¡Urgente! Es hora de levantar la cabeza

¡Urgente! Es hora de levantar la cabeza

A pesar del abatimiento en que estamos sumidos por años de fracasos, la Argentina sigue siendo un país rico. Amando Argentina, con valentía y entrega, juntos y entre todos, es como tenemos que trabajar para llevar el país al futuro

Guadalupe Rossi

Por Guadalupe Rossi*

Hace unos días, una amiga me contó que había llegado el momento de que su hijo mayor hiciera la promesa de lealtad a la bandera y, hablando de ello, el niño le había preguntado si podía no hacerlo. ¿Por qué un chico de 9 años no alcanza a ver la importancia de realizar esa promesa? ¿Qué hicimos y hacemos como padres? ¿Qué nos pasó como sociedad para llegar a esto? ¿Por qué para muchos argentinos los conceptos de patria, bandera, soberanía, nación -entre otros- son conceptos vacíos de contenido o que nada representan? ¿Qué hizo y qué hace la clase dirigente para que muchos argentinos piensen, como dijo Federico Luppi en la película Martin H, que “Argentina es una trampa”?

Hace más de 40 años Argentina no encuentra su rumbo, su norte. Venimos de más de cuatro décadas de fracasos, que nos convencieron de que los Argentinos nunca logramos nada, que todo es frustración y decepción. Estamos vencidos y derrotados, desahuciados, y esto se nota en todo: en la política, la economía, la educación, la ciencia, el futbol (sacando la reciente Copa América). Estando los padres así, ¿por qué creemos que nuestros hijos querrían prometer lealtad a la bandera de un país que hace tantos años no da respuestas a sus hijos, no da oportunidades, no les ofrece un futuro promisorio? Una patria que nos hace creer que es mejor emigrar que quedarse. Un país que te empuja a vender su moneda para ahorrar en dólares, porque si hay algo que ha demostrado, es que no resguarda valor.

¿Por qué creemos que nuestros hijos querrían prometer lealtad a la bandera de un país que hace tantos años no da respuestas a sus hijos, no da oportunidades, no les ofrece un futuro promisorio?

Yo aún soy fruto de un hogar donde, al menos en cuanto al nivel educativo alcanzado, cada nueva generación pudo alcanzar un mayor nivel educativo que la anterior. Pero eso ya no es lo común para la mayoría de nuestros compatriotas. En una Argentina donde el 45,2% de sus habitantes es pobre (en el Conurbano bonaerense esta cifra aumenta hasta alcanzar al 52%), lamentablemente lo común es que pase lo opuesto.

Hemos llegado a esto por una multiplicidad de causas, pero creo que es principalmente porque, haciendo una analogía, nos hemos convertido en un atleta de alta competición que teniendo el físico para ser deportista de elite, tiene una cabeza no está a la altura de ese desafío. Es decir, nuestra dirigencia no solo no está al nivel de las posibilidades de desarrollo de nuestro país- sino que esta divorciada de la sociedad, de sus anhelos, necesidades y lo que pasa en nuestro día a día.

Por eso es hora de levantar la cabeza. Es hora de dejar de pensar que es un mito que nuestro país es rico: verdaderamente somos un país lleno de recursos. Tenemos un pueblo con ganas de progresar, tierra productiva, agua, minerales, petróleo y gas, desarrollo turístico, energías limpias y recursos renovables, industria del conocimiento, creatividad, tecnología, capacidad de generar energía nuclear, entre otras cosas. 

Tenemos que dejar de pensar que estamos destinados al fracaso. Es hora de volver la mirada a nuestra historia, a nuestra gente, a la historia de un pueblo que siempre se animo a más. Y aquí algunos ejemplos:

  • en los años de la lucha por la independencia, nuestra nación, que era la más pequeña de la América española, tuvo bajo su responsabilidad la independencia propia, la de Chile, Perú, Uruguay y colaboró en las de Ecuador y Bolivia;
  • en los años de la inmigración: Entre 1880 y 1920 la Argentina fue la nación que más inmigrantes recibió por habitante del mundo;
  • en los años de la consolidación de la economía: Hasta 1890 importábamos trigo y harina de EEUU, treinta años después éramos de los mayores exportadores mundiales, y éramos la sexta economía en ingresos del mundo;
  • en los años del desarrollo social, los argentinos armamos un sistema de seguridad social sólo superado por EEUU y Canadá en el hemisferio occidental.

Argentina se nos esta muriendo por el desconocimiento, el desinterés, la desidia y el desamor con que la clase dirigente la trato los últimos 40 años.

Mirando esa historia que nos hizo un país grande, debemos trabajar unidos para construir el país que queremos ser. Desatar las fuerzas de los argentinos que todos los días se levantan y vuelven a apostar por su tierra, de aquellos que solos, con 2, 7 o diez empleados, trabajan cada día para crecer, producir y transformar nuestra tierra -sean cuentapropistas, comerciantes, profesionales independientes, industriales o emprendedores. 

Volviendo a las comparaciones, tenemos que entregarnos por Argentina como nos damos por un hijo. Uno jamás se da por vencido por un hijo y eso es porque lo ama… Y entonces, si le va mal en un colegio, le busca otro. Si no le gusta un deporte, le da a conocer uno nuevo. Si está enfermo, o con alguna dificultad, no para hasta encontrar un diagnóstico y un tratamiento. La Argentina es un organismo vivo que necesita ser amado. Porque nadie que no se sienta amado puede vivir. Argentina se nos esta muriendo por el desconocimiento, el desinterés, la desidia y el desamor con que la clase dirigente la trato los últimos 40 años. Y esto tiene que terminar.

Para esto, todos los que amamos Argentina -cada uno desde el lugar que pueda- no podemos darnos por vencidos. Tenemos que conformar una clase dirigente que verdaderamente ame nuestra Argentina y la construya o la reconstruya desde el amor -entendido como el sentimiento que sale del corazón para transformarse en convicción al llegar a la razón.

Argentina tendrá otra vez fuerza como proyecto comunitario cuando sus dirigentes la amen, cuando nos duela nuestra gente, nuestros chicos que no comen, nuestros jóvenes que no pueden estudiar, nuestros viejos a quienes después de una vida de trabajo la jubilación no les alcanza para vivir, nuestros laburantes cuyo trabajo es precarizado, nuestros pobres que nadie mira ni se ocupa de soluciones que les permitan salir de su situación, nuestras pymes que nunca se cansan de volver a empezar frente a un estado que les pone trabas, nuestros ricos que encuentran mejor llevarse sus ganancias a reinvertirlas en nuestro país, y, sobre todo, cuando la confianza en nosotros y las ganas de hacerlo se contagie de algunos a todos.

Desde allí, deberemos trabajar juntos para llevar a nuestro país -y a cada uno de sus habitantes- al desarrollo y la prosperidad. Dejar de pensar y sentir a la Argentina como un trampa y convertirla otra vez en una tierra prospera y de oportunidades.

*La autora es Politóloga y Magister en Ciencias Políticas, miembro de IPe21

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