Las raíces que nos nutren
Tienen especial sentido para mí los 18 de diciembre porque desde hace tres años este día conmemoro la partida de mi abuela Tita, que se fue a semanas de cumplir su centena con una lucidez y claridad que me conmueven.
Te puede interesar
Multan con $3 millones a la familia de un alumno por falsa amenaza de bomba
Más allá de esta fecha relacionada con la ausencia, en la familia, más que nada, se recuerdan los nacimientos como una suerte de homenaje sentido, breve y hasta risueño a quienes nos precedieron; una manera de poner en palabras la huella que dejaron en nosotros más allá de sus virtudes, defectos, idas o vueltas.
Las fiestas de fin de año exacerban nuestras contradicciones cotidianas y, por un lado, remueven rispideces y competencias entre familiares mientras por el otro, son épocas en que las nostalgias y los recuerdos de infancia reverdecen de la mano de un aroma, una frase, una comida tradicional o las ganas de algún abrazo extra.
-
Te puede interesar
La familia como esperanza: el legado fundamental del papa Francisco
No es sencillo a veces corrernos de resentimientos o resquemores que en las familias se construyen por diversas situaciones o motivos y que se agrandan cuando la herida es abierta por alguien de la familia política que –aunque no son parte de nuestras raíces- sí pueden serlo de nuestros hijos e hijas.
Sin embargo, en más ocasiones de las que nos gustaría admitir, los desencuentros vienen de la mano de cuestiones menores, de esas que vistas a lo lejos o la distancia nos parecen zonzas y de las que nos avergonzamos íntimamente. ¿Qué fibra tocaron esos momentos? Al menos yo, tengo varios de esos en mi haber y hoy veo que no definieron nada de lo que soy.
Supongo que estuvieron para enseñarme que lo de afuera no me determina y para aprender a frenarme un poco antes de ofenderme por cuestiones que no están entre mis importantes (en especial cuando vienen de alguien que quiero y valoro). Incluso, darme cuenta de que eso que en algún momento me enojó ni siquiera estaba especialmente dirigido en contra mío sino que se trataba de modos distintos, de supuestos no chequeados, de expectativas sin sentido.
Es cierto que, muchas veces, las personas con quienes compartimos árbol genealógico no son nuestras preferidas, que algunos familiares ganaron todos los números para nuestra antipatía y que es probable que nunca admitamos eso no solo porque queda mal sino porque nos da culpa.
No importa tanto qué haya pasado sino qué hacemos nosotros con eso. No es sencillo ni ameno enfrentar situaciones en las que hemos salido dañados; sin embargo, creo que vale la pena el comienzo para –paradójicamente- empezar a cerrarlas. No para dejarlas atrás sino para integrarlas porque lo cierto es que forman parte de nuestra vida e historia.
Al igual que aquellos familiares de los que a veces renegamos: son parte de nuestras raíces porque compartimos sangre, apellido e historias y porque –nos guste o no- sus vivencias nos tocan de un modo u otro.
Para bien o para mal no nacimos de un repollo sino que nos tocó –más bien elegimos- una familia para nacer y/o ser criados. Ni la peor ni la que tiene la verdad absoluta (cuántas veces lo hemos pensado frente a las diferencias con la familia política), en la que se cuecen habas y hay discusiones pero también en la que nos cobijamos cuando las papas queman o necesitamos refugio incondicional.
Podemos aprender de los errores, saber qué no queremos repetir, cambiar absolutamente todo o armar nuestro propio modelo de familia. Cualquiera sea la elección, será más sana y auténtica cuanto más nos permitamos valorar nuestra herencia, las raíces que nos nutren, las palabras que nos conectan con la emoción ancestral y –sobre todo- cuando podamos dar las gracias por esa huella construida en comunidad.
Por Diana Chiani. Comunicadora, editora y Coach Ontológico Profesional (@milyunrelatos, www.milyunrelatos.com)

