La decisión política de cambiar

La decisión política de cambiar

¿Cuántas veces nos proponemos hacer algo distinto o comenzar una actividad postergada y la abandonamos casi antes de arrancar? Si de verdad nos molesta algo, el camino del aprendizaje no es mágico y puede tener turbulencias, pero la recompensa siempre vale el intento y las vueltas a empezar.

Diana Chiani

Por Diana Chiani /  Comunicadora, editora y coach ontológico profesional

Casi todos sabemos dónde aprieta el zapato. Qué ruido nos hacen algunos usos, modos y costumbres adquiridos durante todos los años que tenemos de vida.  Sin embargo, solemos utilizar nuestros relatos para justificar eso que no nos gusta o para prometernos con todo nuestro corazón que empezaremos mañana, y mañana, y mañana.

Sin embargo, son más las veces que preferimos esa piedra que aparece casi de la nada y nos vuelve a complicar; que hacer algo para modificar eso. Y no hablo aquí de cuando debemos resolver asuntos en los que necesitamos el acompañamiento de profesionales de la salud como psicólogos, psiquiatras o médicos; sino de aquellas pequeñas grandes cosas que podrían servir para sentirnos mejor en diversos aspectos y ámbitos de nuestra vida.

Puede ser desde empezar una actividad física hasta conversar con alguien sobre un tema difícil, rendir una materia o hacer algo con nuestro malhumor o falta de paciencia. Todos tenemos algo que nos gustaría cambiar, pero no siempre persistimos para contarnos el cuento de que “no podemos” o de que “ahora no es el momento” por la cantidad de problemas existentes sin darnos cuenta de que, tal vez, algunos de esos inconvenientes podrían empezar a diluirse si nos comprometemos en serio con eso que nos molesta.

¡La cantidad de veces que me he enojado conmigo por no cumplir lo que me proponía! Y ni hablar de las que “tiré todo por la borda” al día siguiente de la mencionada promesa. No obstante, comprendí que eso de “tirar todo” no eran palabras que colaboraban en mi proceso. Porque aprender, soltar, cambiar o desaprender es un camino que no está asfaltado, ni es doble mano y –mucho menos- se trata de una línea recta.

En primer lugar, creo que es clave tomar la decisión política de cambiar eso por lo que, casi a diario, nos quejamos de nosotros mismos. Y digo política porque, como este tipo de medidas, es clave anunciarlo o declararlo, destinar recursos o tiempo para ello y,  en especial, convalidar emocionalmente que ya no queremos más de tal o cual cosa. Atrevernos a dejar esa incomodidad que es tan nuestra y tal vez nos identifica.

Tomar esa decisión no es otra cosa que pararnos al principio del sendero con la intención de dar los pasos que sean necesarios para llegar del otro lado. A sabiendas de que el trayecto puede ser movido, tardar más de lo esperado o contar con carga pesada. Y antes de que todos salgamos corriendo, me atrevo a una certeza: Emprender esa marcha nos deparará –entre otras satisfacciones- la de saber que sí podemos, de sentirnos más a gusto con nosotros, más coherentes para poder, entre otras cosas, escucharnos y autorespetarnos.

Atrevernos a convertirnos en aprendices para modificar eso que nos molesta a diario implica recorrer la mitad del camino. El resto se construye de la única manera que se hacen las cosas: con acciones concretas, pero también con palabras distintas.

¿Y qué implica esto? Entre otras cuestiones, saber que vamos a equivocarnos, que las cosas no saldrán al 100% en los primeros intentos, que –aunque lo esperamos- no somos seres superpoderosos que pueden cambiar en un abrir y cerrar de ojos maneras de ser o hacer que tardamos una vida en construir.

Además, empezar con pasos pequeños, concretos, realizables. No tiene que ver con la mediocridad sino con que solemos ponernos metas tan altas que es más fácil abandonarlas que alcanzarlas. ¿Qué tal si valoramos la gota que llena el vaso? No iremos los cinco días a la semana al gimnasio, pero sí arrancamos a caminar 10 minutos cada tres días. Nada despreciable al lado de la nada que hacíamos antes. De ahí, siempre se puede crecer.

Por último, también tener presente que vamos a “retroceder”, volver a empezar o modificar la hoja de ruta. Es lo que pasa cuando aprendemos (¿o alguien aprendió a caminar de la noche a la mañana?). Por eso, la invitación es –en esos momentos- en lugar de tirar todo por la borda, poder darnos una palabra de aliento o de consuelo, mirar el vaso medio lleno en lugar de todo lo que falta, felicitarnos por habernos animado a hacer diferente, abrazar los pequeños logros para continuar. Porque ya no volveremos a partir desde el mismo punto y, eso, es una gran recompensa para nuestro corazón.

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