El presidente, Fabiola y la olvidada -sana- costumbre de pedir perdón

El presidente, Fabiola y la olvidada -sana- costumbre de pedir perdón

Las recientes declaraciones de Alberto Fernández y sus allegados respecto al "brindisgate" nos dan una oportunidad para pensar sobre algo tan cotidiano -y olvidado- como pedir perdón y las implicancias que tiene.

Pablo Benegas

Es sintomático. Quizás sea un espíritu de época, la cantidad de información a la que tenemos acceso o la instantaneidad de ese acceso, pero cotidianamente opinamos sobre cosas de las que no hemos tenido tiempo para formarnos una opinión. Quizás se da a mayor escala lo que siempre se dio en charlas informales de café o de cola de verdulería, pero con la diferencia de que actualmente podemos hacerlo frente a una audiencia grande y con gran capacidad de repercusión.

Todos lo hemos visto: una actriz declara en un programa sobre un problema geopolítico y una comunidad le responde, la aludida se retracta y “toma conciencia” sobre el tema; un futbolista hace un chiste en una red social y su conciencia (o su club) lo obliga a disculparse; las declaraciones de un político ven la luz, y este responde con reflexiones sobre “el contexto” y la intención con lo que algo fue dicho.

Muchos de estos eventos involucran el pedido de disculpas. Pero hay algo que vicia esos diferentes pedidos de disculpas. Y es la frase generalmente utilizada: “lamento si lo que dije ofendió a alguien”. Ahora bien, lamentar algo quiere decir que a uno lo disgusta que X cosa haya tenido una repercusión negativa en el otro. No necesariamente implica desaprobar el contenido objetivo de la acción. Por eso una maestra puede perfectamente decirle a un alumno “lamento que no hayas aprobado” y completar con “pero la prueba era un desastre”.

Al ubicarse en un registro emocional, no reconoce que actué mal, sino tan sólo comunica que no me gusta lo que generó. Esto tiene un doble problema: por un lado, si estuve mal, es un pedido de disculpas que no se disculpa; y por otro, que alguien se ofenda no es necesariamente un signo de que algo haya estado mal.

Por la cercanía del hecho (y porque sus esquirlas siguen saltando), me gustaría aprovechar el caso del brindisgate para entrar en el primer punto. Los datos son conocidos por todos: aparecen una fotos de un festejo del Presidente que datan del momento de mayor encierro para el resto de los argentinos. La indignación aflora. El Presidente responde. Para ser justos, las palabras de Fernández -o por lo menos algunas de ellas- fueron “estuvo mal”. Parece un reconocimiento objetivo del hecho. Y claramente estas palabras dan mayor satisfacción a la demanda mejor que “¿qué iba a hacer?” de Aníbal Fernández o el “no tendría que haber pasado, ahora para adelante nosotros podemos poner sobre la mesa todo lo que hicimos por la pandemia" de Santiago Cafiero. Pero el problema es que, al quedar el reconocimiento encerrado en el enojo de uso político o en la reivindicación de la propia figura “que se hace cargo” y que “no va a ser debilitado” por “los miserables”, lo que se debilita es la disculpa.

Peor para él, porque con esto pierde el principal efecto benéfico que tiene una verdadera disculpa: cortar un espiral ascendente de conflicto. Hace un tiempo un amigo iba manejando cuando un auto se le cruzó de carril intempestivamente, obligándolo a frenar de golpe. Enojadísimo, le hizo luces, hizo tronar la bocina repetidas veces y lo siguió hasta lograr ponerse al lado suyo en el semáforo. Cuando miró al costado, vio que el otro conductor bajaba la ventanilla. Hizo lo propio mientras preparaba un arsenal de epítetos y calculaba hasta qué ascendentes insultaría.

Perdón, me mandé mal” dijo el conductor. Sorprendido, mi amigo sólo alcanzó a hacer un gesto con la mano mientras se daba vuelta hacia el volante con un inesperado dejo de vergüenza. Pedir perdón tiene mal marketing, se ve como debilidad y dejar un flanco abierto para un contraataque, pero la mayoría de las veces, lo que hace es desinflar el conflicto. Cuantas discusiones de pareja giran 180° cuando uno de los dos pide perdón, cuantas quejas a defensa del consumidor han sido evitadas por una persona de atención al cliente que simplemente dice “es verdad. Estuvo mal. Mil disculpas”. Así, sin más, sin justificaciones, sin “sí, pero…”.

¿Queremos disminuir la conflictividad en la que vivimos inmersos? ¿Queremos disminuir los costos emocionales, económicos, de tiempo que nos generan las discusiones que se eternizan y los escalamientos que se nos van de las manos? Una forma muy concreta es, cuando nos toque, saber pedir perdón.
 

* Pablo Benegas es consultor en Ingouville, Nelson & Asociados, Director Académico del Programa de Negociación en Universidad Torcuato Di Tella y profesor MBA. 

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