Balance: el delicado equilibrio tras dos años de pandemia
Pero también otros temas nos han sacudido y de modo generalizado. Como consecuencia del coronavirus se han verificado cambios económicos a lo largo y ancho del planeta. Los temas en relación a los cambios meteorológicos continúan impactando y la soluciones se ven lejanas a pesar de los planteos. La violencia generalizada aturde nuestra cotidianeidad y se mezcla en las singularidades que nos toca vivir con nuestros vínculos, trabajos y proyectos.
¿En qué punto de la pandemia estamos? Conocemos la eficacia de las vacunas pero aún no todos estamos vacunados de modo completo -por ahora, dos aplicaciones y dos refuerzos más-. En Argentina se habla de tercera ola justo antes de las fiestas y se instalan nuevamente los miedos. No debemos dejar dominarnos por el pánico. Cuando se declara una emergencia sanitaria, el distanciamiento social parece regular los nuevos principios de organización de la sociedad y el fantasma del prójimo abolido se instala de modo progresivo. Observen como el relajamiento social incide en los actuales contagios de verano en nuestro país.
Podemos ser portadores de coronavirus pero también somos portadores inconscientes cuyos síntomas construyen las marcas de la época que luego son huellas en nosotros: las luchas de poder, la intolerancia, los River-Boca en la política, la codicia, el calentamiento global, los estragos repetidos para repetir sólo algunos.
En la mitología, los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso: no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Un suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada.
Albert Camus nos dice que Sísifo es un rostro que sufre tan cerca de las piedras que él mismo es una de ella. En este mito trágico el protagonista tiene conciencia. Trabajamos todos los días en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo, aunque no es trágico, salvo cuando concientizamos la magnitud de hacer lo mismo y nos mortificamos con ello. Nos autorreprochamos pero no hay destino que no se venza con el desprecio. Las verdades aplastantes mueren cuando son reconocidas.
Freud también se sirve de la mitología cuando nos hace referencia al Edipo, otra tragedia de carácter universal donde obedece a un destino y su tragedia comienza en el momento que comienza a saber.
De Sísifo a Edipo, a cada uno el destino le pertenece. La roca es nuestra cosa: un destino personal no es un destino superior. La roca puede seguir rodando y cada uno vuelve a encontrar siempre su carga.
Es posible que si nos sentimos muy ligados al presente tengamos dificultad en programar el futuro. Por el contrario, si vivimos muy disociados del momento actual, con añoranza del pasado o anhelando el futuro, tendremos dificultades para disfrutar la vida del momento presente. Uno de los efectos que acompañan a personas que atraviesan un conflicto psíquico, es la dificultad para ver claro su horizonte. Cuando se le pregunta por él, las perspectivas son borrosas. En estos casos es de utilidad concientizar un nuevo panorama para encontrar en un ámbito profesional adecuado, las herramientas que pueden remontar la crisis y acceder a un tiempo estable y adecuado. Pero algo es claro: esa ayuda es con otro.
Fin de año y entonces tiempo de balance personal y donde la intimidad de cada uno puede arrojar el cuadro de pérdidas y ganancias afectivas. Lo contable de cada uno y cómo, en definitiva, contamos con ese otro para que juntos construyamos un mejor Destino que incluya el deseo como camino principal.
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta