Prostitución nacional: el oficio más antiguo desde el Obelisco a Los Andes
Durante el siglo XX se tomaron medidas para perseguir el proxenetismo y la “trata de blancas”, pero una triste historia sigue cobrándose víctimas. Inacción y, en muchos casos, la complicidad de los poderes de turno. Tres “fotos” históricas (lo nacional, provincial y municipal) reflejarán ejemplos como aún en distintos ámbitos, metropolitanos y cosmopolitas o barriales y cercanos, no se distinguen dimensiones territoriales cuando de pasiones y negocios se trata.
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Crónica histórica de una muerte anunciada
“Mientras camina pasa la vista de esquina a esquina / No se ve un alma está desierta toda la avenida. / Cuando de pronto una mujer sale de un zaguán / Y Pedro Navaja aprieta un puño dentro 'el gabán”. La conocida canción de Rubén Blades y Willie Colón podría graficar el tema de la prostitución. Y si bien la canción de salsa relata la acción de un hampón por “el viejo barrio” de Bowery Side (Queens - New York), perfectamente puede trasladarse a cualquier lugar del país. Obviamente, Buenos Aires, Mendoza o un departamento como Rivadavia que será el pueblo que tomaré como ejemplo por ser donde vivo y el que primero estudié, pero que seguramente reflejaría la misma semblanza que cualquier otro estado municipal.
“Mira pa' un lado, mira pal' otro y no ve a nadie. / Y a la carrera, pero sin ruido cruza la calle. / Y mientras tanto en la otra acera va esa mujer. / Refunfuñando pues no hizo pesos con qué comer”. Podría ser también la historia de cualquier persona que al terminó del día no logró su sustento diario. Una prueba contemporánea fue que, durante la reciente pandemia, la prostitución aumentó considerablemente y seis de diez mujeres que habían abandonado el oficio volvieron a ejercerlo.
“Quilombos”, “pebetas”, “casfishos” y “bacanes”.
A fines del siglo XIX y principios del XX en Buenos Aires siete de cada diez personas eran hombres y en gran medida: jóvenes, inmigrantes y solteros. Esto seguramente podría justificar por qué en ese momento en las urbes porteña y bonaerense había 239 escuelas, 16 Iglesias católicas y, nada más y nada menos que 6.000 prostíbulos, de los cuales solo 945 estaban autorizados según registros de 1907.
El censo nacional de 1914 determinó que el país tenía una población de casi 8 millones de habitantes. El aglomerado del “gran Buenos Aires” un poco más de 2 millones, mientras el 42 % de la población era inmigrante. Mendoza en ese tiempo tenía 277. 535 habitantes.
En el centro porteño había una falsa sinagoga judía atendida por "truchos" rabinos (La Varsovia) que lo único de religioso que tenía era la estrella de David en el portal mientras en su interior las excluyentes alabanzas sagradas eran solamente para "ellas".
El momento aquel, según el antropólogo Pablo Ben en “La ciudad del pecado” (“Moralidades y comportamiento sexuales. Argentina 1880 -2011”. Valobra, Barrancos y Guy), se propició una cultura sexual reprimida, heterosexual y conservadora que lanzó a las calles a los varones y confinó a la mujer al ámbito doméstico, generando un amasijo de lascivia, lujuria y obscenidad”.
En la historia del país los prostíbulos tuvieron una gran incidencia social. Por aquel tiempo la población podía encontrar entretenimiento en algún circo que llegaba por unos días al barrio o en el incipiente "balompié" que empezaba a rodar por nuestros potreros. En paralelo, los prostíbulos se presentaban también como el lugar de reunión donde los hombres lograban vincularse con las mujeres, pero además era el ámbito para concretar transacciones comerciales o cerrar alguna candidatura electoral.
La división entre “francesas”, “polacas” y “criollas” era una especificación de “nivel” y de “tarifa”. Algunas estimaciones de época daban como ingreso diario las siguientes cifras de acuerdo con la categoría de prostituta: “Cocotte”: $100; cabaretera $30; prostituta clandestina $ 20; girante $15 y alcahueta menos de $5.
A su vez “las casas de tolerancia” generaban un extenso circuito económico que involucraba gran cantidad de "mano de obra": las chicas del oficio milenario, meretrices, cafishos, "matones" de seguridad, coristas, cantantes, locutores, cantineros, lícoreros, mucamas, cocineros, cocheros, rufianes comisionistas, parroquianos y seguro, la complicidad de policías, médicos, gobernantes y jueces, escondidos bajo una hipócrita pantalla de "hombres de bien" en el medio de una sociedad que casi siempre hacia "la vista gorda".
El negocio se multiplicaba cuando a la prostitución femenina se le agregaba "el garito" con su juego de naipes, los dados, la venta de bebidas blancas, el alambique clandestino, el comedor, el contrabando de cigarrillos, las orquestas típicas, los cantores populares y el baile.
Todo un "combo" al servicio de la "calavera" platea masculina. "Dados, timba y la poesía cruel", diría el tango. Un negocio completo para los más "avispados".
Durante años las autoridades “miraron al costado”. Ese tiempo oscuro acabará en los años 30 (podríamos destacar la Ley Palacio y prohibición de trabajo de menores) cuando se logró desmantelar las sociedades mafiosas polacas de Ziw Migdal y Aschquenazu. Una tal Raquel Liberman, se animó a denunciar la organización. Liberman era una polaca de familia humilde que había viajado a la Argentina junto a sus hijos para encontrarse con su marido. Nunca lo encontró. Fue reclutada por la mafia. Pudo comprar su libertad al tiempo. Creyó erróneamente haber encontrado un camino con su nueva pareja. Fue perseguida, estafada y traicionada por su novio, quien la volvió a entregar al mafioso Migdal. Su prédica justiciera tuvo eco, pues con aplicación de la Ley de Residencia se logró detener y deportar a los proxenetas. Pero había un fondo político también, vinculado a dos intereses grises de la dictadura de Uriburu: la intención de mostrar a los anteriores gobiernos radicales como corruptos y el marcado antisemitismo de los “salvadores de la patria” que habían perpetrado el golpe de 1930.
Mendoza, los pueblos y “la vista gorda”
“El mal necesario” seguía conviviendo con la hipocresía del caso. Aquella proporción bonaerense relacionando instituciones y burdeles también se podría trasladar a un pueblo como Rivadavia, o una ciudad como Mendoza.
La Municipalidad de Mendoza estableció un Reglamento para las Casas de Tolerancia en 1885. Estaba firmado por Luis Lagomaggiore. “Los piringundines” debían estar registrados ante la Secretaría Municipal. Era exigencia constatar el nombre de las “chicas” y la ubicación del local.
Mientras tanto Rivadavia, contaba en todo su territorio con más de 38 prostíbulos en 1906, de los cuales sólo tres no se escondían bajo la fachada de bares, hoteles o casas particulares, figurando ante el fisco municipal con el falso título de "despacho de venta de bebidas, comidas y tabaco con patentes fiscales" con un canon de $30 anuales en 1905.
Legales e ilegales
Los prostíbulos matriculados en Rivadavia debían pagar $10 anuales, pero debían exponerse socialmente con ese rubro y a las inspecciones semanales más la correspondiente adecuación y controles a las normas de higiene, lo que multiplicaba los costos (económicos y sociales) por lo que la mayoría optaba evadirlo.
Según el Reglamento Provincial sobre Habilitación de Prostíbulos o Casas de Tolerancia, los albergues debían tener habilitación “oficial” y “limpia”. Mientras tanto, las damas involucradas necesitaban imperiosamente el apto sanitario esgrimido por un médico municipal. El Reglamento disponía que un médico visitará las casas, los miércoles y sábados, revisando las pupilas y anotando en un libro a tal efecto: "sana" o "enferma".
El problema fue que las municipalidades delegaban su responsabilidad en las meretrices de cada uno de los prostíbulos dejando que contrataran a un médico de su elección, hecho que generó todo tipo de arbitrariedades haciendo ineficiente el control.
El médico de pueblo
El único médico de Rivadavia a comienzos del '900 era Pascual Cantarella quien se excusó de cumplir tal actividad sosteniendo textualmente: "me desligo de la tarea por una cuestión moral, reñida con el pecado de la religión que profeso".
Al margen de tal situación en un informe solicitado al municipio por el gobierno provincial en 1904, el mismo Dr. Cantarella escuetamente informa: "He detectado muchos casos de tifo - abdominal, muchos casos de tos convulsa, muchos casos de escarlatina y difteria y muchísimos casos de enfermedades venéreas, como sífilis, blenorragia o gonorrea".
El reglamento mendocino había copiado normas del documento porteño de 1875 que regía la zona central y el puerto de Buenos Aires. Presentaba normas absurdas como por ejemplo (textual): “prohibición para ejercer la prostitución a mujeres menores de 22 años, siempre y cuando no hubieran perdido la virginidad antes de esa edad".
Es decir, estarían habilitadas reglamentariamente a ejercer la prostitución todas las mujeres desde el momento mismo de perder la virginidad (fuera la edad que fuese). El reglamento exigía además una especie de declaración jurada donde la mujer dejaba constancia a qué edad perdió la virginidad y requería por menores que pareciera hubieran sido redactados por el periodista de un programa de chimentos.
El Barrio Norte de Rivadavia
La "zona norte" rivadaviense (la más antigua del radio urbano) fue la sede de la mayoría de los establecimientos de citas, siendo los populosos Barrio Las Ranas y Villa Elvira, los lugares más frecuentes para éstas actividades. Lo cierto es que "el negocio" generó continuas protestas del vecindario "ante los actos de evidente promiscuidad", según consta en un reclamo comunitario ante Modesto Gaviola, Presidente Municipal (23 de agosto de 1905).
También hacemos notar que cada reclamo formal para ser considerado debía pagar un sellado municipal de $1 por folio redactado, bajo el título de "Protesta ante el Presidente Municipal", lo que en ocasiones aumentaba la bronca de los quejosos "moralistas".
La primera "casa de citas" del pueblo rivadaviense, y una de las más caracterizadas de la zona este estuvo ubicado en calle 25 de Mayo. La más reconocida de esas "casas" en la década del '30 fue el famoso "Che - Che", contando entre sus féminas con señoritas de distintas nacionalidades. Ya promediando el siglo XX entre los reconocidos “quilombos” rivadavienses estaba “El River” en la zona de "Los chorros 'e leña", cerquita de la estación del ferrocarril. Y más acá en el tiempo “El Grillito del Gitano", otro de los "tugurios" que cubrían la cuota de esparcimiento masculino. Obvio, muchos de estos locales tenían además sucursales en La Libertad, Reducción, Medrano y La Central.
En los pueblos la foto de la prostitución siguió siendo cruel. Existe una imagen cinematográfica donde los “bacanes” llegan al cabaret, toman un trago y escogen una chica. La imagen barrial fue diametralmente opuesta. Las pocilgas de mala muerte sin agua ni baño presentaban una larga cola de clientes esperando en la vereda bajo la mirada de “la madama” que al final de la jornada reclamaría de cada pupila “la lata” (el tarrito donde se guardaba la plata) de tantos “servicios” prestados. Las chicas debían cumplir un número de servicios diarios mínimos que oscilaba alrededor de 30 y cada acción no debía exceder los 10 minutos. En caso que un parroquiano contará con más plata o con renovada ansiedad debía salir y esperar de nuevo su turno.
Esa era la triste rutina. Todo era un quilombo. Una historia que se repite con otras caras y que sigue manifestándose en la proliferación de abusos y femicidios que esta actividad conlleva, mientras la deuda social, jurídica y política sigue siendo atroz.