Niños con Altas Capacidades: cuando destacarse es un problema
En el afán por desarrollar la mano de obra que la sociedad fabril requería, durante el siglo XIX el sistema educativo puso el foco en estandarizar sus métodos de enseñanza. Dos siglos después, con una revolución industrial y otra tecnológica en el medio, los alumnos son todavía encasillados por edades y se pretende que todos avancen e incorporen conocimiento al mismo ritmo, según las mismas pedagogías. Es indiscutible que esta forma de enseñanza resulta práctica y ahorra recursos pero, ¿qué sucede con aquellos niños que no encajan en el molde rígido de la estandarización educativa?
Según estudios realizados por la Organización Mundial de la Salud, se estima que en el mundo, cerca del 5 por ciento de los niños tienen altas capacidades intelectuales (ACI) y aproximadamente el 2 por ciento son superdotados. Para definir estos dos conceptos, se toman en cuenta distintas características del individuo, como el Cociente Intelectual de cada chico, el estilo de aprendizaje, la creatividad o el desarrollo evolutivo. Es importante detectar de manera temprana cuándo un chico tiene altas capacidades intelectuales para poder realizar un abordaje integral adecuado. El mayor motor de aprendizaje para un niño es la curiosidad y las ansias por conocer el mundo. Lamentablemente para los chicos con ACI, el sistema no los estimula lo suficiente. Esto deriva a chicos con problemas relacionales, de conducta y desganados.
Podemos suponer que esta situación es de fácil solución: si el chico presenta considerables facilidades académicas, que se lo promueva de año y asunto terminado. Sin embargo, en la práctica esto rara vez sucede. O, por lo menos, no de manera grata para los chicos con ACI y sus familias, quienes se ven obligadas a recurrir a instancias judiciales para lograr que sus hijos reciban una educación acorde a sus aptitudes. Hoy, gracias a la movilización de esos grupos familiares y el compromiso de algunos sectores políticos, se están logrando grandes avances en diferentes rincones de nuestro país.
Leyes como la que presentamos a fines de septiembre pasado en la legislatura de CABA o la Ley Benjamin, impulsada en la provincia de Buenos Aires, lograron revolver el avispero y colocaron a la educación argentina, aunque sea por un rato, en el centro de la escena. Además, generaron que otras jurisdicciones se pongan en marcha en la elaboración propia de un marco regulatorio que tenga presente a los chicos con altas capacidades intelectuales, una minoría que escapa por completo del radar del sistema educativo actual, así como también del de la sociedad en general.
En cuanto a nuestro proyecto de ley, el cual todavía espera aprobación, prevé la posibilidad de acelerar grados o años sin la necesidad de tener que recurrir a instancia judicial, como ocurre actualmente. Se trata de un primer eslabón de una cadena que es extensa y compleja. El abordaje de esta situación es muy amplio, y acaso el ideal sea impulsar la creación de escuelas especializadas para estos chicos. No obstante, en ocasiones la realidad no nos permite poner en práctica nuestras ambiciones.
De cualquier manera, este proyecto de ley es un primer paso. Uno concreto y firme. Los estándares nos ordenan, pero no deberían atarnos; no son absolutos ni inamovibles. Están para adaptarse, mover sus límites y actualizar sus formas ante cada avance de la sociedad. Frente a la realidad , la ley debe ser dinámica y eficaz: la burocracia no debe quitarle el derecho a ningún niño de educarse de acuerdo a su persona y a su capacidad.
* Marina Kienast, legisladora Porteña por Republicanos Unidos.


