Los que la van pedaleando
Si bien hay semáforos, normalmente hay que apurar a los conductores para que pasen y controlar a mano cuando se llena la cuadra y ya no hay lugar para pasar. Especialmente los sábados. Y esta historia tiene lugar un sábado. Alberto ama andar en bicicleta. Y tiene una flor de bicicleta. Carísima. Y además tiene casco de ciclista, lentes de ciclista, remera de ciclista, calzas de ciclista y calzado de ciclista. Y por supuesto tiene amigos ciclistas con los que se junta los sábados, en la esquina de la plaza, para salir a andar por las rutas departamentales.
Carmen anda en bicicleta, pero no por gusto, sino porque no le queda otra. Con su marido habían ahorrado para comprarse una motito, pero al pobre lo estafaron. Le vendieron una prometiéndole que ya le iban a dar los papeles y nunca se los dieron. Anduvo un tiempo sin documentación de la moto, hasta que una vez en un control la policía se la secuestró y después nunca más. Así que ahora todos los días sale temprano de su casa con el más chiquito –los otros van a la escuela-, lo deja en la casa de su mamá y
sale rápido para el centro, a su trabajo, ahí a tres cuadras de la plaza. Mariano ya está instalado en la esquina. Hay mucho tránsito, pero no tanto como por ahora tenga que intervenir. Le ha prometido a su esposa que va a adelgazar y no va a comer más tortitas en las mañanas.
Pero sucumbe a la tentación. Entra rápido a la panadería de la esquina y pide tres tortitas raspadas con grasa que venden allí. Mira hacia afuera mientras lo atienden. Se ve todo normal. Alberto ya se juntó con sus amigos y arrancan en grupo para ir a la ruta siguiendo el camino que todos conocen. Como hay mucho tránsito no van en pelotón, pero tampoco en fila india. Va charlando y comentando, con uno que se le puso a la par, acerca de la nueva bici de fibra de carbono con la que se apareció Rodrigo. Un automovilista les pasa finito, les toca bocina y ellos lo putean. Carmen ya está llegando al centro. Se le ha hecho un poco tarde por los mates que le convidó su mamá cuando le dejó al nene. Así que toma por la calle principal en contramano, bien pegadita al cordón, para no tener que dar toooooda la vuelta por la plaza.
Mariano se instala nuevamente en la esquina con su bolsa con tortitas y mientras engulle una, observa cómo cambian las luces del semáforo. Justo cuando se acercan los ciclistas. El primero de la fila reduce su velocidad, mira que no viene nadie por la transversal y a pesar del rojo, inicia el cruce. Los demás lo siguen. El inspector da otro mordisco a su tortita, traga apresuradamente y le toca el silbato a uno que se ha quedado en doble fila. El semáforo vuelve a cambiar y Carmen llega hasta la intersección, avanzando en contramano, siempre bien pegada al cordón. De repente se frena y apoya su pie en el cordón, porque los ciclistas que iban enel sentido contrario, obligaron a un automovilista a abrirse mucho hacia ella para pasarlos. Retoma la marcha y ve a Mariano en la esquina. Su rostro cambia. Pero no de susto, sino de alegría. Es el hijo de una amiga del barrio. Lo saluda con un amplio gesto del brazo y continúa pedaleando en contramano hacia su trabajo.
Mariano saluda a Carmen, mira hacia el otro costado y mueve su cabeza protestando por el de la doble fila que no se ha movido todavía. Mete la mano en la bolsa. El del auto en doble fila cree que va a hacerle una boleta. Pero en la mano de Mariano sale solo media tortita.
* Héctor “Buddy” Roitman es Ingeniero Electro-Mecánico y Laboral. Consultor en accidentología vial y laboral.
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