso de producción del vino en los términos propios de la cosmovisión agraria. Quizás sea más apropiada ver los actos centrales de la vendimia como festejos rituales, asociados al conjuro de la abundancia, la fertilidad y el gozo.

Reconocer los festejos vendimiales en sus múltiples orígenes no supone la inmovilidad de las representaciones, que estos estén obligados a presentar siempre lo mismo. Las tradiciones mantienen su contacto del pasado con el presente justamente porque seleccionan diversos aspectos de ese pasado que tengan sentido en los tiempos modernos. Las modificaciones que introdujo Abelardo Vázquez en las vendimias a partir de la década del ´60 innovó exitosamente la representación, actualizó la visualidad de la misma y garantizó la continuidad de esta en un nuevo tiempo. Fue el innovador más cercano que tenemos para reconocer una actualización exitosa. Vázquez interpretó el acto central dentro de una forma que vinculaba más al espectáculo urbano del Music Hall, contenidos en los programas ómnibus de la televisión y del cine, y esta actualización funcionó con mucho éxito, pero al parecer se está quedando sin combustible.

Las actualizaciones de las tradiciones no son novedades dentro de las sociedades, al unir el pasado con el presente de un grupo humano construye su identidad en los términos de un hoy vivido. De hecho, la tradición si bien remite al pasado con continuidad en el presente no lo es con algo dado irrefutable, se parece más al deseo de un presente. La tradición no es ingenua, no es boba. Puede ser que las claves para identificar el deseo del presente, fundamento de la necesaria actualización del repertorio de la tradición de Mendoza, está justo en la crisis económica y política actual, crisis que no es moderna. ¿Qué presente queremos reivindicar? ¿Qué valores culturales surgidos de nuestra producción económica queremos argumentar en las representaciones rituales de nuestra provincia? Para concluir también es necesario decir que los discursos modernizadores, también son tardíos. El siglo XXI, no solo deja relegada la vieja sociedad industrial que marcó el siglo XX, sino también a la modernidad la cual representaba el mundo industrial. El tiempo actual, el tiempo contemporáneo es distinto al moderno, pero esto ya es un tema que supera las intenciones de estas líneas.

*Algunas de las ideas de este escrito están basadas en un conocido libro de Mijail Bajtin sobre las obras de Francois Rabelais. Repasando sobre este último autor, quien se desempeñó durante el siglo XVI apareció una referencia “afectiva”, una referencia no buscada, y por cuestiones “emocionales” me obliga a citarla. En 2009, por primera vez se edita en español Tratados del buen uso del vino, presuntamente escrito por Rabelais. Sin conocer su contenido y solo guiado por algunos comentarios parece apropiado sugerir que tal escrito existe, en estos tiempos donde también se suma al debate una ley de alcoholemia cero.