La tragedia de gobernar Argentina desde Buenos Aires
Es común escuchar que ya a partir de su independencia, Argentina se pensó desde Buenos Aires: en primer lugar, la región mantuvo el monopolio del comercio exterior argentino incluso cuando éramos una confederación; luego, las primeras presidencias que forjaron las instituciones de nuestra república beneficiaron de forma desproporcionada a Buenos Aires; y después, las infraestructuras que comenzaban a asomar a fines del siglo XIX tomaron forma radial, siempre centradas en la capital y desconectadas en el interior.
La última gran muestra del poderío de Buenos Aires (no como unidad administrativa, sino como espacio físico), fue la forma de imponer cuarentenas uniformes para todo el territorio nacional. El politólogo Andrés Malamud sintetizó lo sucedido con gran precisión: cuando el coronavirus azotaba solo al AMBA, “el gobierno de los tres porteños decidía para todos”. Dicho de otra forma, Kicillof, Rodríguez Larreta y Fernández imponían un estricto aislamiento para todo el país, teniendo en cuenta únicamente la realidad de su zona urbana.
Existen diversos motivos para criticar esta y varias otras decisiones que son tomadas por funcionarios que en ocasiones caminan más la terminal de Ezeiza que el propio interior. Sin embargo, el principal problema con AMBA-centrismo radica en su nefasto efecto sobre la política comercial argentina.
Buenos Aires, su industria “nacional” y las economías regionales
Con el objetivo de proteger las industrias que rodean a Buenos Aires, se imponen monumentales aranceles y requisitos de importación que terminan impactando de lleno en la competitividad nuestras economías regionales. Aquí, el caso vino mendocino es particularmente ilustrativo.
Tomemos Corea del Sur, donde casi la totalidad del vino exportado se produce en Mendoza. Argentina, en su política de protección de las industrias bonaerenses, opta por arancelar el comercio con Corea, que responde imponiendo un tributo del 15% a nuestras bebidas.
En cambio, Chile y España, que sí cuentan con acuerdos comerciales, no pagan estos tributos de importación. El impacto sobre el comercio del vino es evidente: España exporta tres veces más y Chile diez veces más a Corea que nosotros.
Algo similar ocurre con Canadá, con quien tampoco hemos llegado a un acuerdo. Como resultado, el país trasandino tiene una participación sensiblemente superior (15%) a la Argentina en las importaciones canadienses de vino.
La vitivinicultura es solo una de las diversas economías regionales que encuentran desafíos a la hora de ingresar a otros mercados debido a la ausencia de acuerdos comerciales. Con el aceite de oliva, las nueces, el ajo, las manzanas y las peras se repite la dinámica: los productos de origen español, chileno o portugués superan ampliamente nuestra participación en las importaciones de decenas de países, ya sea porque ingresan con mayor facilidad o porque son más baratos debido a las exenciones arancelarias
¿Cómo se traduce esta limitación impuesta al comercio de nuestros productos? Supone menor producción, menos empleo y menos desarrollo. Ahí yace el inconveniente de pensar a Argentina únicamente desde conurbano: la centralidad de sus industrias condena al interior a la falta crónica de competitividad, con el impacto que esto genera sobre los niveles de vida de sus habitantes.
Al mismo tiempo, muchos argumentan que la liberalización comercial impactaría sobre el empleo en el conurbano bonaerense. Pero pocos estudian el efecto del proteccionismo actual sobre nuestras economías regionales, ni cómo en realidad los desafíos que existen para garantizar cifras de empleo aceptables en el Gran Buenos Aires se explican en gran medida por la migración interna originada en ese atraso económico del interior.
Es imposible garantizar el progreso nacional postergando regiones enteras. En el caso argentino, la falta de atención a las necesidades de las restantes 22 jurisdicciones perpetúa relaciones inaceptables de servidumbre con la capital. Es entonces tiempo de reclamar y hacer propio el derecho del interior al desarrollo.
Juan Francisco Minetto.
Licenciado en Estudios Internacionales (Universidad de Leiden, Países Bajos)

