Dejó la escuela siendo niña para trabajar, tuvo 6 hijos y a los 46 años fue abanderada: sueña con ser chef
Liliana Riquelme tiene 46 años. No parece haber vivido una sola vida, sino muchas. En cada tramo de sus relatos, da la pauta de que cada desafío la hizo más fuerte, casi sabia. En las marcas de sus manos guarda los secretos que tienen solo quienes han sabido tirar de la cuerda a su favor. Pese al dolor extremo, pese al sacrificio casi ilimitado que la hizo sacar fuerzas, inclusive, donde ya no había. Hace poco, "la Lili" -como todos la llaman- egresó del Centro de Educación Básica de Jóvenes y Adultos (Cebja) ubicado en el distrito mendocino de Colonia Segovia, Guaymallén. No fue solo el inicio de una etapa, sino la demostración de la férrea convicción que la movilizó por años. Quería aprender a leer y escribir para poder un día, continuar una carrera. Salió abanderada y ahora espera poder continuar la escuela secundaria para ir por su sueño: estudiar gastronomía y volver un día a su casa con el diploma que tenga su nombre.
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La charla con Liliana no es una más. Abre su corazón y comparte, por ejemplo, que ella y sus tres hermanos fueron abandonados desde muy pequeños. Su mamá, que no tenía las herramientas anímicas, psicológicas ni materiales para hacerse cargo de sus cuidados, la mandó a vivir con su abuela. Desde ahí, nunca más la vio. Lili tenía solo siete años; llegó hasta segundo grado y desde entonces, tuvo que salir a trabajar. A los nueve años, fue la primera vez que pisó una chacra; no para acompañar a otros, sino para levantar entre los surcos la fruta madura. Vivía en una casa de adobe, en un campo de la zona de Ugarteche, sobre de El Carrizal de Arriba. No tenía luz, ni gas, ni agua. Todo lo que ganaba, se lo entregaba a su abuela. "Solo trabajaba y no iba a la escuela; mis cuatro hermanos se habían ido muy lejos, yo vivía con mi abuela y un primo", recuerda "la Lili" de aquellos años de infancia.
La fuerza de la convicción
Su tono es amable; su valor incalculable. No se queja al contar cómo fue su infancia, pues considera que a lo largo del camino se hizo fuerte, tanto como para no dejar que la tristeza la venciera cuando con solo quince años, su primera pareja la abandonó. Estaba embarazada de gemelos. Y allí estuvo "la Lili". Sola, con dos bebés que la demandaban día y noche y con la necesidad de trabajar a destajo. Tenía que garantizarles el techo y la comida. Nunca, jamás, dejó de trabajar. Pasó tardes azotada por el sol, cortando con sus manos los racimos, se enterró hasta los brazos para sacar las papas y cebollas desde abajo de la tierra. Pasó noches en vela, sumida en la soledad, trenzando ristras de ajo en los galpones. Necesitaba entregar a sus pequeños la posibilidad de cuidarlos, de hacerse cargo, de darles el amor que ella no pudo recibir. "No podía seguir estudiando, tenía que sostenerme para cuidar de ellos. Pero yo nunca me olvidé de mi sueño de aprender a leer y a escribir, de retomar la escuela para salir adelante", reflexiona al volver el tiempo. Encuentra entre sus recuerdos a esa adolescente casi niña, que luchó contra todo para salir adelante.
Marcos y Daniel ya tienen más de treinta. Cuando Lili conoció al padre de su tercer hijo, Marcos, todavía era una adolescente. Una vez más, el abandono: "nos dejó. Simplemente, se fue", relata Lili al contar cómo fue que en esos años de soledad y abandono logró subsistir y sostener a sus pequeños. Nunca se detuvo; siguió redoblando esfuerzos, trabajó casi día y noche en la chacra. Levantó frutas y verduras de todo tipo. Hoy, el sacrificio parece cobrar la pasada con una buena tajada de su salud. Siente dolores en los huesos y la exposición extrema a la tierra le intensificó el asma. Fue en Ugarteche, aún cuando sus tres primeros hijos eran pequeños, cuando encontró una veta para retomar la escuela. Se anotó en un centro de alfabetización de la zona y volvió segundo grado. Habían pasado más de quince años. Y muchas vivencias en el devenir.
"No me acordaba nada. Tuve que empezar de cero", recuerda Liliana. Para poder reconocer las letras, practicar sus formas y memorizarlas, llevaba al galpón donde seleccionaba y trenzaba ajos, unas tarjetas. "En cada descanso me sentaba y practicaba, quería ayudar a mis hijos en la escuela", dice. A ellos, siempre les garantizó el acceso a la educación. No quería repetir su historia. Siguió trabajando a destajo; tuvo que volver a dejar la escuela.
Jugadas de la vida
Los años y la soledad, le acercaron a sus orillas una nueva pareja. Liliana tenía 23 años. "Era un hombre muy bueno, nos quería mucho y reconoció con su apellido a mis tres hijos", abre su corazón Lili. Fruto de esa relación, nació su cuarto hijo. Pero la vida volvió a ponerla en jaque. Así y todo, ni la tristeza por haber perdido a su amor como consecuencia de un cáncer letal (con solo 38 años), la derrumbó. Tenía que seguir; ahora eran cuatro los niños a los cuales alimentar. Los días y los meses, se le escaparon de las manos a esa mujer que pudo contra todo. En las noches, cuenta Lili, cuando ya regresaba de la chacra y atendía a sus hijos, se disponía a cocinar pastelitos para venderlos al día siguiente; no olvida más aquél momento en que llegó a cocinar 200 pastelitos por día. "Con eso más lo que llegaba a ganar en la chacra y el galpón de ajo, llegaba a alimentar a mis niños; no quería que nada les faltara", cuenta la mujer.
Abanderada de la vida
Liliana vive en Colonia de Segovia, desde hace 17 años; llegó desde Ugarteche después de casarse con el padre de sus dos hijos más chicos, de 15 y 13 años. Para mantener a los seis y brindarles todo lo necesario, siguió trabajando en el campo. Fue un día cualquiera, cuando estando tomando un breve descanso sentada en un banco de la plaza, se puso a charlar con una señora: "Le conté que quería seguir estudiando; que siempre fue mi sueño terminar la escuela para poder estudiar gastronomía", recuerda. Fue en ese momento, cuando aquella mujer le explicó que en el centro de adultos cercano a la plaza un grupo de educadoras se encargaban de formar a personas de todas las edades que, al igual que ella, no habían tenido la oportunidad de estudiar.
"Allí, en la escuela Jóvenes de Malvinas puede terminar la primara. Tuve el honor de salir abanderada. Solo pido poder seguir estudiando porque quiero tener mi título secundario", expresa Liliana con esperanza y convicción. Asegura que en aquellos momentos, cuando se encontraba fabricando pastelitos para poder alimentar a sus hijos, supo saborear la vocación por la que -asegura- desea perfeccionarse en un plazo no muy corto. Sabe que nuevos desafíos la esperan. "Sé que es una carrera que no es muy accesible, pero espero poder hacer todo para cumplir mi objetivo", asegura. Ahora, solo queda que en el devenir, la vida comience a abrirle puertas. "La Lili" hizo más de lo suficiente para que esta vez, el saldo tenga un resto a su favor. "El techo de todas las cosas que hacemos es el que nosotros mismos nos ponemos. Siempre se puede ir por más para cumplir lo que realmente queremos", dice con optimismo.

