La estación de servicio que muestra el fracaso de un relato político
En la esquina de las calles Tomkinson y Sucre, en la localidad bonaerense de San Isidro, hay una estación de servicio abandonada. Es una de las más de cincuenta que llegó a tener en el país la empresa petrolera de Venezuela (PDVSA), una compañía que fue símbolo del esplendor del chavismo y con la que, hace más de una década, se quería exportar la revolución bolivariana a toda la región.
La Argentina no estuvo exenta de esa euforia latinoamericanista y, en febrero del 2005, el entonces presidente Néstor Kirchner y su par Hugo Chávez inauguraron la primera estación, en la porteña avenida del Libertador, frente a la ESMA. Se prometía la apertura de centenares en todo el territorio nacional.
Las operaciones de PDVSA en la Argentina estuvieron asociadas a ENARSA y, tras un supuesto intento de la compra de la red de Shell, se adquirió la cadena de la uruguaya Sol Petróleo que, rápidamente, incorporó la nueva imagen y pasó a operar bajo la órbita chavista.
Eran tiempos en los que se soñaba con un gasoducto que conectaría a los dos países, cruzando toda Sudamérica, pero nunca se concretó. Las cosas no sucedieron como se pensaban y a medida que la economía venezolana entraba en un permanente retroceso, la suerte de este proyecto estuvo sellada.
Con el correr de los años, los problemas se fueron acumulando. Al no contar con refinería propia, la ecuación económica no cerraba ya que debían adquirir petróleo en la Argentina por el alto costo de importarlo de Venezuela. Las ventas no fueron las esperadas y las pérdidas iban en aumento. Los problemas financieros fueron disimulados mientras la economía venezolana pudo subsidiar a la empresa, pero en 2013 la situación llegó a un límite.
Empezó el ajuste en la red con despidos y juicios millonarios y, de forma paulatina, fueron cerrando. Paralelamente, las denuncias de corrupción acompañaron todo el proceso.
Hoy esta estación de servicios abandonada es todo un símbolo de un relato político. La Argentina y Venezuela son dos países inmersos en una profunda crisis social y económica, con índices de pobreza desmesurados, inflación y falta de crecimiento genuino. Lejos del modelo de desarrollo y justicia social que se pregonaba cuando se anunciaba la expansión de PDVSA.
Casi como una atracción turística, quienes se acerquen a ese lugar del norte del Gran Buenos Aires podrán observar los restos de un fracaso económico.
Todo está como hace más de dos años, antes de su cierre, aunque en estado de deterioro. Surtidores en desuso, un local vacío en el que alguna vez hubo vida y hasta la cartelera con los precios de los combustibles del último día que funcionó. El gasoil costaba $36.56; la nafta súper, $39,49 y la súper de alto octanaje llegaba a $45,77.
No es la única estación de servicio de esa cadena en igual situación. Hay en varias localidades de la provincia de Buenos Aires otras que corrieron la misma suerte. También hay algunas de otras marcas cerradas, pero son casos aislados.
Lo particular de esta está en que formaba parte de un proyecto anunciado con bombos y platillos que quedó trunco y ubicada en una de las zonas más opulentas del país, por lo que es mayor su contraste.


