San Martín de Tours: la curiosa leyenda sobre cómo fue nombrado patrono de Buenos Aires
Cuando Buenos Aires fue fundada por segunda vez en 1580, al poco tiempo los dirigentes, clérigos y vecinos, entendieron la necesidad de nombrar un patrono. Este pueblo devoto, que se conformaba principalmente de españoles, realizó un sorteo para ello, pero nada salió como esperaban y terminó con San Martín de Tours como electo.
Aunque la Ciudad de Buenos Aires fue fundada por primera vez el 2 de febrero de 1536, a manos del adelantado Pedro de Mendoza, pasaron muchos años hasta el nombramiento de un patrono que tomara su rol como protector de aquel alejado emplazamiento del Imperio Español.
Esto se debió a que esos conquistadores fundaron, como en cada tierra deshabitada que tocaban las delegaciones imperiales, un puerto al que llamaron Nuestra Señora de Santa María del Buen Ayre. Estos hombres de la corona, constantemente atacados por los querandíes, debieron huir de la región y abandonar aquel primitivo puerto que muchos años después se convertiría en una gran metrópoli para el continente. Pero mucho antes de ese enorme cambio, Juan de Garay llegó desde Asunción a las costas del mar dulce que engalanaba el horizonte y tuvo lugar la Segunda Fundación de Buenos Aires.
En cercanías de lo que era el viejo fuerte del puerto fundado por Mendoza, Garay celebró, el 11 de junio de 1580, la fundación de la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre. Luego, junto con su familia y la de sus 63 acompañantes, asignó tierras para su propiedad. Entre aquellos acompañantes, había familias guaraníes que también recibieron tierras en propiedad y colaboraron junto a los españoles en la misión de construir la nueva ciudad y en el conflicto con los querandíes que terminó, lamentablemente, con su posiblemente evitable exterminio.
Aquel año, el 20 de octubre, mientras las familias trabajaban en la construcción de casas de adobe y un fuerte que defendiera las costas, Buenos Aires empezaba a constituirse como un puerto ideal para el contrabando y los negocios turbios que la corona no permitía en lugares más importantes, pero Buenos Aires era mas bien una poblada de frontera y que nadie podría imaginar en lo que terminaría transformándose.
Ese puerto de mañanas nebulosas y lodazales que se perfumaban con el sudor del trabajo y la bosta de los animales de carga, tuvo su importante cita en el precario cabildo para responder a la orden del día: elegir el patrono de la ciudad.
De aquí en adelante, la leyenda se erige como historia verídica pero no por eso en una mentira articulada al gusto del poder español y sus intereses políticos de la época.
En las grandes ciudades del Imperio Español, elegir el patrono era una ardua tarea que constaba de oración y trabajo de mucha profundidad, por parte de dirigentes civiles y clericales, que se coronaba con una gran fiesta en torno al anuncio del flamante patrono. Eso quedaba, como se aclaró previamente, para las grandes ciudades, mientras que para los chiqueros de cerdos y delitos contra la corona, sin mucha importancia para el trono imperial, quedaban ceremonias menos solemnes y pomposas.
Así, en cabildo abierto, los vecinos fueron testigos del sorteo que elegiría al gran patrono que mediaría entre el pueblo y Dios. En unos pequeños papeles se escribieron los nombres de gran cantidad de santos y se colocaron dentro de un sombrero para que, de entre esos siervos del Reino de los Cielos, surgiera el nombre que Nuestro Señor disponga.
Así, sacaron un papel que decía “San Martín de Tours” y ¿lo nombraron patrono? Para nada, ¿De que serviría nombrar a un santo poco popular de la época, que en Europa se celebraba matando un chancho y que encima era del enemigo francés? Por eso mismo, metieron el sucio papel al sombrero y volvieron a sortear con la esperanza de que un San Pablo o un magnánimo Santiago el Mayor fuera el gran patrono del nuevo poblado al sur del mundo. San Martín de Tours volvió a leerse en aquel papel.
No pudiendo creer lo que ocurría, los ediles volvieron a sortear con más esperanza de que aquel húngaro devenido en francés quedara en el olvido, pero al siguiente sorteo volvió a salir nuestro santo patrono. Ya seguramente algo asustados por lo ocurrido, los hombre de Fe tomaron lo que parecía una voluntad divina manifiesta y los porteños primitivos aceptaron a tal santo como su intercesor.
Igualmente, lejos estará esto de la realidad con la que se hayan dado los hechos de su elección. San Martín de Tours era un santo popular en Francia y otros tantos lugares de Europa. Posiblemente algún cabildante lo propuso como candidato y se escribió el papel. Allí, en el sorteo, habrá salido y, una sociedad tan religiosa como la de aquellos tiempos, lejos querría estar de poner en duda lo que creían divino.
¿Quién fue San Martín de Tours?
A pesar de las versiones y la leyenda en torno a su elección, Buenos Aires quedó bajo la protección de un hombre que dedicó su vida a la evangelización, la lucha contra el paganismo y las herejías gnósticas y maniqueas. Un hombre que fue muy fiel a la Iglesia y que sirvió debidamente según los preceptos católicos.
San Martín, durante su existencia terrena eligió viajar 25 años para llevar el mensaje cristiano a las fronteras de la Iglesia, mientras era obispo de Tours. Su fiesta es el 11 de noviembre y, en Buenos Aires, durante muchísimo tiempo, se festejó con la presencia de los principales referentes del pueblo, una gran peregrinación en la Plaza Mayor de la ciudad (hoy Plaza de Mayo) y con el estandarte real, que luego se reemplazaría con la insignia patria, a la cabeza del andar de un pueblo fervoroso.

