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Lionel Messi es chévere en el país que nunca jugará un mundial

Lionel Messi rompió barreras en lugares que han resistido o han tenido bloqueado el acceso. En Cuba el fútbol penetró y es un viaje en el tiempo a la Argentina de los ´80: más ímpetu que estrategia, más corridas que gambetas y una misma diversión. Messi es chévere para los cubanos.

Uno de los niños le pega un puntinazo y la pelota, de un cuero cuarteado y desinflada, se hunde; dibuja el contorno del pie. Detrás corren otros 10 alumnos. Esquivan algo de basura y un Pontianc 55, un “almendrón” que parece un barco y que quedó atrapado en la cancha improvisada en la calle Campanario, justo dos cuadras antes del malecón habanero. No hay orden de juego, más bien ambición por pegarle a la pelota; hacer un gol parece un objetivo secundario. Es la hora de educación física de la escuela Sofield Riverón López. La maestra cortó la calle con una cinta para convertir el espacio en una extensión de las tareas escolares. Están en cuarto grado y juegan al fútbol, un deporte que era exótico hace algunos años, pero que ha penetrado en la Isla con su propia impronta.
 

“En cuarto grado toca fútbol. En quinto atletismo”, cuenta la maestra antes de largar la pelota al medio para desatar las corridas. No se distinguen equipos, ni géneros. “Varones y hembras juegan juntos”, dice. Eso en Argentina no se puede decir. La improvisada cancha es compartida por niños y niñas. Eso en Argentina cuesta hacerlo. 

No usan camisetas de equipos europeos y mucho menos locales, pues no existen. Lo que pasa en la cancha es puro instinto. 

El fútbol en Cuba es un viaje al pasado de la Argentina. 

 

 Mirar un partido de fútbol entre niños en las calles de La Habana es un viaje a la infancia argentina. A los momentos en que, como ocurre en Mendoza y San Juan, los partidos eran una carrera de obstáculos entre acequias y árboles; donde había que esquivar alguna señora que iba camino al mercado y la invasión de colores de clubes extranjeros que hoy visten los potreros locales aún no llegaba. Los cubanos juegan. Tienen el estado atlético, pero no la destreza. Tampoco la picardía de potrero. Hasta hace poco en La Habana, si alguien quiere jugar a la pelota le van a tirar una bola del tamaño de la mano y un palo, un bate.

Los pioneros, dentro de la escuela. Como en todo el mundo, los niños se aburren en clase y desean el recreo.

Dentro de la escuela, los niños que antes corrían bajo el sol, ahora tienen su uniforme con pañuelo al cuello. “Che comandante, che guerrillero; todos los niños seremos pioneros”, recitan a pedido de la maestra.

Hay pocos nombres propios que sobresalen en la Isla Bonita. La mayoría por obligación de la instrucción formal, y las órdenes del Gobierno, esas que son como un rezo de una fe obligada. El Che, Camilo Cienfuegos y, el indiscutible José Martí son parte de su vida cotidiana en fotos, cuadros, bustos y textos. Ordenados, los pioneros fluyen en la escuela; se divierten en los recreos y se aburren en las clases, como en todo el mundo.

En ese camino de descubrimiento hay un nombre que suena, que repiten los niños: Messi. “Tienen locura por Messi ”, repiten los adultos. No es un fanatismo al estilo argentino. Es discreto, es un hallazgo que también guarda ternura y rompió barreras de manera más espontánea que otros. Cuba no va a jugar el mundial y quizá nunca lo haga. Aún así o quizá por eso, el 10 de la selección argentina tiene quienes le deseen el bien.

Pelota pinchada

Las nuevas generaciones crecen con el fútbol. Patean las pelotas que consiguen. La mayoría está desinflada, con los cascos rotos. Padres y abuelos habían vivido con la pelota (el béisbol); un deporte que combina estrategia y astucia y que puede dejar dormido a cualquier desprevenido que no entienda su lógica. Además de alguna habilidad y velocidad, en la pelota se valora el poder de un brazo. Un picher puede lanzar una bola que pesa media libra a más de 150 kilómetros por hora. La combinación de velocidad y dureza suma poder suficiente como para partirle el cráneo a un hombre adulto. 

En las tribunas del Estadio Latinoamericano no hay barrabravas. Sí algunos gritos de aliento, como lo hacía el “Tintorero”; acaso el hincha más famoso de la historia reciente de Cuba. Tanto, que tiene su asiento eterno en el estadio. El Tintorero gritaba para desconcentrar a los rivales y alentar a los propios. Fue un héroe nacional popular, de los pocos que crecieron fuera de la estructura tradicional. Y tuvo su premio: un “polaquito”, un pequeño auto soviético, donado por el Gobierno cubano. 

Con el fútbol es distinto. No hay grandes estadios aún. Pero el juego puede acomodarse en las estrechas callecitas de La Habana, en las plazoletas de Santa Marta y Varadero; pueden jugarlo con sandalias,  zapatos y zapatillas viejitas.  

Un picado en una plaza de Varadero. La 10 desgastada, con Messi en la espalda. 

Revoluciones

Carlos cumple 59 años, tiene olor a tabaco viejo y está un poco ebrio. “Soy Carlos y es mi cumpleaños”, repite. El viento del mar pega fuerte. Carlos aparece de improviso, trastabilla un poco y se sienta en la plazoleta; frente al malecón. Cumple 59 años, dice, y a su alrededor un grupo de adolescentes buscan conectarse a internet. Tiene una petaca escondida y un par de habanos de dudosa calidad envueltos en páginas del Granma que más adelante va a intentar vender. Él es nacido y criado en la revolución cubana. No conoció otra forma de vida y dice que admira a Fidel. “Era un hombre fuelte. Hay que ser fuelte”, dice. Y marca la “L”. No es difícil sentirse cómodo para alguien de una provincia al hablar con cualquier cubano. La mayoría cambia la R por la L y al mencionar la J apenas hacen un rasgido de curedas vocales. Nosotros, en Cuyo, no pronunciamos las S. Es un buen acuerdo fonético y nos entendemos. Más cuando nos ponemos de acuerdo en la LL: a diferencia de lo que esperan de cualquier argentino que tiene el yeísmo como impronta, nosotros y los cubamos arrastramos la doble ele.

Cuando aparece la policía Carlos se pone nervioso. Si lo pescan vendiendo tabaco, puede pasarla mal. Va preso. El hombre no alcanza a explicar por qué si es su cumpleaños no está festejando. Por qué la pasa mal y está solo en la calle.  La sensación ambigua que tiene sobre la realidad cubana es la que comparten muchos. Orgullosos por obligación, desinhibidos para contar los beneficios del modelo; pero muy tímidos para relatar lo que sufren: hambre, autocensura y un aburrimiento profundo, como el que siente Carlos en el día de su cumpleaños frente al mar y con la brisa de frente en uno de los sitios más lindos del mundo. Carlos no entró en la nueva profesión cubana: el rebusque. Ya no existe la “ley de vago”, que permitía juzgar a quienes no podían demostrar que tenían un trabajo. Hoy pueden ser comerciantes; cuentapropistas. Y lo hacen a la cubana. La salida tradicional. Comprar barato al Estado, venderle caro a los cubanos que no pudieron comprar y a los turistas. Carlos repite que Fidel era “fuelte” y repite como un loro. Si cambia de tema, vuelve a la charla otro personaje fuera del discurso oficial: Messi, otro hombre fuelte.

Pasear por la noche en la Habana Vieja es un desafío a los prejuicios. La gente está en la calle. Toda la gente. Si ganar la calle es un objetivo aspiracional para cualquier argentino, en Cuba es un estilo de vida. Hay mucho ruido, voces, sobre todo voces. La vida ocurre puertas para afuera. Caminar a cualquier hora no es problema porque no hay violencia, dicen. En cuba hay más posibilidades de morir picado por una medusa caminando por el malecón, que por un arma de fuego. Porque es así. El mar cuando está bravo escupe agua, algas y medusas venenosas. Parece una exageración, hasta que uno recorre la Avenida del Mar cuando se corta por el golpe de las olas y encuentra a una “fragata portuguesa” entre las algas que quedan desparramadas. Es así, no habrá problemas siempre y cuando haya obediencia: todos están de acuerdo en que no hay que manifestarse en desacuerdo; siempre que no la quieran pasar mal. Las broncas se dicen como susurro, ya no con el ímpetu y la alegría típica de los caribeños.

Una postal de La Habana vieja.

Hay miles de edificios en ruinas, columnas corroídas por el tiempo. Más adentro cada hogar se podrá ver una escalera maltrecha, muebles de estilo añejados, una hamaca que se mueve, una anciana flaquita a la nos gustaría tener como abuela, un gato desconfiado  y al menos una silla vacía que dejó algún adolescente que está en la calle; posiblemente en algunos de los puntos de conexión a internet que hay en La Habana. Con mixturas y tiempos distintos, en Cuba los adolescentes también están en tensión con la generación de sus padres y la de sus abuelos. Esa diferencia generacional es lo que hace sentir que Cuba está en una delgada línea de transición y no tiene que ver con el fútbol. Los jóvenes resisten, a su manera, a esa vida de aburrimiento y silencioso sometimiento dentro de las casas, donde se puede hablar a los gritos de casi todo lo que se quiera, la de las enormes diferencias sociales entre quienes habitan Habana Centro y quienes tienen el privilegio de estar en el Vedado o Miramar.

El dominó en la calle, con público y curiosos. 

Turistas que van y vienen como hormigas. Pioneros que salen de la escuela con su uniforme impecable. Alguna fila de gente esperando no saben qué; un grupo de ancianos jugando al dominó en la calle, con espectadores a su alrededor. Un día común en La Habana Centro. En la zona vieja de la Ciudad hay otro espectáculo. Esos edificios maltrechos, pegados con plasticola combinan con montañas de basura. Los turistas recorren el lugar, sacan fotos e interactúan. Lo que en Argentina y otro país puede generar estupor, acá es un atractivo turístico: la pobreza, la decadencia estructural y hasta la miserable frase “los pobres en Cuba leen y piensan”, son parte del aguafuerte.

La convivencia fluye y hay divisiones. Están las malas personas y quienes son chévere, esa palabra caribeña mal copiada en otros lados y que en la isla significa alguien en quien se puede confiar, espontáneo, bien intencionado, elegante; todo lo que está bien para pasar un buen rato o una buena vida.

Chévere

Arturo es jubilado. Cada mañana es anfitrión de turistas en su casa, pero luego sale a la pesca de alguna cola, de algún producto que pueda servirle para él y su negocio. Arturo es el hombre ideal para entender lo que pasa. Ya pasó los 70. Nació con la “Cuba rica”, rodeada de prostíbulos casinos, hoteles y humo de habanos. De lujos para “yanquis” y de remesas para una España en crisis. Arturo era un niño que no había pisado una escuela cuando la revolución cambió todo. “Llegó el comunismo”, se había corrido la voz entre las familias ricas. Con riesgo de exagerar, Arturo cuenta que hubo un éxodo; que quedaron mansiones abandonadas. Que el rumor de riquezas dejadas en las mansiones tentó a los improvisados buscadores de tesoros que rompieron paredes, hicieron pozos y escarbaron armarios.  "Acá estamos todos bien", dice con ironía y mientras espera a su esposa, una mujer de casi 40 años que es médica, cocinera circunstancial y que le hace el desayuno a los turistas que visitan su casa. 

Arturo tenía 14 y ya había aprendido a leer. Suficiente para ser parte de la jerarquía y por eso siendo adolescente se convirtió en instructor de alfabetización. También fue, como todos, cosechador de azúcar; militante y empleado de lo que el gobierno designe. El hombre, bigotón, inquieto y excelente anfitrión, es amante del deporte. Sabe de “pelota” y fue pitcher. Le gusta el fútbol, pero no sabe mucho: no se había enterado que Independiente de Avellaneda es el más ganador de la historia. Pero recibe una camiseta roja, la misma que usaba el Kun Agüero, y automáticamente se hace hincha; el hincha más notable que pueda tener Independiente en Cuba. “Es muy lindo el fubol”, dice Arturo, que  mira un partido viejo en la televisión y sí; conoce y admira a ese tal Messi.

 

Varadero es la meca turística de Cuba. Es uno de los lugares donde puede haber un pedacito del confort global que se puede vivir por igual en Miami y hasta algún resort europeo, aunque con algún matiz retro. La mayoría de quienes trabajan allí, residen en los alrededores, principalmente Santa Marta. En un recreo, la número 5 es también el cable a tierra de los jóvenes maleteros, bacheros y trabajadores de los hoteles de la zona. Coreen, mucho; quizá demasiado. Mucha velocidad y poca pausa. 

Hay dos camisetas del Barcelona, desgastadas. En una de ellas se alcanza a leer apenas: Messi. No es la única

La de Messi, en Santa Marta.

Doña es una palabra muy argentina y en Cuba no la entienden. Pero la señora que cuida unos departamentos de Santa Marta que se alquilan a turistas es una Doña: una señora hecha y derecha, servicial, sincera y dispuesta a la charla.

 Ya está grande y le cuesta bajar y subir las escaleras desde su casa hasta las piezas que están abajo y que fueron armadas con objetos reciclados de todos los hoteles de Varadero. La Doña es amable, amante del deporte. Fue deportista olímpica, lanzadora de bala y martillo en la época dorada del atletismo cubano. La Doña charla, cuenta sus aventuras deportivas y profundiza en dos protagonistas contemporáneos. Recuerda a Maradona, pero no de la mejora manera. Mavys Álvarez era la joven con la que Diego salió y no dejó un buen recuerdo en la Isla, mucho menos en la zona donde la Doña vive. El otro es Messi y en su definición se explica la razón por la que es 10 de la selección argentina logró ser parte de la vida cotidiana de Cuba, de los niños que corretean en las calles, de Carlos, de los habaneros de las plazas. “Messi es chévere”, dice.