Messi y el amor por la camiseta, el principio de todo
Joaquín no durmió con pijama anoche; no. Se acostó con la camiseta celeste y blanca, de tela sintética, con un 10 en el pecho y un Messi en la espalda. Se acostó e intentó elegir el sueño antes de cerrar los ojos. “No usa otra cosa que la camiseta de la Selección. Lo hace feliz”, cuenta la mamá de Joaquín, que está sentada en la plaza Juan de Dios Videla, de Godoy Cruz, mientras su hijo corre detrás de la pelota. Joaco, que tiene 12, usa la misma camiseta; o alguna versión de ella, desde hace meses. “Tiene tres, de dos mundiales distintos. No se la puedo sacar”, relata la señorita. Hay una tendencia, una moda, o, más aún, una plaga textil. Un color que abunda y un nombre que se repite. Ya ocurría antes, y desde hace algo más de un mes es bicolor.
Celeste y blanca. De tela respirable, algunas. De satén, de modal, de algodón. Comprada en un shopping, en la feria persa, en un puesto en la calle. Heredada de algún evento, adquirida con alguna promoción. Incluso improvisada con bolsas de plástico, como hizo el niño afgano Murtaza Ahmadi. El semiólogo Roland Barthes describió en “El sistema de la moda” cómo las prendas de vestir son mucho más que prendas de vestir. En efecto la camiseta de la Selección con el nombre Messi es mucho más que una remera empleada para vestirse y distinguir equipos. Pero no tuvo en cuenta el brillante intelectual francés que hay otra plano; que la camiseta que alguien diseña, algunos confeccionan de a millones y otros compran, se impregna de un significado emocional enorme. Es la razón por la que Joaquín y millones de niños la usan para jugar en la plaza, para corretear una pelota y para soñar.
“La camiseta de Argentina para mí es un sentimiento. Me pongo contento porque gana Argentina pero nervioso durante todos los partidos”, dice Fidel, de 9 años, que prepara con vecinos, madre y amigos cada partido. De vuelta: es mucho más que una camiseta, mucho más que un nombre. “Messi es el mejor jugador del mundo. Es un capo. Me encanta ver sus goles y cómo juega. Veo videos en Tik Tok sobre él y después compruebo en otras páginas si es verdad lo que dicen ahí. En este tiempo me enteré de muchas cosas. Por qué se llama Lionel, su fecha de nacimiento, su trayectoria como jugador y que a pesar de que patea con la izquierda, escribe con la derecha”, describe Fidel, que podría escribir una enciclopedia sobre Messi.
Messi ha generado una relación entrañable con los niños; con la generación pos Maradona y también con los viejos que vieron a otras estrellas y en paralelo también despertó una revolución industrial en el mundo de la indumentaria. Su camiseta es la más vendida en todas las versiones. Las del Barcelona, abundan. Las del PSG están en los potreros de cada pueblo argentino. Es incalculable, pero se puede hacer la ridícula cuenta de la cantidad de camisetas vendidas con ese nombre detrás. Supera, largamente cualquier otro intento de ostentación de marca: Messi es el nombre más repetido. Los dueños de las tiendas Gath y Chaves, que confeccionaron la primera camiseta de la Selección para el mundial de 1930, no se lo podrían haber imaginado.
La 10
Un señor mira el partido de la plaza y se ríe. Recuerda lo difícil que era tener una camiseta en "sus épocas", cuando era niño Los equipos de barrio abundaban, los campeonatos vecinales también. Tierra, pelota de cuero raspada, con gajos rectangulares, potrero, goles y, muchas veces, piñas. "Me acuerdo de las primeras camisetas que tuvimos. Lavamos autos, cortamos el pasto de los vecinos, limpiamos veredas...todo para juntar plata. Compramos camisetas blancas, gruesas y duras en la tienda Las Tres B de San Juan. Le pusimos los números con cintas y las usábamos solo para los partidos", dice el hombre, de casi 50. En la plaza todos llevan la 10, como una ilusión. Se ríe irónicamente el señor porque, futbolero como es, entiende que ese número no es para cualquiera. “El 10, es siempre el líder; el mejor”, asegura. Y cuenta una anécdota. “Una sola vez me dieron la camiseta 10 de favor. Jugué mal y escuché una charla que aún me duele: ‘le dieron la 10 y no la puede ni parar’, dijeron otros pibes. Con los ojos llenos de lágrimas me saqué la camiseta y me fui al arco”, recuerda el hombre.
La 10 no es para cualquiera, asegura el señor. Messi, por ejemplo, usa la 10 de la selección, pero no juega en esa posición. Debutó con la 30, usó la 19 y se recibió de líder futbolístico en Barcelona cuando le dieron esa camiseta, la más vendida de la historia. En el PSG, como gesto de humildad, no la reclamó. Heredó la 10 de Maradona y ahora le queda perfecta.
Con esa demanda la empresa Adidas no dio abasto. La camiseta de la Selección argentina, la original, tiene casi el mismo precio que una jubilación mínima. Se agotaron y se venden todas las que se fabrican. Las réplicas abundan. En locales, en las esquinas, en florerías, en negocios de barrio.
Hay una industria alrededor. La celeste y blanca da trabajo. “Se vendió todo lo que pusimos antes del mundial; ahora bajó porque ya casi todos la tienen”, explica Juan, que de ventas oportunas sabe mucho. Está al pie del cañón ante cada evento, partido o hecho trascendente. Espera la oportunidad que está a la vuelta de la esquina: la nueva camiseta de la Selección que, sin cambiar de color, será completamente nueva y demandada como nunca. “Ojalá se concrete”, repite con visión comercial y deseo futbolero. Es la camiseta con tres estrellas, la que representaría la gloria para Argentina, Messi y los millones de niños que sueñan como él


