La crítica: “Historias de Vendimia” no fue “Otra vez sopa”

La crítica: “Historias de Vendimia” no fue “Otra vez sopa”

Diferencias, a la vista: lenguaje distinto, herramientas creativas y tecnológicas distintas. Un show para televisión, diverso del otro hecho para público en vivo. “Historias de Vendimia” no es una película: es una antología audiovisual de 6 capítulos sobre tópicos vendimiales vistos desde otro lugar

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

Así es: esta vez, el Acto Central de la Fiesta Nacional de la Vendimia no fue una muestra de luces y sonidos, en pos de configurar y respetar un exigido “género propio” que se luce en vivo, pletórico de teatralidad. Esta vez, fue otra cosa. Fueron otras las herramientas que, aunque tímidamente usadas hasta hoy, están presentes desde hace décadas: los recursos tecnológicos del mundo audiovisual.

Sabemos de sobra los mendocinos de qué se trata lo que históricamente se monta en el Frank Romero Day: una puesta muy determinada por reglamento e inédita para el resto del año de la cultura y el arte de Mendoza. Hacer una Vendimia tradicional se ha tratado de la única posibilidad de disponer de generosos recursos para contratar artistas, luces y sonido y montar una serie de cuadros –repetitivos hasta lo tedioso por exigencia estatutaria– y sin mayores conexiones entre uno y otro; escenas más o menos hiladas que, sí o sí, han sido aplaudidas a rabiar por los presentes, porque el espíritu de fiesta de propios y extraños en el teatro griego es a prueba de balas.

La fiesta de siempre, la del teatro griego es como un dibujo, hecho a partir de un boceto muy determinado. La fiesta de este año fue como una fotografía. Más allá de ser disciplinas distintas (y ambas hermosas y nutritivas), hubo algo que claramente diferenció lo que veníamos viendo de lo que vimos ahora: las estructuras narrativas

Esta vez fue distinto, pandemia de covid-19 mediante. Fue un Acto Central para la pantalla: la proyección audiovisual de seis historias que, para no complicar el asunto, carecieron de vinculación entre sí. “Historias de Vendimia” fue el nombre elegido, para no complicar el asunto. En cada una de ellas, se lucieron 6 realizadores de cine, 9 directores de Vendimia y alrededor de 150 técnicos y de 800 artistas de distintas disciplinas, números semejantes a los del show en vivo.

Técnicamente, el trabajo fue impecable en cada una de ellas y hay una razón: Mendoza cuenta con una Escuela de Cine desde hace 31 años. Quienes fuimos testigo de aquel tímido, pero significativo nacimiento en 1990, no hemos visto más que crecimiento y desarrollo saludable del mundo audiovisual mendocino. Un sector económico (además de artístico y cultural) que pide a gritos constituirse en industrial, con todas las generales de la ley que competen al mundo industrial.

Ahora, estas “Historias de Vendimia” difundidas confirman a los locales que desconocen el proceso audiovisual de los últimos 30 años (y que, en los ámbitos de ficción, documental y publicitario, cuenta con miles de producciones) y a los extraños que se acercaron, que tenemos un tesoro en nuestras manos: la eficacia técnica y creativa capaz de multiplicar las audiencias y convertir definitivamente a Mendoza en un polo internacional de cine, un negocio por demás redituable en el planeta, intención que también se viene trabajando desde hace décadas, con el ejemplo siempre vigente de “Film Andes”, empresa que nació a mediados de los años ’40 del siglo pasado en la provincia (y que hoy da nombre a un cluster audiovisual que desarrolla una interesante trabajo) y que produjo películas al estilo de Hollywood, sí, acá, en Mendoza.

¿Cuál fue el gran aporte de “Historias de Vendimia”? Pues las estructuras narrativas, en general, más claras. Armazones del discurso que siempre han sido endebles o inexistentes en el Acto Central del teatro griego. Allí, siempre ha podido más la parafernalia de luces y sonidos al palo, con 500 bailarines en escena bailando una cueca y grupos de actores agitando los brazos como náufragos e intentos de guion que muchas veces nada han tenido para superar a las esforzadas glosas de los actos escolares. Si de algo ha carecido históricamente la Fiesta Nacional de la Vendimia, por sobre todas las cosas y por distintas razones, ha sido de buenos guionistas. Podemos rescatar algunos trabajos por aquí y por allá, pero el saldo del intento ha de ser francamente magro. A la par, hay que replantearse el enfoque poco dramático de las direcciones

En cambio, en el mundo audiovisual, por naturaleza (y por formación) se te obliga a contar una historia, a ejercer temporalidad orgánica con el hecho artístico, a través de acciones. Hablo de algo, a priori, sencillo, de manual, o sea, seguir un orden básico al contar los hechos: una introducción, un desarrollo y un desenlace. Aquí, cada historia tuvo su estructura, aunque en algunas se notó más que en otras, sencillamente porque algunos capítulos fueron mejores que otros.

Será muy interesante, a futuro, ver que se concrete un nuevo género, “La Película de la Vendimia”, que conste de un solo guion y que ejerce suficiente valor en sí mismo como para decir cosas más allá de las exigencias reglamentarias. Tenemos por delante, todo un territorio para crecer al respecto. 

Volvamos a la idea del guion y sus estructuras. Cuando vamos al cine o vemos una peli en la televisión, te guste o no el fin, todas tienen un guion claro, una estructura narrativa determinada. Sin embargo, los guiones de la Vendimia se han acostumbrado a no tenerlo o han quedado desdibujados y hasta humillados por el facilismo creativo de apostar –en el show en vivo en el teatro griego– a la grandiosidad de todas las luces prendidas, el sonido bien arriba y cientos de artistas ataviados vistosamente, con un fondo de palabras vacías, buscando emocionar y, luego, soltar bombas de estruendo que colorean el cielo de todo final feliz

En “Historias de Vendimia”, si bien las temáticas base del género vendimial fueron tocadas, la manera de hacerlo presentarlas obedeció más a códigos del cine y, en algunos puntos, con una valentía y claridad inéditas, que no hemos visto en la teatralidad exacerbada del Frank Romero Day. Esta vez, como audiencia, nos dimos el lujo de la intimidad, del primer plano, de algún silencio, de verdaderos y presentes conflictos, de los desenlaces necesarios. Además, salimos al espacio exterior del escenario. Y pudimos ver la hermosura de nuestros paisajes, con calidad cinematográfica. 

Algo se ha venido destacando de manera unánime los últimos años del show en el teatro griego: la música en vivo, posibilidad otrora tan temida. En esta versión audiovisual, nuevamente la música –con el gran productor Daniel Martín a la cabeza y, jutno a él, Claudio Brachetta– tuvo un valor preponderante.  Este año, la música se adaptó a un formato con el que se comunica con toda habitualidad, el audiovisual.

Respecto de cada capítulo, hay que decir en primer término que no se trató de una “película de la Vendimia”, sino más bien, de una antología. Cada realizador, en conjunto con directores tradicionales de la fiesta, puso su ojo y su talento al servicio de un corto desvinculado del resto. En todos los casos, se destacaron especialmente la dirección de Fotografía, la producción, los vestuarios y, en algunos casos, las actuaciones y, en otros, especialmente el guion, como en “Creadores de oasis” –el más completo de todos–, en "Inmigrantes" y en “San Martín”, que, además, presentó una ambientación de época notable y un San Martín atravesado por una creíble humanidad en sus soliloquios llenos de dudas, valor brotado del guion y sus distintos planos narrativos. 

Los enfoques no fueron todo lo “publicitarios” o “institucionales”, que a priori se presumía. Los conflictos se trabajaron con naturalidad. No obstante, en general, como hecho artístico no buscaron fracturas de lo real, sino alabanzas a nuestra tierra y nuestra fiesta madre. La encantadora excepción fue “Inmigrantes”, un trabajo valiente, que se metió con problemáticas como la explotación laboral, el machismo, el acoso sexual y la pésima distribución de las riquezas, también en el mundo del vino. Las coreografías, en tanto, fueron mucho más dramáticas: esta vez: no buscaron tanto “lucirse”, como impresionar y decir algo. 

En todos los trabajos, el rol de la mujer fue destacado. 

 No debe sorprendernos la calidad de cada capítulo, por ejemplo, la iluminación y el trabajo de cámaras en “Somos”; la dirección de Fotografía en “Creadores de oasis”, las ambientaciones en “San Martín” e “Inmigrantes” (discúlpese la falta de nombres y apellido para cada realización, pero al momento de esta escritura, carezco de ellos). Ya se ha marcado que hay en Mendoza mucho talento y experiencia e, incluso, señera historia, si nos remontamos al extraordinario legado de nuestro Leonardo Favio. Hay, además, tecnología atesorada a pulmón por las productoras locales. Los propios mendocinos, se pueden maravillar con lo que la cámara nos muestra, de distintos modos, incluso con drones, de locaciones por demás transitadas y disfrutadas de nuestra hermosa provincia. 

Ha cobrado preponderancia, además, el trabajo actoral, a partir de preceptos cinematográficos y no teatrales: más primeros planos, más conflictos ciertos, más posibilidad de “mostrarse” y, desde los procesos individuales de los actores, más desarrollo interior, más mesura y soledad y menos desarrollo exterior y exageración. Más cine, menos teatro; más pantalla, menos escenario, en pocas palabras. Y todo hecho con actrices y actores de teatro que van acumulando experiencia en el mundo de las cámaras. 

En las vendimias tradicionales, el realizador de cine fue atado a un rol menor, ajustado a las miradas de un director de teatro. Aquí, se nota que ha sido al revés. Una y otra direcciones son válidas, pero, aquí, buscaron convivir, ante la evidencia de un show filmado. Así, el pulso de lo narrado necesariamente debió ser otro y el rol del realizador también. Y se notó

Este evento que acabamos de ver por televisión y en cines y pantallas gigantes contiene el magma de todo lo necesitamos para cambiar lo que venimos haciendo del Acto Central del Fiesta Nacional de la Vendimia. Del diálogo entre la “vieja” Vendimia y esta “nueva” Vendimia puede surgir, tal vez, un territorio nuevo, una película de alto valor conceptual para celebrar nuestros marzos, hecha desde Mendoza y para todo el mundo.

Vamos cerrando, como se ha cerrado esta noche histórica y ya comienza a amanecer. Hace demasiadas décadas que venimos tomando sopa en el Frank Romero Day. Ojo: nos gusta la sopa, pero, bueno, cuando estamos de fiesta, nos calzamos los mejores pilchas, descorchamos las mejores botellas y pretendemos que el menú no sea siempre sopa. A algunos, nos gusta correr riesgos creativos, acostumbrar el paladar a otros sabores y colores. 

Esta vez, no fue “Otra vez sopa”. Fue algo distinto, potente y novedoso. Y ya el mero hecho de que haya sido distinto basta para que, ahora sí, aplaudamos de pie y pidamos más y mejor para el año que viene. Un voto de confianza para todas y todos los que trabajaron en estas “Historias de Vendimia”.

Ulises Naranjo.

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