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La crisis de 2001 en la piel de una adolescente

Quienes nacimos en los 80 tuvimos un cambio tecnológico muy veloz: del teléfono fijo al celular con cámara, del dial-up a la fibra óptica; un cambio económico: del 1 a 1 a la devaluación del peso, de pesos a patacones; un cambio social: de la seguridad a la incertidumbre y al miedo. Así lo viví yo.
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Cualquier adolescente de fines de la década de los 90 y principios de 2000 llamó a sus amigos o amigas por teléfono (fijo, por supuesto), esperó frente a la tele a que pasaran el videoclip de su cantante o grupo de música preferido, tuvo preparado el casette para grabar de la radio la canción que le gustaba (y tratar de cortar justo cuando hablaba el locutor), escuchó el sonido del dial-up para –acto seguido– conectarse al MSN, escuchó también el sonido de su mamá o su papá pidiendo que se desconecte de internet porque querían usar el teléfono

Quienes terminaron séptimo grado o quinto año en el año 2000 debieron adaptar la clásica canción que finalmente terminó en “Cero cero… Los mejores egresados son los del nuevo milenio”. Y quienes vivimos los inicios de ese nuevo milenio fuimos hijas e hijos del menemismo, de un 1 a 1 que tal vez no sabíamos qué significaba, pero sí sabíamos lo que era ir al kiosko y decir: “Deme dos, por favor”.

Cacerolazo de 2001, integrado por gente de todas las clases sociales

Hijas e hijos de un menemismo en que, en la mayoría de los casos de mi círculo, no éramos millonarios, pero vivíamos con comodidad. Con mi familia (de clase media) habíamos ido de viaje a Brasil en el año 2000. Teníamos “mucha” plata o al menos eso pensaba yo –a mis 12 o 13 años–, cuando sacábamos la gran cantidad de monedas para pagar lo que comprábamos.

La crisis de 2001  fue la primera gran crisis que vivimos con conciencia quienes habíamos nacido en la década de los 80, ya que durante la hiperinflación de Alfonsín éramos bebés o apenas niños y niñas. Quienes tenemos más de 30 años hoy podemos relatar varias crisis vividas después de 2001, pero en ese momento quizá ni siquiera pensábamos en que algo así podía pasar en nuestro país.

La primera gran crisis de quienes nacimos en la década del 80

La noche del cacerolazo fuimos con mi familia a la Plaza de Mayo, de la cual vivíamos a dos cuadras. Estar en una manifestación masiva, con gente de todas las edades y clases sociales, representó una adrenalina cargada de sorpresa y desconcierto. Yo tenía una pequeña ollita contra la que golpeaba una cuchara. Ya entrada la noche, miraba para todos lados y no dejaba de aparecer gente. De repente, las personas comenzaron a dispersarse, trotando y corriendo: “Vamos, viene la policía”, dijo mi papá, mientras corrimos hacia nuestra casa.

Ver el noticiero era revivir las imágenes de los saqueos y de los cacerolazos una y otra vez. El presidente que se había escapado en helicóptero, los locales con sus vidrios rotos, gomas prendiéndose fuego y, sin duda, los cinco presidentes en una semana son las cosas que más recuerdo; acompañadas de la banda de sonido “¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!”. Era algo entre “gracioso” y “trágico”, de esas cosas de las cuales reímos para no llorar, las que consideramos bizarras, que no terminamos de creer que realmente están pasando.

Saqueos frente a la crisis económica

Supongo que fue entonces cuando conocí (aunque, claro, sin comprender del todo) las palabras corralito y devaluación, así como piqueteros. Y fue entonces también cuando conocí por experiencia la palabra crisis. Algo que afectó a todo el país, a nivel sociedad, y que también afectó puntualmente a esa generación que se veía entonces cargada de incertidumbre y miedo, que no entendía, quizá, hasta dónde iba a afectar a la propia familia el corralito.

Patacones y lecop, las nuevas monedas. Trueque, el nuevo modo de comercio. Malestar social, el nuevo sentir (al menos “nuevo” para mí) que parecía instalarse. Viajes al exterior que por el momento no volverían. Ver lo que pasaba y hoy volver a pensarlo es como una película en cámara lenta, algo lejano y, a la vez, algo que recuerdo como si fuera ayer.

Cualquier adolescente de la primera década del nuevo milenio lleva en su memoria algún número de teléfono que no puede olvidar, el discman, el estreno de Moulin Rouge o Shrek. Y también lleva en su memoria su primera gran crisis acompañada de palabras y frases que recién hoy entiende, y que nos obligaron a renovarnos, a ser una generación con una adaptación activa de la realidad, que fue testigo de un momento histórico de nuestro país impreso en los libros y grabado en nuestra retina.