Esos primeros pasos en el universo laboral

Esos primeros pasos en el universo laboral

El primer trabajo de adolescente, los primeros pasos profesionales y el recuerdo de aquellas personas fundamentales que nos marcan el camino: las maestras y maestros de la vida. La importancia del trabajo en la vida de cada uno en un relato personal, que se universaliza.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes / tinafunes@gmail.com

Sentí por primera vez la pulsión por trabajar cuando todavía estaba en la Secundaria, acababa de terminar quinto y todavía me faltaba hacer el último año. Hacía poco que había cumplido 18 y pensé que el verano era una buena oportunidad para ensayar un primer empleo y entender el ABC de las relaciones laborales. Con gran generosidad me recibieron en un estudio jurídico para colaborar con la responsable de la administración, que era también la secretaria de mayor experiencia para resolver las necesidades de unos ocho abogados.

Ella era una dactilógrafa eximia, con tanta experiencia y conocimientos de escritos jurídicos que terminaba de tipear las frases incluso antes de que quienes le dictaban acabaran de pronunciarlas. Con infinita paciencia ella me enseñó a preparar el café, a ordenar las cartas y papeles que llegaban, a recibir a los clientes y proveedores, a manejar los teléfonos para derivar llamadas y una gran cantidad de detalles no dichos sobre cómo actuar ante diversas situaciones que ella manejaba con elegancia, magistralmente. Ya desde esos días pude comenzar a percibir esa sensación indescriptiblemente placentera que siento cada vez que un proyecto que me propongo resulta exitoso.

Un verano después llegó el momento de entrar a la Universidad y a esa altura me pareció necesario conseguir una ocupación que me permitiese afrontar al menos algunos de mis gastos cotidianos. Así recorrí las inmediaciones de la casa de mis padres preguntando por los negocios si alguno necesitaba ayuda. Tuve la suerte de conseguir trabajo en un videoclub cercano que me permitió combinar la tarea de atender al público, limpiar y ordenar con una mis pasiones: las historias y las películas.

Fue en la Facultad cuando me topé a una de las mentes más brillantes que he conocido. Tenía una personalidad arrolladora, una convicción, claridad conceptual y capacidad de trabajo que he visto pocas veces en mi vida. Con ella aprendí todo lo que pude sobre las asignaturas que dictaba -de las más complejas y difíciles de la carrera-, pero también me enseñó a adherezar la palta, a preparar el pisco sour y a escuchar las mejores canciones de Creedence. Compartimos el placer de la lectura y esa veneración por los libros. Fue una de mis profesoras más queridas, compañera de trabajo y amiga y nos dejó demasiado pronto, cuanto todavía tenía mucho para enseñar y aportar.

Antes de todo eso, y por un encuentro casual en la fotocopiadora de esa misma Facultad donde me daba clases, me ayudó a superar una crisis vocacional con sus reflexiones sabias y consejos tranquilizadores. Pudo ver en mí a una estudiante voluntariosa con ganas de aprender algo más que los contenidos del programa de sus materias y me invitó a investigar a un equipo que lideraba. Hoy no tengo dudas de que ese fue el origen de toda mi carrera profesional, que construí con su guía, apoyo y ayuda.

Unos meses después de estar investigando con ella sonó el teléfono fijo de la casa de mis padres, donde yo vivía. Me llamaba otra de mis profesoras de la Universidad: una eminencia. Lo primero que pensé, en pocos segundos, fue que había un problema con el examen final que yo había aprobado tiempo atrás. Se me ocurrió que tal vez se había perdido una planilla o que habría una confusión; pero no, me llamaba para ofrecerme trabajo. Quería que diese clases de periodismo en una escuela que era su responsabilidad de gestión por esos días. Mi primera reacción fue una mezcla de terror y gratitud. Decliné con amabilidad, argumentando desconocimiento y falta de experiencia en esa tarea, a lo que respondió risueña que ella sabía lo que yo era capaz de hacer.

Esa propuesta derivó luego en muchos desafíos más que me planteó la persona con la capacidad de liderazgo más impresionante que he conocido. Acepté todos y cada uno de ellos con más confianza en su visión que en mis aptitudes y traté de estar a la altura de las circunstancias en cada paso de ese camino que duró cerca de 20 años. Junto a ella aprendí sobre honestidad, excelencia, ética, entrega absoluta, devoción y amor incondicional por el trabajo. Con un cariño que se parecía mucho al de cualquier madre me mostró, en jornadas laborales de 16 horas diarias -en las que jamás la escuché quejarse de cansancio-, cómo se gestiona con un horizonte claro, objetivos y metas luminosos y realizables.

Su personalidad firme se apoyaba en su convicción y la seguridad de que sus proyectos eran serios, precisos y se ideaban hasta en sus últimos detalles con metodología y fundamentos certeros; sin embargo también podía ser flexible a la hora de conciliar diferencias. Vio en mí características y habilidades que todavía no se desarrollaban y contribuyó a ese crecimiento. Tenía un nivel de exigencia altísimo que empezaba, primero y sobre todo, con ella misma. Se despidió del cargo académico electivo más importante de Mendoza con una ovación de más de cinco minutos inniterrumpidos de aplausos y un auditorio de más de 300 personas de pie que le rindieron un largo homenaje a su entrega.

Durante mis primeros pasos en el mundo laboral -cuando yo casi estaba recibida- una gran periodista con mucha experiencia en medios gráficos, que es además una gran fotógrafa, me pidió colaborar con ella en una nueva tarea que le habían asignado y, con grandeza y generosidad, terminó de pulir algunas de mis deficiencias en la que hoy es mi especialidad profesional. Me enseñó todas aquellas cosas que no figuran en ningún manual universitario y que a lo largo de mi carrera he intentado transmitir a otros compañeros y estudiantes. Con ella aprendí a responder con velocidad y precisión a las necesidades de nuestros colegas: con empatía, conocimiento de sus necesidades y respeto.

Sin dudas lo que más me costó desde aquella primera vez a los 18 años hasta ahora ha sido lograr el equilibrio entre lo mucho que me apasionan mis actividades laborales y la cantidad de horas diarias que les dedico. Durante muchos años el trabajo equivalía a sumergirme en un mar de responsabilidades que, en la jerarquía de las cosas por hacer, le ganaban a todo. Familia, afectos, diversión y ejercicio físico, perdían por goleada en un mano a mano con los proyectos y obligaciones.

A lo largo de los años decenas de otras personas creyeron en mí, depositaron su confianza en mi aptitud para colaborar con sus planificaciones y las de las organizaciones que representaban. Para todos -los que mencioné y los que no- sólo tengo gratitud eterna: por las posibilidades que me ofrecieron para desarrollarme, para probar cosas nuevas y reinventarme una y otra vez. Quisiera que más y más personas, en este contexto complejo y adverso, estén rodeadas de tan buena gente como he estado yo y tengan la suerte y las posibilidades laborales que me dieron a mí.

Hoy veo a mi hija dar sus primeros pasos en el universo laboral y me llenan de emoción y orgullo la pasión, responsabilidad, entrega con la que encara sus obligaciones, sus actividades y las causas que le importan: ya admiro a la mujer en la que se ha convertido.

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